Achilles and the Tortoise (Akiresu to kame) - crítica y tráiler | Cine Kane 3

Achilles and the Tortoise

foto destacado

Sinopsis

Dividida en tres actos, la película sigue los esfuerzos de un joven en la búsqueda de su identidad artística. Cuando aparece Kitano en pantalla (interpretando al personaje en su mediana edad), ya ha quedado bastante claro que el personaje no tiene talento, sino que es un habilidoso imitador. Magníficamente fotografiada e interpretada y salpicada con los cuadros del propio Kitano (una metáfora ciertamente irónica), su tesis está clara: lo importante es la creación y no la recepción de la obra ni la instrumentalización del artista.

Kitano cierra la trilogía en la que ha contemplado con distancia e ironía su propia obra y el cine en su conjunto. Si en la primera parte (Takeshis, 2005) se analizaba la figura dividida de Kitano entre su identidad y su personalidad artística y Glory to the Filmaker! (2007) le mostraba en una búsqueda perpetua para reinventarse a sí mismo, en Achilles and the Tortoise, centrada no en su persona, sino en la historia de un pintor, trata la gran pregunta de qué es el arte.

  • País:Japón
  • Año:2008
  • Estreno:20 de septiembre 2008 (Japón)
  • Duración:1h.59min.
  • Titulo original:Akiresu to kame
  • Distribuidora:Sin distribución
  • Web oficial: www.office-kitano.co.jp/akiresu

Intérpretes

Takeshi Kitano Machisu Kuramochi
Kanako Higuchi Sachiko
Kumiko Aso Sachiko joven
Aya Enjôji Mujer de Tomisuke
Masatô Ibu Akio Kikuta
Akira Nakao Risuke Kuramochi

Ficha Técnica

Dirección, Guión y Montaje Takeshi Kitano
Producción Masayuki Mori y Takio Yoshida
Fotografía Katsumi Yanagishima
Música Yuki Kajiura
Diseño de Producción Norihiro Isoda

Crítica

El color y la idea

Francisco Algarín Navarro

La mayoría de grandes cineastas emprendieron el camino de la depuración. En algunos podíamos encontrar una obra clave, de ruptura. Una película bisagra que funcionaba como intersticio perfecto sobre el que se plegaba toda su carrera. En otros casos, hicieron falta un conjunto de películas que se agrupaban como exploración de nuevas formas, la cual generalmente conducía a una segunda vida del cineasta, resultando que éste encontraba el privilegio de realizar una primera película por segunda vez. Y por otra parte, encontramos a esos cineastas que han necesitado toda una vida para recorrer ese camino hacia la depuración, emprendiéndolo desde la primera de sus películas.

Cuando se estrenaba Takeshis, una película concebida por Kitano bajo el tiempo de la crisis, él mismo en sus propias declaraciones se hermanaba con el Fellini de 8 1/2 y con el Godard de Week-end. En aquel momento todos creímos entender el gesto, quizá guiados por él mismo, como el de una película bisagra, un pliegue que replegar nuevamente como esas cometas de plástico agitadas por el viento en algunas de sus películas.

En el caso de Fellini, tras 8 1/2 llegaron Satyricon, Il Casanova o E la nave va. Tras Takeshis, Glory to the filmmaker! y Achilles and the Tortoise. Rápidamente, nos damos cuenta de que Takeshis no se trataba de una película bisagra, o al menos no por sí misma. Era la película de un primerizo que aún jugaba con los pasajes oníricos, con los desdoblamientos enfrentados del cineasta con el actor, del autor con el personaje. Incluso con los vaivenes de las peticiones de sus seguidores y su posicionamiento ante ellas, entre el culto y la fama. Kitano, frente a la sorpresa de unos cuantos, admitía que no había visto jamás una sola película de Buñuel. Tres años después de aquello, podemos decir que la terapia dura demasiados años, se extiende en el tiempo, y ya no podemos hablar de películas de ruptura. Quizá, Takeshis fuera la segunda primera película de Kitano, como para Godard lo fue en cierta manera Week-end.

¿Qué es entonces Achilles and the Tortoise, un film desprovisto de escisiones frontales y nebulosas, de desdoblamientos explícitos, de complejos juegos de espejos y abismos, de pasajes oníricos y mesetas que se replieguen en continuos retrocesos? Una película de juventud, la verdadera -o al menos por el momento, como ya se habrá comprobado, siempre estamos aventurados con él a dar pasos en falso- segunda primera película de Kitano, del mismo modo que para Godard lo fue en su momento Sauve qui peut (la vie) o para Rivette Le Pont du Nord.


"Hay en Achilles and the Tortoise una completa unidad entre el concepto, la idea abstracta, cerebral, y la emoción. Apenas queda otra cosa que manchas de color explotadas contra todo tipo de superficies, soportes malformados y manipulados por agentes externos, materias falsas que exigen ser reales, entendiendo lo real como parte de las vísceras y no como una construcción de apariencias"


Nos encontramos con un chico verdaderamente obstinado por la pintura tras la visita de un afamado artista y la contemplación de una mínima parte de su obra. No se trata de la huella provocada por la admiración, tan solo de la transmisión de una experiencia placentera o de una vía de escape casi terapéutica. De una impresión. El film comienza ensombreciéndose tras un prólogo de raíz helénica y breves animaciones acerca del cuento popular de Aquiles, el cual siempre llega, en una constante invariable, con un mismo margen de retraso a la hora de alcanzar la tortuga. Tras él, los colores se apagan en el mundo que rodea al joven. Una infancia poco feliz, acompañada de tonos costumbristas verdosos y grisáceos, se quiebra para él cuando ha de irse a vivir a la casa de sus tíos. La película toma deliberadamente un sendero maltrecho, ingenuo y desafortunado en el que los personajes se vuelven arquetipos que empujan o arrastran al chico a la pintura como expurgación de sus desdichas.

Un gesto de violencia en el que una de sus pinturas es destruida ante la prohibición de un familiar enciende la mecha de la llama que se prenderá hacia el final del film. Sachiko conocerá a un extraño paria con el que compartirá ciertas aventuras menores, quien terminará por ser atropellado. He aquí la primera aparición de Beat Takeshi / Machisu, el hombre de la boina roja que Kitano hará desaparecer rápidamente en un gesto salvaje, como si quisiera poner fin a una posible escisión. La forma de adoptar el cuerpo del personaje principal resulta mucho más divertida e incluso mordazmente paródica. Mientras unos bellos intertítulos separan las épocas de la vida de Sachiko, marcadas siempre por la repetición en la desaprobación continua de su obra por un galerista, el tono de crónica es sacrificado desde los propios rasgos físicos cuando el cuerpo de Kitano toma el de Sachiko, reencarnándose lúdicamente en él. Siendo simplemente él. Y, nuevamente, basta con una relación de semejanza elemental: colocarse de nuevo la boina roja.

Tras las inmediatas e inspiradas obras de la infancia marcadas por el carácter naïf, el rechazo le lleva al plagio de los grandes maestros, desde Van Gogh a Warhol. Bajo el signo de la destrucción buñueliana, Kitano asola a su personaje, quemando todo lo que se interpone en sus pasos para alcanzar la libertad: la escuela y los caminos de aprendizaje, el cuestionamiento de las altas autoridades, las galerías de arte y el criterio de los comisarios, el origen y el ritmo con el que se marcan las tendencias. Finalmente, en ese interludio en el que el hombre maduro va tomando la forma de su cuerpo -al tiempo que busca una cómplice fiel e implicada incondicional y emocionalmente- las formas espontáneas de las actions painting llegan como la única válvula de escape.

Es aquí donde Achilles and the Tortoise encontrará toda su fuerza en un in crescendo que nunca cesa. Bajo una forma menor se esconde una forma mayor llena de inventivas y soluciones formales que pasa por todo tipo de viñetas que poco a poco se separan del slapstick banal amarillento para alcanzar las más altas cotas abstractas. Es en esa búsqueda desesperada donde la historia se desliga de la vida y Kitano se acerca a la profesión y el ingenio, pero comprendiendo la profesión como un oficio solitario -y en el cual la mujer se entrega como algo más que una acompañante. El cineasta se aventura a explorar sus límites, pero nunca lo hace, como podría parecerlo desde la superficie, en el terreno de lo anecdótico.


Aunque atendiendo al momento en el que se encuentra su cine asimilemos bien la analogía con el Godard de los 80 y 90, hay en Achilles and the Tortoise una completa unidad entre el concepto, la idea abstracta, cerebral, y la emoción. Apenas queda otra cosa que manchas de color explotadas contra todo tipo de superficies, soportes malformados y manipulados por agentes externos, materias falsas que exigen ser reales, entendiendo lo real como parte de las vísceras y no como una construcción de apariencias. No es anecdótico el hecho de buscar el más puro de los rojos no ya en la sangre de los otros, sino en la propia, de los poetas, o el gris en sus propias cenizas.

Quedará como incierto el camino que abre Achilles, una tensión que no abandona el cine de Kitano por llegar a un más allá. En unas de las escenas, en la que el pintor se colocará con uno de sus cuadros frente a un hombre con el rostro ensangrentado, atrapado entre los metales de un coche en un accidente, recordaremos cómo la idea reflorecía con sutileza en Pierrot le fou en apenas una mancha de color roja en la cara de un maniquí en medio del fuego. Esta es la pureza que ha alcanzando el cine de Kitano.


Aquiles alcanza a la tortuga al abandonar su propósito de artista capaz de marcar tendencia, pero hay algo más importante: al final del film, tras haber tratado de pintar un girasol autoinmolándose en una cabaña, en un gesto que recuerda a Belmondo al final también de la película de Godard, el cuerpo de Kitano saldrá del hospital envuelto en vendajes como una momia, mostrando tan sólo la mitad de su rostro endormecido por el accidente que sufrió en la época en la que precisamente empezó a mostrar sus cuadros. Pensaremos entonces, inevitablemente, en una suerte de autorretrato del cineasta por el propio cineasta: JLG/JLG, K/K. Nada superfluo, colores, ideas, experiencias.

05/05/2009

Tráiler


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