Autopistas al Infierno: Road movies - cine | Kane 3

Autopistas al Infierno: Road movies

"Superando las fronteras de la cultura que la ha hecho posible, para bien y para mal, la carretera representa lo desconocido".

David Laderman, Driving Visions. Exploring the Road Movie.

Por Jesús Palacios

Corazón salvaje (David Lynch, 1990)
Corazón salvaje (David Lynch, 1990)

No sé conducir. Me encanta viajar en coche, pero como pasajero. Jamás he intentado, ni por asomo, aprender el para mí complicado e inextricable arte de la conducción de automóviles. Es un fenómeno curioso y observable estadísticamente, la cantidad de freaks de profesión (porque esto es una profesión, vaya que sí) que no saben conducir o que, a pesar de saber, prefieren no ejercer de conductores. ¿Qué rayos nos pasa? ¿Tan poco prácticos somos? Puede. Pero yo creo que hay algo más.

Por un lado, el cinéfago prefiere viajar como copiloto, básicamente porque así puede mirar por la ventanilla del coche, con lo que reconvierte la experiencia en una suerte de visionado cinematográfico, percibiendo la realidad circundante a través de una nueva pantalla (la que recuadra la propia ventanilla del automóvil), marco familiar que le permite una singular apropiación de lo real, como si se tratara de materia de ficción, estetizada y manejable.

Crash (David Cronenberg, 1996)
Crash (David Cronenberg, 1996)

A la vez, y para horror del conductor, que no puede disfrutar plenamente del espectáculo pues debe poner gran parte de su atención en la propia conducción, manipulamos el CD del coche añadiendo a las imágenes del exterior, que se suceden en rápido e hipnótico travelling ante nuestros entrenados ojos, una banda sonora adecuada al escenario y, sobre todo, a nuestro estado de ánimo. Es un experimento curioso y gratificante comprobar cómo una música determinada puede cambiar por completo el carácter del viaje y de los paisajes que atravesamos. ¡Qué distinto es viajar, mirando el exterior desde la ventanilla de un coche, mientras escuchamos, por ejemplo, música country, de cuando lo hacemos oyendo música electrónica o heavy metal! Tan pronto podemos sentirnos en Los caraduras como en Matrix o Mad Max... Neta deformación profesional que convierte una cierta carencia (la capacidad psicomotriz para conducir) en una experiencia exquisitamente esteticista y vacua. Se me puede contestar, no sin razón, que el conductor disfruta de la posibilidad de manejar a su antojo una máquina a toda velocidad. Que, en lugar de solo mirar el escenario, dirige la acción, con las manos al volante y los pies en el acelerador y el freno... Así es. El conductor interactúa, mientras que el pasajero solo mira. Es la misma diferencia existente entre el fan de los videojuegos y el cinéfago. Soy un mirón, y participar en la acción, sea conduciendo o sea jugando a matar con la play, se lo dejo a quienes se sientan llamados a ello. Particularmente, me resulta demasiado cansado y peligroso. Prefiero mirar.

La matanza de Texas (Tobe Hooper, 1974). Manga
La matanza de Texas (Tobe Hooper, 1974). Manga

Y así, llegamos a la otra razón que quizá mantenga a tantos y tantos freaks alejados del volante: el miedo. Hemos visto demasiadas road movies y lo último que deseamos es ser culpables de llevar a nuestros compañeros de viaje directos al Infierno. Porque ahí es donde conducen las carreteras perdidas del mejor cine moderno. Las autopistas son a la road movie lo que los agujeros negros a la astrofísica: una esperanza y una terrible incertidumbre... ¿Conducen a dónde desearíamos ir, a dónde parece que conducen... O bien, por el contrario, llevan al último sitio en el que querríamos estar? Son, en cualquier caso, verdaderas máquinas del tiempo, que por el simple desplazamiento en el espacio, te depositan en otra época, bárbara y brutal, en un mundo perdido que convive con el nuestro sin que lo supiéramos hasta haber puesto la llanta sobre el camino.

Así, La matanza de Texas, Las colinas tienen ojos, Kilómetro 666, La casa de los 1.000 cadáveres y hasta el clásico 2.000 maníacos, te llevan en alas de la tecnología contemporánea hasta una tierra olvidada por el tiempo, habitada por granjeros caníbales, mutantes antropófagos, familias psicópatas o paletos asesinos...

Futuro y pasado se dan la mano a través del asfalto de la carretera, resucitando la barbarie y el instinto de supervivencia adormecido del urbanita, enfrentado con el peor rostro del ser humano. Esto es especialmente apreciable en la nueva versión de Las colinas tienen ojos, de Alexandre Ajá, donde la familia caníbal nuclear sigue viviendo en un pueblo-test atómico de los años cincuenta, como podrían vivir los yanomamos en su paleolítica jungla amazónica, aunque, eso sí, tendiendo trampas a los turistas. Son la demostración del viejo dicho de Einstein: "Si la Tercera Guerra Mundial es atómica, la cuarta se librará con piedras y palos". Ellos ya han sobrevivido a la guerra atómica y ahora son caníbales modernos, dispuestos a devorar a su presa: nosotros.

Las colinas tienen ojos (Alexandre Aja, 2006)
Las colinas tienen ojos (Alexandre Aja, 2006)

Las carreteras se pueden convertir, así, en épicos escenarios de batallas bárbaras, que nada tienen que envidiar a las de orcos y elfos. Mad Max 2. El guerrero de la carretera, es pura fantasía épica de carretera, como su primera entrega es un western de asfalto y puro splatter vengador. J.G. Ballard la definió, memorablemente, como "la Capilla Sixtina del punk", y algo debe saber el autor de Crash, el malsano poema de amor y odio entre seres humanos y coches, que David Cronenberg convirtió en fría y sensual porno road movie, capaz de excitar más a los autos (los oigo ronronear con sus motores susurrantes cuando la ven) que a sus conductores, todavía demasiado humanos.

Una historia verdadera (David Lynch, 1999). Manga
Una historia verdadera (David Lynch, 1999). Manga

La autopista moderna, incrustada a tremendo coste económico y humano en mitad de los más apartados y prehistóricos desiertos de nuestro planeta, resucita viejos dioses con nuevas iconografías de polvo, sudor y acero. En Carretera al Infierno, el mítico filme de Robert Harmon, C. Thomas Howell sufrirá una ordalía iniciática a manos de un majestuoso y cruel Rutger Hauer, chamán asesino, espíritu del desierto, quien le iniciará en la violenta naturaleza sadiana de la vida y establece con él una singular relación viril de ecos homoeróticos y mágicos. El mito de Orfeo retorna, en tono menor y agradablemente cómico, en la curiosa Autopista al Infierno, de Ate de Jong, una fantasía posmoderna en la que una carretera conduce al viejo Hades, vigilado por Hellcop, el poli del Infierno, un logrado personaje de uniforme cubierto de satánicas escarificaciones, y en el que el viejo Lucifer, encarnado por un apropiado Patrick Bergin, pugna todavía por escapar para tomar el Cielo por asalto aunque sea a la carrera.

"Las autopistas son puentes artificiales que se han convertido en puentes naturales entre un mundo y el otro. Nadie lo ha entendido y expresado tan perfectamente como David Lynch en sus filmes de carretera"

Faster, Pussycat, Kill, Kill! (Russ Meyer, 1965)
Faster, Pussycat, Kill, Kill! (Russ Meyer, 1965)

Las amazonas de los viejos mitos ancestrales y de los peores péplums de los años cincuenta, se travisten de feroces devoradoras de machos motorizadas en la obra maestra de Russ Meyer (el hombre que hacía cine no sólo de carretera, sino para la carretera), Faster, Pussycat, Kill, Kill!, con la carnicera y carnal Tura Satana al mando, que nos excitaba con sus ceñidos vaqueros negros, solo para castrarnos mejor con un seco golpe de kárate digno de la Señora Peel. Es más, las propias autopistas y carreteras, en sorprendente simbiosis con su universo de asfalto, pueden dar a luz, en partos nunca vislumbrados por ojos humanos, a criaturas de acero, plástico, cristal y llantas que declaran la guerra al hombre que supuestamente las creó.

En El Diablo sobre ruedas, Spielberg, antes de perecer bajo el peso de su propio talento, trazó un ajustado retrato del duelo a muerte entre un camión fantasma, conducido por una interrogante sin respuesta y un patético hombrecillo que recuperará su alma al vencer al nuevo Goliat de ruedas y metal. Pero más allá todavía y más allá del sentido del ridículo también, Elliot Silverstein nos ofreció con Asesino invisible un auténtico coche endemoniado, un espíritu del mal que habita el automóvil que un día fuera propiedad del mismísimo Anton LaVey, fundador de la Iglesia de Satán y asesor ocultista del filme.

Las autopistas conectan pasado, presente y futuro. Tecnología y barbarie. Modernidad y mito ancestral. Unen a los asesinos inocentes de Malas tierras, La pistola de mi hermano o, ¿por qué no?, Los renegados del Diablo, con el único futuro posible para ellos: la muerte. Son puentes artificiales que se han convertido, por la magia del cine, en puentes naturales entre un mundo y el otro. Entre la realidad y otras realidades... Nadie lo ha entendido y expresado tan perfectamente como David Lynch en sus filmes de carretera, en Corazón salvaje, viaje al corazón del mito americano de Oz, hecho de luz y de sombra; en Una historia verdadera, incomprendido fresco naîve y surrealista, compuesto por pequeños koans zen para un luminoso sueño americano.

Mulholland Drive (David Lynch, 2001). Manga
Mulholland Drive (David Lynch, 2001). Manga

Pero, sobre todo, claro, con Carretera perdida y Mulholland Drive, donde las carreteras de Hollywood conducen al bulevar de las pesadillas. Donde nuestro mundo y el Otro, o, mejor dicho, los Otros, se cruzan y entrecruzan en perfecta solución de continuidad, haciendo posible lo imposible y solapando los miles de universos paralelos que contiene el nuestro, en sus ilimitados límites.

Por eso no conduzco, por miedo a llevar a mis compañeros por las carreteras perdidas de un Hollywood imposible, a una realidad que supera toda realidad y en la que no hay conductor ni volante. No hay banda ni orquesta... Solo una infinita carretera hacia el Otro Lado.

Artículo publicado en el número 10 de KANE 3 (julio - agosto 2006)

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