
Hablar de cine musical y asociarlo inmediatamente con Fred Astaire es toda una realidad, porque él es la imagen imborrable e imperecedera del musical. Nadie mejor que él encarna ese mito cinematográfico, que ha pasado ya con letras de oro a las páginas de la Historia del séptimo arte. Y lo ha hecho porque ha sabido transmitir a través del celuloide la magia de sus bailes, envolviendo con la elegancia de sus movimientos la sabiduría de un bailarín que hacía de lo imposible lo más natural del mundo...

Edward Hopper: el pintor de las miradas perdidas, de las esquinas sin vuelta.

Pronto hará 40 años que fue realizada, pero aún conserva intactas todas sus virtudes. No importa que de entonces acá se hayan estrenado docenas de películas sobre niños diabólicos, mujeres poseídas y sectas satánicas, subgéneros surgidos todos ellos en la estela de su éxito. Ninguna ha podido superar aún su impecable desarrollo argumental, su apabullante lección de puesta en escena o su enorme capacidad de sugerencia...

¡Pobre Diablo! Si tuviera que estar presente, cinematográficamente hablando, solo y exclusivamente en aquellas películas que invocan su nombre o su presencia física, estaría condenado a un círculo infernal, peor que cualquiera de los imaginados por el Dante, caracterizado por la vulgaridad, el maniqueísmo y los peores defectos que pululan, en demasiadas ocasiones, por el cine fantástico y de terror, especialmente cuando Satán, bajo cualquiera de sus infernales advocaciones, tiene algún papel destacado en él...

Cuando el arte del cinematógrafo se haya integrado definitiva y sólidamente en la Historia del Arte, si es que este hecho (que debería ser ineludible) no sigue evitándose y boicoteándose desde las élites culturales y los poderes públicos, Ingmar Bergman (Uppsala, 1918-Fårö, 2007) seguirá siendo seguramente un nombre imprescindible. La Historia del Cine apenas ha superado escasamente el siglo de vida, lo que coloca esta disciplina a una distancia sideral de las otras artes consideradas (literatura, escultura, arquitectura, pintura, música y danza: son todas ellas casi tan viejas como el mismo ser humano)...

Cuando se habla de juego lo primero que viene a la mente es el dinero. El vil metal relacionado con las apuestas y la ruina. Una partida de póquer, hombres en mangas de camisa fuman alrededor de la mesa, bajo una luz colgada del techo que ilumina las cartas y los billetes y deja en sombras al resto de la habitación, un sucio tugurio situado en la trasera de un bar, en el propio ambiente se respira la amenaza para alguno, o todos, los jugadores...

No es imprescindible que exista una edificación para que se pueda practicar un deporte. Sin embargo, cuando se convierte en espectáculo, hasta para los deportes más solitarios y aislados, como la vela, se les encargan a arquitectos estrella edificios que muchas veces sólo se usarán durante un corto periodo de tiempo, pero cumplirán su función, porque lo importante es que sus inauguraciones aparezcan en los medios de comunicación...

Imaginemos la situación. Usted lleva algún tiempo enfrascado en la escritura de un guión y ha pergeñado unos personajes intensos y creíbles que viven una historia de amor fuerte y poderosa. No se puede decir que con ella vaya a poner un punto y aparte en la filmografía romántica, pero sí que ha conseguido dotarle de los suficientes rasgos de originalidad como para distinguirla dentro del género, e incluso para marcar tendencia en los próximos años...

Si el cine es emoción, como proclamaba Samuel Fuller en Pierrot le fou, el póquer debe ser algo muy cinematográfico. La cuestión es que el cine también es construcción dramática expandida en el tiempo y eso ya no casa tan exactamente con ningún tipo de juego. Por eso no hay grandes películas sobre el ajedrez, ni el fútbol, póquer o baloncesto. En el juego la emoción es sólo el resplandor de un momento rodeado de abundantes ocasiones de aburrimiento o rutina y nada de eso puede, ni debe, ser llevado al cine ni a ningún otro arte narrativo con la excepción de ciertas novelas del pasado siglo...

Hace menos de un año tuve la oportunidad de visitar Dachau, el campo de concentración cercano a Munich. A pesar de estar a cielo descubierto, el ambiente allí es opresor, desasosegante, claustrofóbico. Sin embargo está más cerca del parque de atracciones que del museo del horror: en la audioguía un superviviente narraba cómo, al volver al campo varias décadas después, se había encontrado con un paisaje "humanizado", limpio y lleno de zonas verdes, un parque de paseo del que se había borrado cualquier vestigio de bestialidad...
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