Hace mucho tiempo que no veo Aliens: el regreso (Aliens, James Cameron, 1986), pero lo que sí recuerdo es haber disfrutado mucho con este western espacial, esta especie de Río Bravo donde el sheriff y su pandilla se veían acorralados en su propio fortín por una amenaza exterior tan intangible como físicamente repulsiva. Allí el punto de vista del espectador correspondía a los invasores, a los extranjeros, que vivían la experiencia de ser rechazados de un mundo que no era el suyo. Allí ellos, nuestros héroes, eran las víctimas.
Israel de Francisco
También recuerdo que cuando vi aquella película me preocupaba la manera en la que los aliens y sus acciones eran mostrados: poca o nula comprensión hacia unos seres que debían de actuar así por algún motivo. Nada que ver, entonces, con el cine de John Carpenter, donde terminamos comprendiendo que cualquier forma de vida tiende innatamente a la supervivencia sin observar en ningún momento los códigos morales de sus víctimas en torno al sufrimiento y la eterna diatriba entre el bien y el mal, entendiendo la caza como un reflejo del instinto ajeno a una compasión ejercida desde unos determinadas leyes sociales y culturales realizadas, aprobadas y consumadas en el seno de una comunidad que precisa de la convivencia para la realización de sus objetivos comunes.

En Avatar (2009) Cameron ha cambiado su punto de vista: ahora son los foráneos la amenaza, siendo éstos los "teóricamente buenos" de la mayoría de los relatos exportados desde el imperio USA. El director continúa manteniendo su mirada sobre las víctimas, pero ahora éstas son las invadidas y no los invasores. Hay una mala conciencia en Hollywood que permite la revisión de la Historia norteamericana, cuestionando cierta metodología expeditiva para evangelizar al resto del mundo —o del universo, siguiendo el desarrollo argumental del film que estamos tratando—.
Y hay un claro mensaje que permite obtener la conclusión de que la expansión militarista y cultural de aquel país se cimenta sobre la rentabilidad económica que producen las riquezas que se pretenden, despreciando para ello la flora y la fauna autóctona del territorio a conquistar, rompiendo no sólo el equilibrio natural reinante antes de su advenimiento, sino transformándolo para siempre, dañándolo irreparablemente. Todo ello tan loable... como peligroso en la manera de llevarlo a la pantalla.
Se me antoja de Avatar es el reino perfecto, el ecosistema ideal en el que a Cameron le gustaría vivir: sin contradicciones ni medias tintas que puedan distraer. Los buenos son muy buenos, y los malos peor que terribles. Alguien puede achacar este maniqueísmo a su carácter de fábula, de cuento moral en el que las conclusiones siempre son moralejas, donde incluso la guerra entendida como autodefensa puede ser justificada.
"Poco o nada que argumentar contra unos valores tan ejemplares y esa "nueva necesidad" de Cameron por propagarlos. Pero, ¿lo ha hecho correctamente? ¿Funciona el mundo "real" tal y como lo muestra en su película? ¿Qué lecturas de advertencia podemos sacar de la retórica de Avatar?"
Viendo las escenas de la invasión militar del reino de Pandora me acordaba de otras muy similares, donde los marines norteamericanos desembarcaban en las selvas vietnamitas. "Hemos necesitado toda una vida de guerra para conseguir la paz", dijo Ho Chi Minh al terminar la Guerra de Vietnam. ¿Por fin comprenderán los norteamericanos que aquellos "amarillos" luchaban por su tierra, por su gente, por su paraíso mancillado? ¿Llegarán a observar este reflejo en toda su Historia, cuando asentaron las bases de su territorio sobre la sangre de una población indígena tildada como "salvaje", a la que arrojaron a unas reservas/guetos/campos de concentración, pues resultaban incómodos para la expansión colonial? Todas estas imágenes y sentimientos están, sin duda, reflejados en Avatar.
Proindigenismo, ecologismo, respeto por la espiritualidad... todo ello absolutamente estimable. Todos hoy en día estamos más que de acuerdo. Incluso el presidente de Repsol IPF comulga con estos valores tan en boga, a tenor de la campaña de publicidad que su compañía llevó a cabo en TV durante el 2009: ni en un solo instante se hacía mención a los hidrocarburos de origen fósil que se han encargado de cargarse nuestro planeta y que forman la base de su negocio pero, eso sí, su voluntad de "inventar el futuro" parece enmendar todos sus errores —si es que alguna vez fuera capaz de reconocerlos—. ¿También se le escapará alguna lagrimita al observar ese ecosistema selvático y sus moradores tan dignos en su salvajismo, que en su configuración vital parecen remitir a los indígenas amazónicos expoliados por los intereses pecuniarios de su multinacional? De lo que sí podemos estar seguros es de esa capacidad que Avatar tiene de inventar el futuro.
Poco o nada que argumentar contra unos valores tan ejemplares y esa "nueva necesidad" de Cameron por propagarlos. Pero, ¿lo ha hecho correctamente? ¿Funciona el mundo "real" tal y como lo muestra en su película? ¿Qué lecturas de advertencia podemos sacar de la retórica de Avatar?
Supongo que el problema de negar cierta concienciación está en saber quién es el destinatario de tal proselitismo. Si quien debe recoger el discurso es un público adulto, creo que ya sabemos bastante bien cuáles son los males, los diagnósticos y las recetas. Si pretende mover las conciencias de los empresarios sin escrúpulos y de los militares/belicistas, supongo que el único crimen de James Cameron es el de la ingenuidad. Si este film está destinado a los niños —y no sólo me refiero a aquellos seres de corta edad, sino a todo aquel público de mentalidad infantil, terriblemente abundante en los EE.UU.—, ¿no estará a punto de lograr el efecto contrario al que pretende?
El peligro del maniqueísmo está en que el reflejo no está en consonancia con lo que se pretende proyectar: el mundo no está compuesto por parámetros extremos, entre los cuales no hay matices, medias tintas o contradicciones; los malos no se reconocen a simple vista, pues no siempre van uniformados —ya sea con corbata o con traje de campaña— ni tienen esa cara de hijoputas estreñidos; los buenos no siempre triunfan —más bien al contrario— en su lucha contra el enemigo, y casi nunca tienen la suerte de tener de su lado un as en la manga que proviene de una Naturaleza capaz de enmendar los daños y restablecer el orden natural de las cosas.
¿Cuál es la clave del éxito de una propuesta como Avatar? Sin duda la expectativa de sublimar la experiencia del espectáculo —además de una campaña publicitaria sagaz— tiene mucha de la culpa. Antonio Castro (Mentiras arriesgadas, Cahiers de Cinema - España, nº. 30, enero de 2010, p. 30) denuncia que, por lo general, el espectador medio —y por tal término hemos de señalar aquel que se acerca al cine sin más pretensiones que las del entretenimiento— sale de la sala comentando el carácter de verosimilitud del espectáculo al que acaba de asistir, desterrando cualquier intento de comentar la trascendencia argumental de la película: el cine, por fin, hecho ventana, donde la frontera entre actor y personaje quedará desterrado únicamente a otro tipo de cine —aquel llamado "de autor" y que, con esta nueva tecnología, quedará en peligro de muerte al trasvasarse las financiaciones cinematográficas hacia la rentabilidad de las nuevas sensaciones: Rohmer no ha muerto, se ha suicidado ante la posibilidad de que nadie le vuelva a prestar lápiz y papel—. Pero, ¿es que cabe alguna duda sobre su valor discursivo? ¿Hay alguien con el suficiente coraje de alzar la voz en contra de los valores transmitidos por Avatar o, por el contrario, el espectador tiende irreversiblemente a quedar atrapado por un mensaje al que no se le pueden poner pegas sin correr el riesgo de ser tildado de monstruo?
Tal y como está desarrollado este discurso, en forma de arenga a la rebelión contra unos poderes fácticos desbocados, que van por libre en la consecución de su propio beneficio —esa connivencia entre el ejército y el capital que es la base de la riqueza material de todos aquellos que asistimos a las proyecciones de Avatar y que no sé todavía cómo no nos ha vuelto locos en nuestra propia contradicción— y viendo el panorama ecológico al que indirectamente nos abocamos —se dice muy de pasada que el planeta de origen de los invasores, la Tierra, está agotada, carente de "verde": ¿se refieren a la vegetación... o tal vez a la falta de recursos que proporcionen dólares, también conocidos como "verdes"?—, es imposible no sentirnos al final de la película completamente azules —¿referencia a Braveheart (Mel Gibson, 1995) y sus arengas contra la invasión para mantener la pureza del "buen salvaje"?: hasta en esto Cameron es poco original—.
"Si este film está destinado a los niños —y no sólo me refiero a aquellos seres de corta edad, sino a todo aquel público de mentalidad infantil, terriblemente abundante en los EE.UU.—, ¿no estará a punto de lograr el efecto contrario al que pretende?"
Puede que en Europa todavía persista un cierto espíritu crítico que permita ver con resquemor propuestas como la última película de James Cameron. Pero no dejo de tener miedo, mucho miedo, por las conclusiones que al otro lado del charco, en las entrañas de la bestia, se puedan sacar: allá donde vayan sus marines y no sean repelidos es que estarán actuando de forma noble, respetando a los oriundos de aquellas tierras y sus bellos parajes; allá donde existan los corazones nobles siempre triunfará el bien y el amor; allá donde la Naturaleza lo contemple así, no se dejará expoliar su equilibrio... ¿Cuántos se darán cuenta de que esas cosas sólo pasan en el reino de la fantasía, en el mundo imaginario y virtual de Pandora? En USA ya pueden dormir con la conciencia tranquila, pues estoy convencido —a pocas semanas de la horrenda y kitsch ceremonia— que el Tío Oscar bendecirá sus sueños de redención y reconciliación. Peligroso, muy peligroso.
23/01/2010
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