En el otoño de 1944 el coronel Frank Capra se mecía entre dos horrores. Su participación en la contienda bélica contra el nazismo alemán y la furia japonesa se acercaba al final. Aunque la guerra se estaba ganando sabía que nunca nada le borraría el sabor amargo de la sangre derramada. Estaba pues herido en algún modo y esa llaga le acompañaría hasta la muerte. Le conduciría hasta ella.

Por Juan Zapater
Su talante vital y vibrante no le había engañado, simplemente le había sostenido. Capra, como otros cineastas norteamericanos, se adornaba de un patriotismo idealista que lo conformaba como un luchador y como tal vivió la guerra. Era un cineasta de choque, un fabulador capaz de impartir entusiasmo y energía en nombre de una actitud política que fue tachada posteriormente de ingenua en el mejor de los casos y, peor aún, de reaccionaria por quienes no compartían su pretendido optimismo.

En cuanto al otro horror que le aguardaba no estaba en el frente militar, no se escondía entre los bombardeos masivos ni en los desembarcos suicidas, sino que le acechaba en la retaguardia. Capra había ganado el Oscar al mejor director en 1934, 1936 y 1938. Demasiado éxito para un hombre independiente y eso, en Hollywood, como en el resto del mundo, provoca recelo y envidia. Mientras la mayor parte de los mejores cineastas estaban en el frente -John Ford, William Wyler, John Huston,...-, los grandes estudios aprovecharon las circunstancias para fortalecer su poder haciendo cumplir el dicho de que las guerras siempre las pierden los mismos. Esa era la derrota que le aguardaba y contra ella, el voluntarioso creador de Juan Nadie apenas tenía argumentos. Pocos años después, desarmados y envejecidos los idealistas patriotas como él, Hollywood iniciaba su caza de brujas. Entre el descabalgamiento que sufrieron gentes como Capra y la cruzada de MacCarthy contra los comunistas hay una fina línea que los ancla al mismo destino. Paradójicamente fueron los teóricos marxistas quienes peor trataron a gentes como Ford, Wyler y Capra, sin entender que aquellos arrogantes ilusos les servían de dique de contención.
No hay espacio ni tiempo para rememorar todo lo que allí sucedió pero es obligado evocar que en los estertores de la guerra, mientras dos bombas atómicas sobrevolaban Hiroshima y Nagasaki, Capra fundó Liberty Films. Él no lo sabía pero estaba levantando su última fortaleza. Como enseña escogió una campana que tocaba a rebato como si esperase un milagro. Algo prodigioso como lo que solía acontecer al final de sus películas. Algo tan extraordinario como la solidaridad de la gente hacia sus frágiles héroes empecinados en su lucha contra la especulación, la mentira y el dinero. El milagro no se produjo. En su lugar nació ¡Qué bello es vivir!, una película que Capra reconoció como favorita y que ahora puede ser entendida como su testamento cinematográfico. Un testamento que fue escrito justo en ese tiempo decisivo en el que le es dado a algunos hombres entrever el comienzo de la cuenta atrás.
"Los espectadores no lloran por George. Lloran por sí mismos, porque saben que el abrazo del amor y la amistad que James Stewart recibe no es sino la plasmación de ese anhelo humano casi siempre insatisfecho aunque no por ello menos acariciado: ser querido"

Vista ahora, tras el tiempo transcurrido y la nostalgia acumulada, la percepción de esta magnífica película se llena de distorsiones y de sensaciones agarradas a ella con el discurrir de los años. Sin duda ese empeño televisivo por programarla cada Navidad la convierte junto al dickensiano Cuento de Navidad con el que tantas cosas en común guarda, en símbolo de lo que bien mirado, y como todos los grandes iconos, representa y acaba negando.
Conviene recordar que ¡Qué bello es vivir! fue un filme nacido en la incertidumbre más desorientada. Casi una decena de autores dejó alguna huella en su guión. Dalton Trumbo, Clifford Odets y Marc Connelly fueron algunos de ellos. La semilla germinal -todo esto es muy conocido- fue un breve relato de Philip Van Doren Stern, titulado The greatest gift. Un gran regalo, tal vez el mejor que se hizo a sí mismo Capra. Por otro lado si se compara aquel breve relato que sirvió como felicitación navideña de su autor porque nadie se lo publicaba, con el guión definitivo se puede comprender mejor qué ocurría en aquel momento con el realizador.
Nacida para triunfar, cuenta la leyenda que fracasó. Batida por Los mejores años de nuestras vidas de su amigo, socio -y también coronel- William Wyler, lo cierto es que su carrera comercial no fue ni tan desastrosa ni la acogida crítica tan negativa. Otra cosa es lo que Capra esperase y desde luego, que la Academia la ninguneara negándole todos los Oscar a los que había sido convocada. Al margen de ello, ¡Qué bello es vivir! se comporta como una obra terrible en su doble acepción, por grandiosa y por atormentada.

Joe Walker, uno de los directores de fotografía -el baile de profesionales que intervino en la realización del filme da noticia de la situación crispada y desorientada en la que Capra rodó la película- contaba que el Capra que regresó de la guerra ya no era el feliz profesional confiado en sí mismo que había conocido. En su lugar, otro Capra más amargo -en sus últimos años aparentaba cinismo- peleaba por recuperar el sitio perdido, ese púlpito desde el que lanzar su entusiasmo por el individuo como principio y fin del sistema político. Su beligerancia anterior con respecto a la industria, incrementada por su legitimación al participar activamente como director de cine documental durante la guerra, lo habían convertido en el hombre que se quiere batir y no tardó en darse cuenta de ello.
En ¡Qué bello es vivir! contó con el apoyo de otro coronel también necesitado de estabilidad y vulnerable en su autoestima: James Stewart. El actor, activo en el frente como él, regresaba con el mismo grado militar que reconocía su esfuerzo y su aportación a la democracia y a la libertad valores que en tiempo de usura y paz ya no son remunerados.

Stewart alcanzó con su interpretación de George un instante supremo e inimitable. Su actuación es sin duda extrema, siempre a punto de despeñarse en el exceso. Como su personaje, Stewart en ¡Qué bello es vivir! se asoma al precipicio. En algún modo puede percibirse que Capra y Stewart van lanzados a tumba abierta y se dejan en los intersticios del celuloide jirones de sí mismos. Hay tanto de implicación personal, de proyección de fantasmas y temores, de deseos y esperanzas que hacer un remake de esta película se antoja un suicidio porque nada ni nadie podrían reemplazar lo que Stewart y Capra llevan 60 años provocando: emoción pura; la que ellos estaban viviendo.
Frente a los detractores del filme, empecinados en ver sólo toneladas de conformismo y azúcar allí donde se esconde uno de los relatos más inquietantes y sórdidos de la historia del cine, ¡Qué bello es vivir! se sabe quizá uno de los últimos filmes clásicos, una de las representaciones postreras del héroe hollywoodense. Capra y Stewart -ambos merecen compartir la autoría del filme- regresaban de una guerra llena de hombres asesinados y de inocentes masacrados. La Segunda Guerra Mundial había perdido todo atributo épico. No se trataba de un duelo de caballeros, ni siquiera de una matanza entre soldados. La Segunda Guerra Mundial fue la de los campos de exterminio nazis, la de las matanzas japonesas de civiles y la del holocausto nuclear. Nunca el ser humano había sido tan criminal, ni nunca los supervivientes se habían sentido tan avergonzados por sobrevivir.
¿Sobrevivir o morir? Esa es la cuestión que plantea el filme. En él, el personaje de Stewart está a punto de cometer el único acto imperdonable a todo héroe que se precie: el suicidio. Muchos combatientes al regresar a la vida civil, con heridas o sin ellas -Los mejores años de nuestras vidas también lo plantea sin acudir a lo metafórico- sienten la inutilidad de sus existencias presentes y cometen suicidio. Es de sospechar que ese ángel torpón y bienintencionado llamado Clarence a quien está ayudando es a Capra y a los que como él se encontraban extraños en su propio hogar.

Prácticamente toda la película, en la que astutamente se mezcla lo fantástico con lo documental y la comedia romántica con el revés trágico, edifica una reivindicación de lo que, cada uno a su modo, Capra y Stewart representaban. Ambos venían de haber renunciado a todo para ir al frente, ambos habían pasado los últimos cuatro años de su vida en medio del terror y la locura y ambos esperaban que su esfuerzo hubiese valido para algo. Es decir, el grito ¡Qué bello es vivir! (It´s a wonderful life) tenía como objeto fundamental ser creído por ellos mismos. En el filme, mucho menos simple de lo que a menudo se ha querido ver, Capra reconstruye la biografía de George, un hombre que vive su existencia renunciando a sus sueños a cambio de cumplir los de los demás. Estamos pues, es evidente, ante la pura esencia evangélica de una canónica catequesis. Éste es ese cántico entusiasta capriano al individuo y su libertad que tanto molesta a algunos.
Pero también nos colocamos ante la rigurosa coherencia de una actitud ética contrapuesta al pragmatismo económico del capitalismo y del beneficio económico a cualquier precio.
"¿Sobrevivir o morir? Esa es la cuestión que plantea el filme. En él, el personaje de Stewart está a punto de cometer el único acto imperdonable a todo héroe que se precie: el suicidio."
Sabido es que frente a cualquier texto -sea o no fílmico- el lector fusiona en él sus propias obsesiones y sus propios miedos. En ¡Qué bello es vivir! los millones de lágrimas vertidas ante la explosiva reacción final de solidaridad, motor fundamental que empaña las retinas y que hace olvidar toda la miseria del resto, ratifican algo que es obvio: que Capra coincide con esos deseos profundos que nos conforman como seres necesitados de cariño. Esa facilidad para pulsar teclas que nos conmueven ha llevado a despachar ¡Qué bello es vivir! y en general todo el cine de Capra como un puñado de cuentos. Y efectivamente lo son, son relatos en cuyo interior se agitan las inquietudes y los temores más hondos.

Hablando de temores, ¿no creen que el final de ¡Qué bello es vivir! se parece mucho a ese sueño por el que uno mismo puede asistir a su funeral para percibir el afecto que en vida le es negado? ¿No hay acaso en ese desfile de personajes -de no ser por la algarabía excesiva- parecido ritual al que acompañan los responsos de un muerto? Si se truecan los cánticos por lamentos es de prever que el funeral de George habría aglutinado a esos mismos amigos pero entonces, como acontece en la realidad, manifestarían demasiado tarde sus sentimientos. No suicidándose George les hace su último regalo.
De alguna, en el fondo, Capra no hizo sino plasmar en este filme el concepto amable de su propio deceso. Una llamada desesperada al reconocimiento ante la pesadilla , el sacrificio y la muerte que los soldados como él habían vivido. Y es que, ya lo hemos dicho al comienzo, en la guerra, una parte de Capra murió al lado de miles de compañeros.
Es esa verdad profunda, irrebatible y dramática la que hace que cada Navidad millones de espectadores vuelvan a llorar ante la escenificación de esta fantasía que reposa en los restos del horror de lo real. Pero los espectadores no lloran por George. Lloran por sí mismos, porque saben que el abrazo del amor y la amistad que James Stewart recibe no es sino la plasmación de ese anhelo humano casi siempre insatisfecho aunque no por ello menos acariciado: ser querido.
Artículo publicado en el número 3 de Kane3 (diciembre 2005)
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