Cine y Sexo. El Gran Secreto - cine | Kane 3

Cine y Sexo. El Gran Secreto

Por Jesús Palacios

Voy a contaros un secreto. Como todos los grandes secretos, lo es a voces y todo el mundo sabe de qué trata. Pero también como todos los grandes secretos, puede que no sea del todo agradable. El cinéfago (y el cinéfilo también), incluso el mero espectador de cine, es un necrófilo. Quizá el último de los tabúes de la sociedad moderna, el amor a la muerte, más aún, el sexo con los muertos, ha sido roto ya desde el comienzo de la historia del cine. Tuve esta revelación apocalíptica cuando hace más de una década, mientras preparaba mi libro Goremanía, me encontré absolutamente acongojado, contemplando el vídeo Nekromantik 2 de Jörg Buttgereit. Y eso que había visto la uno en pantalla grande. Pero estar solo en casa, frente a una pantalla de televisión, contemplando las repulsivas y fascinantes imágenes pergeñadas por la enfermiza mente de Buttgereit, me hizo sentir presa de una singular incomodidad. Tenía la impresión de que, de golpe y porrazo, la policía iba a entrar tirando la puerta de mi casa y llevándome detenido. Sentía que estaba cometiendo un acto sacrílego, ilegal y prácticamente criminal. Naturalmente, solo estaba viendo una película. ¿Solo?

Lo cierto es que la necrofilia psicopatológica que retrata Buttgereit en sus dos más famosos filmes (una extensión más intelectualizada de la misma puede verse en El rey de la muerte) no me atrae en absoluto. Es decir: los cuerpos corruptos no me excitan sexualmente. Pero mientras algo que en el plano de la realidad material me habría hecho retirarme asqueado, sin poder superar mi repugnancia física, plasmado en la pantalla podía llegar a fascinarme, a capturarme. De ahí partió una reflexión no por simple, menos oscura: ¿No están muertas prácticamente todas las grandes estrellas de Hollywood que admiramos, glorificamos e incluso deseamos? ¿No son cadáveres exquisitos la Garbo, Audrey Hepburn, Marilyn, Jayne Mansfield y tantas otras? ¿No lo están Valentino, Cary Grant, James Dean o Brando? De forma más siniestra todavía, las estrellas que hoy envejecen, siguen, como plagios invertidos de Dorian Gray, perfectamente jóvenes y deseables en el celuloide de su juventud. Mientras vemos a una avejentada y regordeta Elizabeth Taylor recoger algún premio de homenaje, podemos ver su cuerpo sensual, tan excitante como siempre, en De repente, el último verano o en Reflejos en un ojo dorado. Qué extraña sensación para el espectador… ¡Y qué extraña para la propia actriz!

"Todo el cine es pornográfico en cierta medida, como lo es el arte. Es un abuso de los sentidos, una hipertrofia de la visión y del deseo. Pero además, es necrofilia sin hedor a muerte"

Existe un registro menos patológico de la necrofilia que, probablemente, se pueda aplicar a casi todo el sexo masculino. El miedo al rechazo, a la sumisión en el temido vientre materno freudiano, conlleva una segura admiración y posesión del cuerpo femenino a través de su representación. Nos apropiamos del placer sexual que despierta el cuerpo femenino, sin necesidad de sufrir sus exigencias, físicas y psicológicas, mirando. Es un disfrute muy parecido a la sumisión absoluta del cuerpo cadáver, que busca y excita al necrófilo. Las mujeres dormidas, paralizadas, muertas, pero hermosas aún, son objeto universal del deseo masculino. La vampira en su ataúd, rebosante y sonrosada. La modelo deslumbrante como un maniquí androide programado para la exhibición de sus formas. La amada inmóvil del poeta Amado Nervo… Todas las actrices y actores, impresos en celuloide, grabados analógica o digitalmente, se ofrecen a nosotros sin exigencia alguna. Todo el cine pornográfico es un gran baile de los muertos vivientes, que se pliega a nuestros caprichos, como un cuerpo muerto, proporcionándonos placer sexual (por vicario que sea). En el cine, como en ningún otro medio, las barreras entre vida y muerte se borran, se diluyen. Y armados con el mando a distancia de nuestro sofisticado home cinema DVD podemos detener, literalmente congelar, ese gesto, esa pose, esa postura… Acercarnos con el zoom hasta el seno, hasta los ojos, hasta las caderas, el pubis o el miembro de nuestro luminoso objeto de deseo. Carne bidimensional congelada, paralizada, muerta.

Todo el cine es pornográfico en cierta medida, como lo es el arte. Es un abuso de los sentidos, una hipertrofia de la visión y del deseo. Pero además, es necrofilia sin hedor a muerte. Lujosa y lujosamente empaquetada en imágenes digitales pluscuamperfectas. Amamos, deseamos y gozamos de esos divinos cadáveres embalsamados en celuloide metafórico, conservados en el mausoleo de las imágenes eternas. Nos obedecen, retroceden marcha atrás, se paran, repiten una y otra vez su gesto más hermoso solo para nuestros ojos. Ojos hambrientos, fascistas, necrófilos, que aman la vida en la muerte y la muerte en vida de las imágenes. Al final de Nekromantik 2, la protagonista conseguía su sueño: Dar a luz el hijo de un padre muerto, germinar con el semen de un cadáver.

El sueño íntimo del espectador quizá sea dar a luz, algún día futuro y virtual, un hijo de su actriz o actor favorito, engendrado en la plenitud de su película, de su secuencia, de su plano favorito.

Artículo publicado en el número 11 de KANE 3 (septiembre - octubre 2006)

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