George Clooney sitúa su elogio al buen periodismo en la Norteamérica de los años cincuenta, en los comienzos del periodismo televisivo. Una historia real basada en el enfrentamiento del reputado presentador de la CBS, R. Murrow (David Strathairn), el senador Joseph McCarthy en su cruzada contra el comunismo y el Comité de Actividades Antiamericanas.
Murrow y su equipo capitaneado por su productor Fred Friendly (George Clooney) y Joe Wershba (Robert Downey Jr.) desde la sala de redacción de la CBS, denunciarán las mentiras y las tácticas alarmistas perpetradas por McCarthy durante su caza de brujas. Estas denuncias les crearán presiones corporativas y de los patrocinadores.
| David Strathairn | Edward R. Murrow |
| Jeff Daniels | Sig Mickelson |
| George Clooney | Fred Friendly |
| Robert Downey Jr. | Joe Wershba |
| Patricia Clarkson | Shirley Wershba |
| Dirección | George Clooney |
| Guión | George Clooney y Grant Heslov |
| Fotografía | Robert Elswit |
| Montaje | Stephen Mirrione |
| Diseño de producción | James D. Bissell |
| Casting | Ellen Chenoweth |

Roberto Cueto
En su primera película como director, la generalmente menospreciada Confesiones de una mente peligrosa, George Clooney ya hurgaba en los rincones más oscuros de América. Esa actitud de liberal indignado ante los desmanes que amenazan un ideal de nación en el que el americano de a pie sigue creyendo domina también Buenas noches, y buena suerte, el relato verídico de la odisea del presentador televisivo Edward R. Murrow durante la caza de brujas del senador McCarthy.

Una peripecia no excesivamente dramática ni grandiosa, pero que para Clooney adquiere una profunda significación como toma de posicionamiento ante la represión de las libertades civiles. La suya no es una de esas ampulosas sinfonías americanas sobre la abnegada lucha de un héroe contra un sistema corrupto, sino más bien un ejercicio camerístico rodado en bello blanco y negro que se concentra en unos pocos personajes, apenas sale de los decorados de un plató televisivo y recupera la concisión narrativa de los propios dramáticos televisivos de la época en que transcurre la acción, de los filmes del primer Sidney Lumet o John Frankenheimer.
Si en Confesiones de una mente peligrosa la puesta en escena de Clooney se ponía al servicio de la cabeza-puzzle del guionista Charlie Kauffman, Buenas noches, buena suerte, por el contrario, es una película espartana y de escritura firme. Murrow ―soberbio David Strathairn― no es mostrado en su intimidad, sino como icono de la era dorada del periodismo: en su fascinante envaramiento, en su arrogante manera de sostener el cigarrillo, en su gesto ceñudo Clooney evoca una época en la que la acción periodística tenía consecuencias reales en la vida de los ciudadanos y en la que las aberraciones del sistema podían ser corregidas mediante su exposición a la luz.
"El verdadero foco de interés para Clooney es más bien la decadencia del periodismo y su incipiente involución hacia la telebasura"

No hay vacilaciones en Murrow ni en los que le rodean, tan solo la eficiencia y una seguridad hawksiana en el trabajo bien hecho. Tarea que Clooney retrata con rigor, pasión y admiración a través de su reconstrucción de los métodos de grabación de la época y su fidelidad a los documentos reales (McCarthy nunca aparece como personaje, sólo como imagen de archivo). Hay mesura en su recreación de esa venerada hornacina habitada por los grandes periodistas de antaño, evita la épica panfletaria y consigue un retrato creíble de los hechos cuya unidimensionalidad parece, antes que un defecto, una opción ética y éstética conscientemente buscada: lo que le interesa en última instancia es la imagen apabullante que Murrow transmitía ante su público, no la trastienda de su vida privada.
Tal posicionamiento hace que la reivindicación del comunismo perseguido no sea tan importante como la protesta ante la vulneración de los derechos individuales y la libertad de expresión. Son los métodos empleados los que se cuestionan antes que la propia naturaleza de la caza y quizá Murrow hubiera defendido cualquier otra causa que implicara semejante abuso de poder. Porque el verdadero foco de interés para Clooney es más bien la decadencia del periodismo y su incipiente involución hacia la telebasura. El aura nostálgica adquiere proyección de futuro para hablar también de nuestro presente, no sólo el de la América de Bush y sus teléfonos espías, sino el de la creciente idiocia del producto televisivo y su consumidor.

La pérdida de la inocencia de América se equipara a la zombificación de sus habitantes y Clooney describe el punto de inflexión de un periodismo con sentido político y social que adquiere el carácter de imaginario mítico. Pero todo ejercicio nostálgico conlleva el germen de la idealización y una arriesgada falta de perspectiva. La pregunta que queda tras ver una película como ésta, que emplea armas tan admirables y elegantes para desplegar su discurso, es si lo bueno y lo malo, la honestidad y la estupidez, en lugar de sucederse secuencialmente, no han convivido siempre simultáneamente a lo largo de nuestra historia.
Crítica publicada en el número 5 de Kane3 (febrero 2005)
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