Aleksandra

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Sinopsis

En su decimosexta película, Alexander Sokurov ha escrito su propio guión por primera vez a fin de llevar a cabo su tan anhelado sueño: convertir en heroína a Galina Vishnevskaya, la legendaria cantante de ópera.

República de Chechenia, a día de hoy. Puestos de las tropas rusas.

Aleksandra Nikolaevna es una abuela que ha venido a ver a su nieto, uno de los mejores oficiales de su unidad. Pasará aquí unos días y descubrirá un mundo nuevo. En este mundo masculino no hay mujeres, ni calidez o comodidades. La vida diaria es precaria, las personas esconden sus sentimientos. O quizás simplemente no tienen tiempo ni energía para tener sentimientos. Cada día y cada hora, aquí se deciden cuestiones de vida y de muerte. Y sin embargo sigue siendo un mundo de personas.

  • País:Rusia/ Francia
  • Año:2007
  • Estreno:30 de mayo 2008
  • Duración:1h.32min.
  • Distribuidora:Sagrera

Intérpretes

Galina Vishnevskaya Alexandra
Vasily Shevtsov Denis
Raisa Gichaeva Malika

Ficha Técnica

Dirección y guión Alexander Sokurov
Producción Andrei Sigle
Coproducción Loran Daniela
Producción ejecutiva Dmitri Gerbachevsky
Fotografía Alexander Burov
Montaje Sergei Ivanov
Música Andrei Sigle

Crítica

Matrioshkas

La última de la serie de elegías que Alexandr Sokurov -el mejor cineasta ruso de la actualidad- ha ido filmando a lo largo de su filmografía se titula Elegía de la vida (Elegiya zhizni, 2006). Esta película, dedicada al famoso violinista Mstislav Rostropovich y su mujer Galina Vishnevskaya, terminó convirtiéndose, como reza el título, en un testamento en tercera persona tras la precipitada muerte del violinista. Pero como de toda muerte nace de nuevo la vida, de esta elegía documental nace una hija de ficción, protagonizada por su mujer, llamada Alekxandra (2007).

Decir Alekxandra y decir Galina es y es no lo mismo. Lógicamente, la vida de Galina no es la del personaje, pero Sokurov escribió la película tras el primer encuentro con ella, basándose en las reflexiones a raíz de los viajes a Chechenia, en los que contemplaba las madres que buscaban a sus hijos en la guerra. Pensó en la posibilidad de que una de esas madres fuese en realidad una abuela que va a visitar a su nieto y escribió el papel para Galina. El documental previo, le permitió estudiar sus movimientos y el comportamiento frente a la cámara, pero Alekxandra es una película de guión cerrado, con poca improvisación, aunque milagrosamente parezca lo contrario.

Son cuatro los elementos fundamentales en la película: el tiempo, el espacio, el sonido y los cuerpos. El tiempo permanece suspendido -como en otras ocasiones en Sokurov- por una guerra en stand by. Al comienzo de la película, Alekxandra realiza un viaje lleno de incomodidades, atravesando la noche primero en tren, después en un tanque. Con la ayuda de unos soldados, al amanecer, Alekxandra baja del tanque una vez han llegado al campamento. Busca la tienda de su nieto, le ve dormido, mira su ropa, los zapatos, él despierta, se produce el abrazo. Más adelante, Alekxandra camina hasta un poblado cercano para comprar algunas cosas en el mercado.

"La dialéctica va más allá, está en cada pregunta de Alekxandra, todo le provoca curiosidad a la vez que un profundo desengaño"

En ese trayecto solitario, sucede algo extraño, hay un misterioso juego entre el tiempo y el espacio, las imágenes cálidas y verdosas del campamento adquieren en el poblado un color terroso cercano al sepia - como ya vimos en Días de eclipse (Dni zatmeniya, 1988), y también en el cine del páter Tarkovski-, pero sin alcanzarlo, como si todo estuviera envuelto de gruesas capas de polvo.

Ese otro espacio, el del poblado con sus casas derruidas, es naturalmente otro mundo. Hemos pasado de un microcosmos ruso, el del campamento, a otro, el de la vida cotidiana de la población chechena, donde el tiempo no deja de avanzar. Alekxandra mantiene una relación de cordialidad con las mujeres chechenas, si bien el trato (y el punto de vista de Sokurov) de los hombres chechenos es diferente. Es el recelo ante el otro manifestado mediante una mirada, un gesto; la guerra fuera de campo, los tanques van y vienen. Lo que interesa es la situación desde las personas, los motivos del combate, la dialéctica. Un joven checheno pide la libertad y Alekxandra le responde que la fuerza no está en las armas, sino en la inteligencia.

"Cuando el nieto peina la trenza de la abuela, sentimos una emoción pura, la emoción como materia fílmica desprendida, iguales a las de Madre e hijo y Padre e hijo"

Así, el mundo de la ciudad es algo similar a una ensoñación para la vida del campamento, lo que hay más allá de la barrera que el guarda levanta y que, sin embargo, es la realidad; pero también la estancia en el campamento, una vida construida con urgencia, donde todo falta, es algo presente que desaparece, un tiempo cíclico que va desde la llegada hasta que Alekxandra vuelve a tomar el tren. Cuando dice adiós, nada ha cambiado, pero al mismo tiempo, en las mentes de todos, el cambio es enorme.

La dialéctica va más allá, está en cada pregunta de Alekxandra, todo le provoca curiosidad a la vez que un profundo desengaño (sentimos el temor cuando, en la obscuridad de un tanque con su nieto, empuña la escopeta: "es tan fácil", dice ella al apretar el gatillo). Sobre los punteos musicales de Andrei Sigle (esta vez la música está algunos puntos más alta que habitualmente en Sokurov) escuchamos un incesante susurro de voces, expresando sus pensamientos en voz baja, omnipresente la de Alekxandra, junto con la de los soldados. A ello se añade un excelente trabajo con los sonidos atmósfericos post-sincronizados -ya dijo en alguna ocasión Sokurov que sus películas también pueden únicamente escucharse-.

Finalmente, la diferencia en los cuerpos: la agilidad felina de los de los jóvenes y robustos soldados -como en Confession (1998), pero también la misma fascinación en su contemplación que Claire Denis en Beau travail (1999)- y, entre ellos, el lento y torpe caminar del cuerpo pesado de Alekxandra, que rechaza toda ayuda. Cuando el nieto peina la trenza de la abuela, sentimos una emoción pura, la emoción como materia fílmica desprendida, iguales a las de Madre e hijo (Mat i syn, 1997) y Padre e hijo (Otets i syn, 2003).

Después de la trilogía del ocaso compuesta por Moloch (Molokh, 1999), Taurus (Telets,2001) y El sol (Solntse, 2005), el director de El arca rusa (Russkiy kovcheg, 2002) sigue explorando la historia de su país, preguntándose por la identidad de su pueblo y el sentido de la guerra visto todo ello ahora desde los ojos de una mujer que, como una gran matrioshka, hija, madre, abuela de Rusia, bien podría contener dentro la inteligencia de todas las mujeres.

Francisco Algarín Navarro

Tráiler


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