Anna regresa de África, donde ha trabajado dos años en una ONG, y es contratada como guardia de seguridad en un exclusivo centro de salud a las afueras de Barcelona. Al romper con su marido e irse de casa, un compañero de trabajo le deja una autocaravana como vivienda provisional. Pasa unas semanas en un camping desierto y después se instala en el aparcamento de una área de servicio de la autopista.
En una ronda nocturna del trabajo conoce un joven, ingresado por orden judicial, que no camina por causa de una parálisis y que se niega a revelar su identidad. Ella sentirá una creciente atracción, que se materializará en una relación oscura y de dependencia. Pero Anna no puede sacarse África de la cabeza.
| María Molins | Anna |
| Roger Coma | Giró |
| Fernando Guillén | Arcadi |
| Albert Pérez | Carducci |
| Anna Azcona | Eufe |
| Marc Cartes | Àlex |
| Mercé Pons | Jordina |
| Boris Izaguirre | Floreal |
| Dirección, Producción y Guión (basado en la novela | Ventura Pons |
| Fotografía | Joan Minguell |
| Montaje | Pere Abadal |
| Dirección de Arte | Bel lo Torras |
| Música | Carles Cases |
| Dirección de Producción | María Teresa Fontanet |

Nuria Dufour
Ventura Pons vuelve a la literatura de Lluís-Antón Baulenas, de cuyas novelas también salieron los guiones de Anita no pierde el tren y Amor idiota, para componer su vigésimo largometraje y convierte Àrea de servei en A la deriva, el estado en el que se encuentra la protagonista absoluta de un relato vesánico, narrado casi en tiempo real, desde la perspectiva única de su desorientada conductora.

Anna (María Molins), cooperante en el Chad, regresa a Barcelona marcada por el espanto de quien ha sido, y todavía es, testigo durante tres años (imágenes de horribles matanzas sobresaltan sin tregua sus monótonas jornadas). La mujer reclama a gritos encontrarse a sí misma. Quiere huir, pero no sabe cómo ni hacia dónde. Catorce meses después de su vuelta, Anna ha roto con todo. Rechazando simplemente su entorno, confía en rearmarse. Pero el desarraigo, la marginalidad, conviven con ella. Abandona a su pareja sin opción a réplica. Consigue un trabajo como vigilante jurado de un extraño lugar, un pequeño hotel-clínica de lujo, que alberga a dos extraños pacientes y a tres clientes desorbitados (el cameo de Boris Izaguirre interpretando a un escritor no ayuda mucho a la película). Se instala en la caravana que le presta un amigo, primero en un camping de mala muerte, al poco en el área de servicio de una autopista, e inicia una relación impulsiva, de extrema dependencia, con uno de los enfermos (Roger Coma). Una vida, en definitiva, sin perspectivas, muy parecida a la que sufrían la taquillera de Anita no pierde el tren (Rosa Mª Sardá), o el protagonista de Amor idiota (Santi Millán), otra individualidad presa de una personalidad obsesiva.
La adaptación, pretendida en una redacción previa a la editada, tardó sin embargo en concretarse. "Me gustó el germen de la historia, pero, no le vi la traslación cinematográfica". Al cabo de más lecturas, Pons encuentra en el referente africano, elemento que aparece brevemente en el texto, el punto de inflexión donde "basar la estructura narrativa y empezar a levantar el guión".
"Unos silencios a los que María Molins da forma con tal precisión que si por algo hubiese que recomendar la película sería justamente la soberbia lección interpretativa de su actriz protagonista."

La pérdida de rumbo de un personaje en tránsito (la metáfora de la autopista resulta demasiado evidente), repleto de contradicciones, se multiplica por los varios escenarios que el cineasta recrea para ubicar el desasosiego de Anna, el mismo que invade el guión hasta hacerlo cargante. De golpe, Anna va pasando por estados anímicos apenas desarrollados en rondas nocturnas interminables, idas y vueltas con la casa a cuestas e inertes conversaciones con el amigo enfermero, y termina cayendo en la autocomplacencia. África se convertirá en la única posible salida a su laberíntico presente, en la manera de purgar una conciencia impostada.
Cámara en mano, secuencias dilatadas y repetidas que el director satura de silencios, unos silencios a los que María Molins da forma con tal precisión que si por algo hubiese que recomendar la película sería justamente la soberbia lección interpretativa de su actriz protagonista. Densidad dramática, enorme y equilibrada, limpia de cualquier cliché, cosa difícil de mantener apareciendo en todos los planos. La música de Carles Cases acompaña, como siempre de manera escrupulosa, el distintivo intimista de la historia, una de las características más atrayentes en la filmografía de Ventura Pons, aquí malograda.

El ritmo híper pausado y el nulo avance de la acción, en la que entran y salen otros sujetos (la pareja de alemanes en el camping, el violador en potencia, la anciana que surge de ningún lugar, la vieja actriz...), cuyas minúsculas tramas se desintegran en el mismo origen, aportando nada, cero, al discurrir de la narración, aletargan al espectador. Quien, probablemente, tras el visionado, podría abandonar la sala impregnado por la acritud de unos personajes antipáticos con los que es casi imposible empatizar, aun llegando a reconocer alguno de sus obstáculos como propios.
14/11/2009
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