Caché (Escondido)

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Sinopsis

Georges (Daniel Auteuil) es un periodista que comienza a recibir vídeos, rodados a escondidas desde la calle en los que aparece con su familia, acompañados por extraños e inquietantes dibujos difíciles de interpretar. No sabe quién es el autor. Poco a poco el contenido de los vídeos se va haciendo más personal y en Georges y su mujer (Juliette Binoche) se crea un sentimiento de amenaza que pone en evidencia la fragilidad en la que se asienta su hogar.

Por desgracia, dicha intimidación no es explícita y la policía rehúsa tomar cartas en el asunto. La decisión de investigar sobre el presunto autor de los vídeos removerá un pasado que parecía olvidado.
Mejor Director y Premio Fipresci de la crítica internacional en el Festival Internacional de Cannes 2005.

  • País:Francia/Austria/Alemania/Italia
  • Año:2005
  • Estreno:20/01/2006
  • Duración:1h.55 min.
  • Distribuidora:Golem

Intérpretes

Daniel Auteuil Georges
Juliette Binoche Anne
Maurice Benichou Majid
Annie Girardot Madre de Georges
Lester Makedonsky Pierrot
Bernard Le Coq Editor
Walid Afkir Hijo de Majid

Ficha Técnica

Dirección y guión Michael Haneke
Fotografía Christian Berger
Productor Veit Heiduschka
Coproductor Valerio De Paolis
Coproductor Michael Weber
Productor Ejecutivo Michael Katz
Productora Ejecutiva Margaret Ménégoz

Crítica

La mala conciencia muerde a Europa

Juan Zapater

En Caché (Escondido) hay espectadores que se suelen olvidar de algunos precedentes. Por ejemplo, de que Michael Haneke ha construido toda su trayectoria cinematográfica con un único objetivo: devolver al público la posibilidad de deshacerse del hechizo de la imagen. Ésta suele ser una actitud no siempre bien recibida porque en ella se aprecia ―y eso suele resultar molesto― una cierta arrogancia de autor que arranca en los prolegómenos de la Nouvelle Vague, al menos de la corriente que representa Jean Luc Godard, autor al que Haneke nunca cita en vano.


Es decir, el cine de Haneke ha perdido toda inocencia. Y por lo tanto no participa de los presupuestos narrativos consistentes en, a partir de la entrega crédula del espectador, tratar de atrapar su atención a través de los entresijos del relato, con lo que proyecta en él y con él una coartada de falsa realidad. Desde sus primeras aportaciones fílmicas, Haneke dejó muy clara su posición ante este tipo de discursos. Su toma de postura era y sigue siendo evidente, tanto como su abierto rechazo a la pereza intelectual cultivada por ese cine de género en el que las convenciones se repiten una y otra vez y el cine se reduce a pura representación.

Bastaría evocar el contenido de títulos como Benny´s Video y Funny Games para ratificar los parámetros de este activista que no duda en presentarse como un cineasta que pese a todo confía en la respuesta del público. "Si creyera que no hay solución alguna para el ser humano, haría comedias"- ha declarado en alguna ocasión para rechazar toda insinuación sobre su supuesta desesperanza y pesimismo. Y ciertamente no hay por qué dudar de su palabra. Especialmente porque vista ahora que caen premios sobre él, podría olvidarse el tiempo aquel en el que los espectadores se salían en desbandada de sus películas con algunos críticos a la cabeza (des)calificando obras como Funny Games de cine tremendista, algo así como una especie de cine gore a la europea. ¿Cabe mayor ceguera?

"Su propuesta afirma lo que niega, es decir, si por un lado llama al espectador a desengancharse de la farsa fílmica, por el otro trata por todos los medios de seducirle, de arrebatarle en la angustiosa maquinaria que despliega y en ese sentido, vuelve a coincidir con von Trier"


En otros casos, a la vista del éxito de su último filme, se ha insistido en que con Caché (Escondido) regresaba el Haneke inspirado y riguroso, como si su anterior película, El tiempo del lobo ―un desolador recorrido por la Europa del fin del mundo en el que se proyectan ecos que provienen de autores que van desde Bergman a Saramago, de Buñuel a Pasolini siempre presentes en él―, hubiera sido una entrega fallida. Sea como fuere, lo cierto es que Haneke y su cine provoca e inquieta, levanta adhesiones e irrita y lo grave es que bajo una u otra premisa, parece perderse la posibilidad de leer su propuesta con cierta calma. Y sin embargo hace falta distancia y templanza para enfrentarse a obras como Escondido.

Escondido... ¿de qué o de quién? o más afinadamente todavía ¿a qué se refiere el título de su última película? Armado del ideario brechtiano, en esto curiosamente coincide con Lars von Trier ―es significativo que dos de los más destacados cineastas europeos rescaten en estos momentos la mirada del autor de Horror y miseria del Tercer Reich― Haneke es antes que nada un excelente manipulador de la imagen. Sólo alguien que domina la puesta en escena, la interpretación de actores y el ritmo fílmico puede aplicarse con tanto afán en desmontarlo todo aún a riesgo de cargarse su propia propuesta. Lo que más fascina en Haneke es esa autoridad con la que desprecia los trucos del oficio, esa suficiencia con la que no duda en retorcer los códigos convencionales sabiendo que pese a todo ello, la fuerza de las situaciones que conforma y los personajes que crea hacen que el espectador vuelva una y otra vez a permanecer atento a la pantalla.

Hace falta algo más que arrogancia y vanidad para ofrecer esos largos planos fijos en los que, en apariencia, apenas sucede algo. Ciertamente su cine nace de una meditada y calculada manipulación narrativa. Su propuesta afirma lo que niega, es decir, si por un lado llama al espectador a desengancharse de la farsa fílmica, por el otro trata por todos los medios de seducirle, de arrebatarle en la angustiosa maquinaria que despliega y en ese sentido, vuelve a coincidir con von Trier. En ambos, su proceder entrelaza cierto cinismo con bastante mala uva. Se diría que les complace agitar, zarandear e incitar al público. No es de extrañar que a algunos les provoque tanto rechazo. Sin duda ambos se dedican a hurgar heridas abiertas con un gesto retador que pisotea las ventajas de mostrar humildad, aunque sea falsa como acontece con la mayoría de los famosos cineastas.

Así Escondido habla de lo que siempre hablan las películas de Haneke: de la desorientación del ser humano contemporáneo, de los representantes de esa clase media europea acosados por una mala conciencia. Nuevamente la familia es objeto y sujeto, verdugo y víctima. Como en Código desconocido, Haneke presta atención a los emigrantes, a los otros, a los que viven al lado de los de casa. Como en La pianista asistimos al proceso de degradación de sus personajes, a ese descenso hacia la autonegación. Y como en Benny´s Video y Funny Games, Haneke no aclara lo que presenta.

"Escondido provoca una dolorosa paradoja. La de ver cómo la mayoría de sus espectadores gastan más tiempo, curiosidad y ganas en dilucidar quién manda las cintas de vídeo y por qué, que en analizar ese gesto narcotizante por el que el protagonista cobarde decide dormir para apaciguar su con(s)ciencia ajeno a lo que acontece en el exterior"


Se han escuchado voces molestas porque, a su entender, todo el artificio de suspense que pone en marcha el contenido narrativo de Escondido no se resuelve. Como si alguna vez Haneke se hubiera tomado la molestia de hacerlo. Ésa es una incoherencia que no se permite. Si lo hiciera, dejaría abandonada su verdadera intención y ésta, ya se ha dicho, consiste en provocar el sentido crítico de quien observa. Haneke entiende que origina más conmoción un vecino suicida que las decenas de víctimas diarias que las pantallas de televisión muestran desde Bagdad.

Y entiende más. Entiende por ejemplo, que su Escondido provoca una dolorosa paradoja. La de ver cómo la mayoría de sus espectadores gastan más tiempo, curiosidad y ganas en dilucidar quién manda las cintas de vídeo y por qué, que en analizar ese gesto narcotizante por el que el protagonista cobarde decide dormir para apaciguar su con(s)ciencia ajeno a lo que acontece en el exterior, aunque su propio hijo ―¿esperanza del padre que también él es?― pueda llegar allí donde él no se atrevió nunca.

En algún modo el inesperado y masivo éxito de Haneke y la decepcionante incapacidad de lectura de muchos de quienes ven el filme, redunda en la idea de que este alemán que se refugia en Austria y dirige cine en Francia fracasa película tras película en su intento por devolver al público esa sensibilidad anestesiada. De este modo, de naufragio en naufragio, con poderosas películas, Haneke triunfa en Europa. Una Europa que sigue sin saber qué es lo que permanece escondido en los fundamentos de su propia historia.

Crítica publicada en el número 5 de Kane3 (febrero 2006)

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