Hay imágenes que quedan grabadas para siempre en la memoria colectiva. Que por mucho que pasen los años, una y otra vez son recordadas, homenajeadas, incluso plagiadas sin pudor. Que permanecen en nuestras retinas y en nuestros corazones. Son imágenes para la eternidad. Son imágenes como la de dos amantes fundidos en un abrazo a la orilla del mar, con sus cuerpos embadurnados de arena mientras las olas les golpean, no suavemente, sino con una fuerza comparable a la historia de amor que están viviendo. Ese momento mágico pertenece a la película De aquí a la eternidad. Ella era Deborah Kerr. Él era Burt Lancaster.
Por Javier Muñoz

Burton Stephen Lancaster nació el 13 de Noviembre de 1913, en Nueva York. Hijo de un cartero, y miembro de una familia numerosa, fue el típico chico neoyorquino que creció en las calles. Pronto comenzó a interesarse por el deporte y la gimnasia, y cuando ingresó en la universidad, lo hizo para convertirse en profesor de educación física. Sin embargo, el ambiente universitario terminó por ahogarle por lo que dejó los estudios sin acabar y se incorporó a la troupe de un circo. Allí conocería a Nick Cravat, con el que compartiría actuaciones y trabaría una amistad de por vida que se consolidaría trabajando juntos en un buen puñado de películas. También allí contraería matrimonio por primera vez, por lo que todo parecía presagiar que Lancaster terminaría sus días en un circo. No en balde, para entonces había conseguido un físico envidiable y unas dotes acrobáticas dignas de cualquier estrella circense. Sin embargo, el estallido de la Segunda Guerra Mundial lo cambió todo. Se incorporó a filas y en el frente comenzó a actuar para las tropas, en donde consiguió cierto prestigio como actor aficionado.
Con la finalización del conflicto, la vida de Burt Lancaster da un vuelco por completo. Se divorcia, abandona el circo y comienza en Hollywood su carrera como actor. Y lo curioso es que no lo hace poco a poco, gracias a pequeños papeles en pequeñas películas, sino que de repente se ve al frente del reparto de la excelente Forajidos (1946), de Robert Siodmak, donde daba vida a un ex boxeador manejado y engañado por su pareja, que no era otra que Ava Gardner. Su actuación no pasó desapercibida, así que rápidamente es reclamado para protagonizar varios títulos de cine negro en los siguientes años, como Al volver a la vida (1948), de Byron Haskin, Voces de muerte (1948), de Anatole Litvak, Sangre en las manos (1948), de Norman Foster, o El abrazo de la muerte (1949), otra vez con Siodmak. Pero además de afianzar su carrera, Lancaster se preocupó de asegurar su futuro y en 1948 creaba su propia productora junto a Harold Hetch y James Hill, en un afán de controlar todos los aspectos de las películas que protagonizaba. Su tardía llegada a Hollywood, y su entrada por la puerta grande, confirieron al actor un halo de independencia que le acompañaría hasta el final de su carrera. En una época donde los grandes estudios firmaban a sus estrellas largos y farragosos contratos, Burt Lancaster tuvo la pericia y la fortuna de saber evitarlos, lo que le ahorró un montón de títulos intrascendentes, al menos en sus comienzos.

La década de los cincuenta es fundamental para entender por qué el actor se convirtió en una leyenda. Muy pocos pueden presumir como él de cosechar un gran éxito cada año y de trabajar con los mejores directores del momento. Burt Lancaster lo logró. En 1950 hizo El halcón y la flecha, de Jacques Tourner, junto a una bellísima Virginia Mayo y su inseparable Nick Cravat. El halcón y la flecha es una película de aventuras en estado puro, y más de 50 años después sigue cautivando a pequeños y grandes. En ella, Lancaster, un híbrido de Robin Hood y Guillermo Tell, nos deleita con un extenso repertorio de las piruetas y acrobacias que practicó en el circo durante años, que quedaron perfectamente asumidas e integradas en la narración de la historia. Nada era gratuito en aquella época del cine. Al año siguiente, su éxito es un western, El valle de la venganza (1951), de Richard Thorpe. En pleno apogeo del género, el actor no podía faltar a la cita, y terminaría consolidándose como uno de los grandes del salvaje Oeste, como veremos más adelante. Y en 1952, otra clásica cinta de aventuras, El temible burlón, de Robert Siodmak, una maravillosa historia de piratas donde se combinan a la perfección la acción y la comedia. Ahora que se han puesto tan de moda ciertos piratas del Caribe, los más jóvenes deberían revisar este título para saber de dónde sacan las ideas originales sus admirados héroes.
Con De aquí a la eternidad (1953), de Fred Zinnemann, Burt Lancaster da un paso más allá en su registro interpretativo, componiendo un personaje dramático a la altura de cualquiera de los denominados grandes actores de todos los tiempos. Atrapado en un romance peligroso y al borde de un desastre histórico, el ataque a Pearl Harbor, Lancaster consigue que el sargento Warden nos parezca más humano que soldado, y sobre todo, más amante que combatiente. Por ese papel recibiría su primera nominación al Oscar, que perdería ante William Holden por Traidor en el infierno. Y es que el planteamiento coral de la historia perjudicó a la pareja protagonista, ya que Deborah Kerr perdió ante Audrey Hepburn y sus Vacaciones en Roma, y también Montgomery Clift se fue de vacío al estar nominado como protagonista. Sin embargo, Frank Sinatra y Donna Reed obtuvieron los de mejor secundarios, y la cinta en total consiguió ocho estatuillas, con lo que se convirtió en una de las más laureadas de la historia.
Sin la recompensa obtenida, pero con el prestigio por las nubes, Lancaster rueda en 1954 dos westerns muy diferentes pero con el mismo director: Robert Aldrich. En Apache, el actor encarna a uno de los últimos exponentes de esa raza, inconformista con su injusto destino, rebelde con causa y salvaje por naturaleza. Un filme predecesor del que 30 años más tarde se pondría de moda tras el éxito de Acorralado. En Veracruz en cambio, es un atípico bandido vestido de negro, siempre sonriente, que acompaña a Gary Cooper y a una actriz española recién llegada a Hollywood, Sara Montiel. Al año siguiente, 1955, Burt Lancaster cerraría esta especie de trilogía del Oeste con la primera película de las dos que dirigiría. El hombre de Kentucky es una correcta película, quizá algo lenta, en la que Lancaster demuestra ser mejor actor que director. Tras su paso por detrás de las cámaras, el actor encadena un éxito tras otro. La rosa tatuada (1955), de Daniel Mann, El farsante (1956), de Joseph Anthony y Trapecio (1956), de Carol Reed, son un claro ejemplo de ello. Precisamente Trapecio marca un antes y un después en la carrera de Burt Lancaster. Con ya los 40 años bien cumplidos, el actor parece querer despedirse de las acrobacias filmadas con esta película, y por qué no, rendir homenaje al mundo que le encumbró. A partir de entonces, Lancaster construye personajes más profundos, a los que dota de un carácter fuerte y apasionado. Así interpreta uno de sus papeles más recordados, el del influyente periodista de Chantaje en Broadway (1957), de Alexander Mackendrick. En plena madurez, tanto personal como interpretativa, Lancaster nos regala personajes memorables, cargados de una fortaleza, una contundencia, y a veces una mezquindad, inigualables. Es el mítico Wyatt Earp en Duelo de titanes (1957), de John Sturges, junto a Kirk Douglas. Es el teniente lúcido que se enfrenta a su comandante del submarino, Clark Gable, en Torpedo (1958), de Robert Wise. Es un componente del extraordinario reparto de Mesas separadas (1958), la inolvidable cinta de Delbert Mann. Es el reverendo Anthony Anderson en El discípulo del Diablo (1959), de Guy Hamilton, otra vez junto a Kirk Douglas. Y es el atormentado padre que no sabe el origen de su hija en Los que no perdonan (1960), el atípico western de John Huston.

Si en los cincuenta el actor se encumbró, en los sesenta supo mantenerse, pleno de recursos interpretativos, y obtener el reconocimiento de la industria, más complicado si cabe al tratarse de alguien sin la formación académica. Con El fuego y la palabra (1960), de Richard Brooks, Burt Lancaster obtuvo su único Oscar, interpretando al cínico y oportunista Elmer Gantry, el inmortal personaje creado por Sinclair Lewis. Nunca un papel fue hecho tan a la medida para un actor. Burt Lancaster fue Elmer Gantry porque Elmer Gantry era Burt Lancaster. Así de sencillo. El pícaro burlón convertido en predicador. Las acrobacias transformadas en sermones. La doble moral convertida en estilo de vida. Y todo ello mientras regalaba una de las sonrisas más esplendorosas que se han visto en una pantalla de cine. Tras el Oscar, Lancaster participaría en Los jóvenes salvajes (1961), de John Frankenheimer, primera de las colaboraciones con el director, que tan buenos frutos reportó a ambos. Sin ir más lejos, y después de participar en la impresionante Vencedores y vencidos (1961), de Stanley Kramer, el actor nos regalaría otra de sus mejores actuaciones, la del condenado que encuentra en los pájaros su única salvación, en el clásico El hombre de Alcatraz (1962), del citado Frankenheimer. Por este papel sería nominado al Oscar, y aunque no lo obtuvo, estaba Gregory Peck con Matar a un ruiseñor, al menos tuvo la recompensa de alzarse con la prestigiosa Copa Volpi en el Festival de Venecia.
Precisamente en Italia, y después de rodar con John Cassavettes Ángeles sin paraíso (1963), el actor consigue otra antológica interpretación, al dar vida al príncipe Salina en El gatopardo (1963), la magnífica adaptación que Luchino Visconti hizo de la inmortal obra de Lampedusa. Tras ella, el actor parece relajarse algo, aunque sin caer en la mediocridad, pues firma un racimo de películas, que sin ser obras maestras, forman ya parte de la historia de Hollywood. Siete días de mayo (1964), con Frankenheimer y de nuevo Kirk Douglas, El tren (1964), otra vez con Frankenheimer, después de que reemplazara a Arthur Penn, La batalla de las colinas de whisky (1965), de John Sturges, Los profesionales (1966), de Richard Brooks y con un reparto impagable, Camino de la venganza (1968), de Sydney Pollack, El nadador (1968), de Frank Perry, La fortaleza (1969), otra vez con Pollack, y finalmente, para cerrar la década, Los temerarios del aire (1969), una vez más con John Frankenheimer detrás de las cámaras y con la oportunidad de reunirse de nuevo con Deborah Kerr tras De aquí a la eternidad y Mesas separadas.

En la década de los setenta, muchas estrellas del Hollywood clásico fueron utilizadas para llenar los carteles del denominado cine de catástrofes. Burt Lancaster no fue una excepción, sino más bien un precursor, pues formó parte del elenco de Aeropuerto (1970), de George Senton, una de las más dignas cintas de este particular género. En plena cuesta abajo, el actor participa en sus últimos westerns, siendo el más destacado de ellos La venganza de Ulzana (1972), de Robert Aldrich y rueda su segunda película como director, El hombre de la medianoche (1974). Después, tras cierto coqueteo con el cine italiano, con desigual fortuna, lo mejor sería el Novecento (1976), de Bernardo Bertolucci, se ve inmerso en el resurgimiento del cine B, con títulos tan imposibles como imprescindibles como El puente de Cassandra (1976), de George P. Cosmatos, Alerta misiles (1977), de Robert Aldrich o La isla del doctor Moreau (1977), de Don Taylor. Y así, a trancas y a barrancas, llega al que sería su último papel de importancia, a las órdenes de Louis Malle en Atlantic City (1980), gracias al cual conseguiría su última nominación al Oscar.
En los ochenta se le vio más en la televisión que en el cine, interviniendo esporádicamente en producciones como Un tipo genial (1983), de Bill Forsyth, Clave: Omega (1983), de Sam Peckinpah, u Otra ciudad, otra ley (1986), de Jeff Kanew, de nuevo junto a su inseparable amigo Kirk Douglas. Finalmente, su último papel destacable para la gran pantalla sería en Campo de sueños (1989), de Phil Alden Robinson, dando vida al entrañable Doctor Moonlight Graham. Cinco años después, el 20 de Octubre de 1994, el actor moría de un ataque al corazón en su mansión californiana.
Ya fuera enfundado en unas mallas, encerrado en una celda o armado con una Biblia, Burt Lancaster siempre fue un ejemplo de profesionalidad. Al contrario que muchos actores de hoy en día, no lo fió todo a su portentoso físico o a su cautivadora sonrisa. Creció y maduró con cada película, por lo que llegó a cotas de actuación difíciles de superar o incluso de igualar. Y no hay más que recuperar una de sus citas para confirmar este hecho: Un día me desperté y me había convertido en una estrella. Fue terrible.¿Qué hice entonces? Me puse a trabajar duro para llegar a ser un buen actor. Toda una demostración de honestidad. Que cunda el ejemplo.
Fotografías cedidas por TCM, el canal televisivo de cine del grupo Time Warner. La programación televisiva de TCM está disponible en los principales operadores de cable y satélite, centrada en el cine de calidad, con una selección de las mejores películas de todos los tiempos.© TBS. Inc., 2006. TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.A TIME WARNER COMPANY
Artículo publicado en el número 9 de KANE 3 (junio 2006)
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