Robert (Ezra Miller) es un joven estudiante americano de una escuela preparatoria de élite de Nueva Inglaterra que accidentamente graba con su cámara la trágica muerte de dos de sus compañeras por sobredosis.
Sus vidas serán el tema principal de un proyecto audiovisual creado con la intención de acelerar la curación del colectivo. A Robert le encargan crear un video (sentimental y edulcorado) en memoria de las modélicas alumnas fallecidas. Pero el proyecto creará una atmósfera de paranoia e inquietud entre los estudiantes y profesores.
| Ezra Miller | Robert |
| Jeremy Allen White | Dave |
| Emory Cohen | Trevor |
| Michael Stuhlbarg | Mr. Burke |
| Addison Timlin | Amy |
| Rosemarie DeWitt | Profesora |
| Dirección, guión y montaje | Antonio Campos |
| Producción | Josh Mond y Sean Durkin |
| Producción Ejecutiva | Andrew Renzi, Victor Aaron, Susan Shopmaker y Rose Ganguzza |
| Fotografía | Jody Lee Lipes |
| Diseño de Producción | Kris Moran |

Francisco Algarín Navarro
Pocas películas llegan con tanta urgencia como Afterschool de Antonio Campos, un cineasta agazapado a la caza y observación de todo un caleidoscopio de comportamientos adolescentes en una escuela de clase alta de Nueva Inglaterra. Un cineasta que, por su juventud, -tan solo tiene 25 años-, aún no se ha desprendido de esa adolescencia que tan bien sabe filmar. El título del film remite a esas actividades extraescolares que no son otras que una asignatura sobre audiovisuales. El reflejo paródico es evidente, pues Campos escribió el guión de Afterschool durante un año en el atelier parisino del Festival de Cannes en París, la Cinéfondation.

Al estar aún saliendo por la puerta de la adolescencia, Campos es capaz de filmar esos rostros y esos cuerpos de una forma cercana, como si fuera capaz de colocarse a un mismo nivel que los alumnos, conociendo y compartiendo al mismo tiempo sus propios códigos. Pero también, precisamente por su juventud, Campos sabe de qué modo las imágenes y su poder desmesurado han marcado a toda esa generación que también es la suya. La generación de Afterschool es la de YouTube, la de la blogosfera, la de los videoblogs. Es la que sustituye los bolígrafos y las libretas por las pantallas de ordenador, las web cam, las pantallas de los teléfonos móviles. La que se comunica por SMS, por e-mail, por fotologs. La que en lugar de escribir, filma y edita sus propios videos.
Las imágenes, más o menos pixeladas, se van acumulado al comienzo del film. Son videos de corta duración que podemos encontrar fácilmente en la red. Imágenes que bordean el slapstick, que poco a poco se van volviendo más crudas, hasta llegar a un video filmado con una web cam donde un desconocido agarra por el cuello a una chica y le hace pronunciar unas cuantas palabras de sumisión. Éste es uno de los motivos visuales sobre los que se construye el film, donde las cámaras gozan de una omnipresencia brutal, donde las imágenes que se capturan pueden pasar rápidamente a formar parte de la red y del dominio público.
"Antonio Campos hace dialogar entonces a Frederick Wiseman y Gus van Sant con Brian de Palma, si bien su película mantiene una autonomía radical en esas fricciones con las que son las verdaderas pantallas de este presente"

Conforme la hibridación se va materializando en las texturas y el formato de las propias imágenes (la reducción del marco en el de la pantalla de cine resalta entonces un espacio negro de oscuridad abismal) y estas se van impregnando de una cierta violencia soterrada y hermética, Campos va marcando las distancias y construyendo una serie de microcosmos particular para cada personaje. Los espacios se van delimitando (los dormitorios, el comedor, el salón de actos, los pasillos) hasta que puedan formar un mapa que el propio espectador reconstruye en su mente, como si de alguna forma fuéramos capaces de abarcar la totalidad de las estancias porque ninguna de ellas es capaz de escapar de los objetivos de las cámaras, como si el ojo pudiera ver más de lo que es capaz y no existieran los puntos muertos.
La ambivalencia se materializa en Robert, alumno modélico fascinado por el poder de las imágenes y por la fuerza de seducción que estas pueden ejercer cuando mezclan la violencia y el sexo. Pero esa fascinación pertenece al terreno de lo íntimo, pues lo que se exterioriza de él es la introversión y el hermetismo a la vez que unas dotes extraordinarias para la observación de los flujos humanos en el interior de este espacio cerrado. Poco a poco, se traslucirá el desdoblamiento del adolescente al tratar de repetir las pautas de los videos con una amiga, para poco después desprenderse por momentos de las imágenes y su condición vampírica cuando descubre el sexo con la misma chica bajo un árbol (dos planos juegan aquí a una ambigüedad en un segundo término, un tronco con forma de serpiente y la explicitud de la sangre).

Como si la biblioteca de la escuela hubiera sido sustituida por la videoesfera, es ahí donde se va depositando todo lo que acontece. Así, toda esa realidad va quedando engullida en su potencia de almacenamiento y desde el momento en el que Robert registra accidentalmente el momento fatal de la muerte por sobredosis de las gemelas la paranoia comienza a imponerse en todas las imágenes y sobre todo el espíritu del colegio. El film, empieza entonces a interrogarse sobre el propio acto de creación cuando se le encarga a Robert un video en memoria de las modélicas alumnas fallecidas, rápidamente colisionando su modo de entender las imágenes con el que oficialmente se le impone: un video sentimental y edulcorado sobre la memoria colectiva.
Antonio Campos hace dialogar entonces a Frederick Wiseman y Gus van Sant con Brian de Palma, si bien su película mantiene una autonomía radical en esas fricciones con las que son las verdaderas pantallas de este presente. La forma de hacer ver en Afterschool es tan inaudita que la sensación que se despliega ante lo que acontece es la de ir quitando el precinto a unas imágenes que ya estaban ahí pero que nunca se las había hecho pensar entre sí. Y, con todo ello, aún es posible la convivencia en este film de una educación sentimental con esa otra película que se hace a sí misma conforme avanza, a medida que la paranoia da paso a las imposiciones, antes de que las cámaras engullan todos los flujos de lo íntimo.
14/02/2009
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