August Rush (Freddie Highmore), un huérfano y prodigio musical de 11 años, es el fruto de un inesperado encuentro romántico entre un carismático joven irlandés, cantante de rock, Louis (Jonathan Rhys-Meyers), y una joven y sobreprotegida chelista, Lyla (Keri Russell).
Cuando el destino separa a los amantes, dejando solo a August como estela, éste es ingresado en un orfanato. Inspirado por un encuentro fortuito con un trabajador social (Terence Howard), August escapa de su orfanato hacia Nueva York, donde se involucra con un grupo de jóvenes músicos callejeros, bajo la tutela de Wizard (Robin Williams), su peligroso y misterioso benefactor.
Lyla emprende la búsqueda de su hijo, Louis debe luchar contra sus propios fantasmas e intentar recuperar sus ganas de vivir a través de su música.
Finalmente, August se ve dividido entre sus padres y su fidelidad a Wizard.
| Freddie Highmore | August Rush |
| Keri Russell | Lyla Novacek |
| Jonathan Rhys Meyers | Louis Connelly |
| Terrence Howard | Richard Jeffries |
| Robin Williams | Maxwell "Wizard" Wallace |
| William Sadler | Thomas Novacek |
| Marian Seldes | La decana |
| Leon G. Thomas III | Arthur |
| Dirección | Kirsten Sheridan |
| Guión | Nick Castle, James V. Hart |
| Producción | Richard Barton Lewis |
| Producción ejecutiva | Louise Goodsill, Robert Greenhut, Ralph Kamp, Miky Lee |
| Fotografía | John Mathieson |
| Montaje | William Steinkamp |
| Música | Mark Mancina |

Nuria Dufour
Huérfano y prodigio es un binomio al que el cine recurre con frecuencia y del que suele obtener pingües beneficios, donde argumentos simplones con finales felices (e inconclusos) se quedan en la anécdota del niño desamparado, cuyo afán de superación, su lucha por alcanzar un sueño, conecta casi de inmediato con el espectador, que se identifica fácilmente con la realidad de ese sujeto (el título en castellano es precisamente El triunfo de un sueño). Son normalmente historias sencillas, inspiradas de una u otra manera en el personaje universal Oliver Twist (Charles Dickens, 1837), llevado al cine en varias ocasiones, y desarrolladas siguiendo el esquema del protagonista desvalido en todas sus posibles vertientes, desde el pequeño pícaro que maneja con habilidad sus dotes para la captación (Lázaro de Tormes) hasta el individuo, a priori indefenso, que lucha contra el sistema (Norma Rae, Erin Brokovich).

Con estos ingredientes la irlandesa Kirsten Sheridan (hija de Jim Sheridan, director de las celebradas En el nombre del padre o Mi pie izquierdo), juega a partir de un guión que firman Nick Castle (Más allá de la realidad, 1988) y James V. Hart (Contact, Robert Zemeckis, 1997), para construir una historia repetida, no apta para diabéticos, que empieza vacía y termina de la misma manera. La trama se pierde, se lía (el arranque con acordes musicales efectistas sobre unos campos de espigas parece el comienzo de otra cosa), se confunde por direcciones imposibles de las que no se despega a lo largo de todo el relato, sino que se complica aún más hasta caer en el bostezo, porque carece de argumento que hilvanar.
"Asistimos a la proyección de una sucesión de secuencias musicadas hasta el hastío, donde nada armoniza y todo se resuelve de manera incrédula, con exceso de edulcorante"
En un orfanato vive Evan Taylor, alias August Rush, un niño de sonrisa permanente (Freddie Highmore, Descubriendo nunca jamás, Marc Forster, 2004), cuya increíble capacidad musical transforma en melodía cualquier sonido. El pequeño ha crecido con la certeza de que algún día el poder de la música le ayudará a encontrar a sus padres, a los que nunca ha conocido pero siente próximos.

La huida del orfelinato y su vagabundeo por las calles de Nueva York hasta que se integra en una curiosa comuna de artistas callejeros capitaneada por un ser mezquino y estrafalario, Maxwell Wizard Wallace, personaje calcado del Fagin de Oliver Twist (en su más reciente adaptación -Roman Polansky, 2005- lo interpretaba Ben Kingsley, aquí el histriónico Robin Williams hace de las suyas), aunque también recuerda bastante al cervantino señor Monipodio de Rinconete y Cortadillo, se desarrolla en una trama apenas insinuada.
Entre medias, se cruza otra película que, partiendo del socorrido flashback, describe la concepción del pequeño genio once años antes, fruto del mágico y único encuentro de dos jóvenes músicos universitarios, Lyla Novacek (Keri Russell), violonchelista, y Louis Connelly (Jonathan Rhys Meyers), guitarrista, en un colegio mayor de Washington Square. La voluntad de un padre ambicioso y autoritario (personaje sólo apuntado) separa a la pareja. Ella continúa su vida en Chicago (que suponemos triste) con la creencia de que su hijo murió al nacer y él vive en San Francisco sin conocer siquiera la existencia de aquel embarazo. Pero Lyla y Louis todavía se recuerdan y tras más de una década regresan, cada uno por su lado (la justificación narrativa es disparatada), a Nueva York, donde el Great Lawn de Central Park servirá de escenario lacrimógeno para el (re)encuentro de los tres protagonistas.

En August Rush se esbozan algunas características sueltas de unos personajes, cuyos vínculos emocionales están desdibujados. Pareciera como si cada uno hubiera hecho su parte al margen de los demás. Aunque no existe química visual entre ninguno de ellos, donde se manifiesta de manera más destacable es en la pareja protagonista. El supuesto enamoramiento entre la dulce Felicity y el arribista de Match Point está al servicio de un guión plagado de artificios, que avanza, fotograma a fotograma, a empujones de una banda sonora insistente -Mark Mancina (Speed, Tarzán, Un día de furia)-, reclamo publicitario de la película. Asistimos en definitiva a la proyección de una sucesión de secuencias musicadas hasta el hastío, donde nada armoniza y todo se resuelve de manera incrédula, con exceso de edulcorante.
10/12/2007
Enlaces relacionados¿Quieres recibir gratis nuestro boletín?
Crítica, tráiler, sinopsis, intérpretes, ficha técnica ... CINE y DVD
Ver todas las películas