Cine y Sexo. Un problema de fronteras - cine | Kane 3

Cine y Sexo. Un problema de fronteras

La historia del sexo en el cine puede contemplarse como una lucha constante, la que han mantenido, de un lado, los obstinados en ensanchar sus cauces de representación en la pantalla, y de otro, los empeñados en oponer todo tipo de trabas y censuras a cada nuevo avance. Es una historia cuyos principales jalones, sobradamente estudiados en monografías y volúmenes enciclopédicos, han quedado simbolizados en una larga serie de títulos que bien podría comenzar con la peliculita The Kiss, de 1896, que causó un tremendo alboroto por atreverse a mostrar a una pareja besándose, y acabar, en lo que al siglo XX se refiere, con Baise-moi (Fóllame), que fue, en Francia, el escándalo cinematográfico del año 2000.


Emmanuelle (Just Jaeckin, 1974)
Emmanuelle (Just Jaeckin, 1974)

Por Francisco Moreno

Algunos de esos títulos no han perdido con el tiempo su carácter perturbador, y los hay también que, en su totalidad o por alguna escena determinada, han pasado a formar parte del imaginario colectivo. Y hay otros, definitivamente superados, que cumplieron en su momento su papel innovador, pero que necesitan, para el espectador actual, una aclaración de los motivos que les hicieron ser transgresores. Un ejemplo: ¿Quién sospecharía viendo con ojos inocentes el filme Les amants (naturalmente, prohibido en España, y nunca estrenado después comercialmente) que la causa del tremendo alboroto que provocó, y que llegó hasta una expresa condena del Vaticano, fue la de atreverse a mostrar signos inequívocos de placer en el rostro de una mujer durante una relación sexual? Y es que, en la lucha a la que aludíamos al comienzo, ha habido que superar a veces obstáculos que hoy resultan inconcebibles...

Lunas de hiel (Roman Polanski, 1992)
Lunas de hiel (Roman Polanski, 1992)

Frente a décadas de casi absoluto inmovilismo hubo otras, como la de los 70, en las que los avances se sucedieron con pasmosa rapidez: Es la década de El último tango en París y de Emmanuelle, de Saló y de El imperio de los sentidos, de La última mujer y de Historia de O, de Delicias turcas, La bestia y Portero de noche, de las primeras cintas pornográficas, con Garganta profunda y El diablo en la señorita Jones a la cabeza, que salen del anonimato y conectan con un gran número de espectadores (fenómeno que en España se produciría con 10 años de retraso).

En los 80 y 90, pese a producirse una cierta reacción ante la licenciosa década anterior, se amplió el registro temático de la sexualidad, hasta acabar prácticamente con la nómina de tabúes pendientes de un tratamiento que hasta entonces apenas había sobrepasado la insinuación (tabúes supremos, como la pedofilia y el incesto, incluidos). También se otorgó carta de normalidad a asuntos, como la homosexualidad, el adulterio, la sexualidad juvenil o la prostitución, hasta entonces abordados como problemas, cuando no como lacras. Se exploraron los paraísos, pero también los infiernos inherentes al sexo, en películas tan definitivamente adultas como Lunas de hiel, Crash o Las noches salvajes.

"Algunos teóricos se atrevieron a vaticinar para el nuevo milenio la llegada de un cine erótico absoluto y, al hacerlo, pusieron sus ojos en el género porno"

Instinto básico (Paul Verhoeven, 1992)
Instinto básico (Paul Verhoeven, 1992)

Y se amplificó, de cara al gran público, esto es, a través de productos de difusión masiva, el arco de posibilidades que contiene el mundo de la sexualidad. Sirvan como muestra, la gama de juegos eróticos ribeteados de sadomasoquismo en los que es iniciada la protagonista de Nueve semanas y media (ejemplo de película detestada por los conocedores del tema, pero que causó, por su novedad, impacto en las plateas) o las prácticas de alto riesgo propagadas por Instinto básico, quizá la película que mejor ha sabido plasmar, sin circunloquios intelectuales, un concepto de placer erótico absoluto: El que proporciona la combinación de una gran excitación sexual con la corriente adrenalínica que provoca la duda de si tu próximo orgasmo coincidirá con tu último estertor.

Animados, quizá, por esta laboriosa cadena de conquistas, algunos teóricos se atrevieron a vaticinar para el nuevo milenio la llegada de un cine erótico absoluto y, al hacerlo, pusieron sus ojos en el género porno, pues ese cine soñado nacería mediante el procedimiento de añadir a la permisividad propia del hard core, la creatividad en materia sensual y lujuriosa que acreditan algunas películas no pornográficas. Y, no se sabe si alentados por estas teorías, ha habido cineastas que, a caballo entre los dos siglos, han querido aventurar algunos intentos en este nuevo territorio fronterizo, dando ocasión con ello a las, por ahora, últimas batallas entre censura y libertad de expresión. Sus películas han sido muy dispares, como también sus intenciones, pero la receta empleada ha sido la misma en todos los casos: Injertar escenas, a veces simples momentos, de sexo explícito en películas de tipo convencional.

Historia de O (Just Jaeckin, 1975)
Historia de O (Just Jaeckin, 1975)

Curiosamente, ninguna de estas películas ha sido un éxito de taquilla y eso puede inducir a la conclusión de que la fórmula está equivocada. Aunque cabe también pensar que tal vez el error no haya estado en la fórmula sino en otras deficiencias de cada producto en cuestión. Examinemos los ensayos de estas características que han llegado a las pantallas españolas:

Los idiotas, de Lars von Trier (1998), es un filme decididamente minoritario. Las escenas de sexo real apenas son perceptibles en medio del enloquecido carrusel de cámara en mano en que se asienta su puesta en escena. Y, por supuesto, la cinta en ningún momento pretende ser erótica; de hecho, pudo estrenarse sin ningún problema.

Romance X, de la francesa Catherine Breillat (1998), se presentó como el escándalo del año, pero no hubo más que comprobar su paso por la cartelera española, con más pena que gloria y sin suscitar la menor polémica, para certificar su fracaso como obra pretendidamente transgresora. Mostraba, sí, numerosos planos propios del hard core y hasta contaba en un breve papel con la presencia del número uno del género, Rocco Siffredi (quien acredita sus dotes de hombre-viagra aguantando a plano fijo, enhiesto el instrumento, una cloroformizante y pretenciosa cháchara de su partenaire).

Pero el substrato del film era tan pedante, que la única idea poderosa que transmitía era la de que el sexo (filmado además de una manera fría y distanciadora, diríamos que antiexcitante) es algo mortalmente aburrido.

Baise-moi (Fóllame) (2000), de las asimismo francesas Virginie Despentes y Coralie Trinh Thi, es un bodrio sin paliativos, de pésima factura y nulo interés, del que sólo merece destacar una astuta labor de marketing que consiguió colar la etiqueta de obra rompedora a un subproducto que rozaba el más elemental amateurismo. Añadamos la muy sabida constatación de que el sexo suele ser un territorio al que acuden por sistema muchos incapaces que sólo ven en él sus posibilidades comerciales.

9 songs (Michael Winterbottom, 2004)
9 songs (Michael Winterbottom, 2004)

Intimidad, de Patrice Chéreau (2001), tiene rasgos interesantes pero resulta en conjunto insoportablemente pretenciosa; se trata, en cualquier caso, de un film destinado a muy selectas minorías. Los artistas franceses, con su habitual carga metafísica siempre que se ponen a hablar de sexo, son únicos a la hora de hacer que la actividad más gozosa que existe parezca una abrumadora y plomiza carga.

9 songs, de Michael Winterbottom (2004), es, por último, de una simpleza que raya en la tontuna, una especie de mal documental sobre rock y apareamiento incapaz de suscitar tensión (sexual o de cualquier otra clase) alguna. La inanidad argumental del film es tal, que el espectador permanece la proyección entera ignorándolo todo acerca de unos personajes que se limitan a cumplir, escena tras escena, el protocolo de cualquier cinta X, aunque en versión notablemente light. Winterbottom, como los fabricantes de cine porno, desdeña, en definitiva, el potencial del relato y la puesta en escena como elementos decisivos a la hora de impulsar un auténtico erotismo.

"La búsqueda de los fantasmas sexuales de la época actual (sí los hay y son específicos) y su exposición a la luz puede ser otro camino"

El imperio de los sentidos (Nagisha Oshima, 1976)
El imperio de los sentidos (Nagisha Oshima, 1976)

Párrafo aparte, por su carácter de obra única, merece El imperio de los sentidos, de Nagisha Oshima (1976), pionero en estas prácticas y ejemplo palmario de que algunas historias de erotismo pasional sólo pueden entenderse en toda su plenitud si el sexo es efectivamente mostrado, a la par que vivido, por unos actores entregados a la causa. Obra aislada y excepcional, no ha tenido sucesores en ningún ámbito. Y ninguna otra aproximación al hard core por parte del cine convencional ha superado, por ahora, los resultados de esta historia de pasión al límite, de amor fou y sexo no menos loco, llevada a sus últimos extremos.

En la actualidad, superado ya el primer lustro del nuevo milenio, el erotismo cinematográfico parece atravesar por un período de estancamiento. Los últimos avances, ya lo hemos visto, han resultado fallidos. Y frente a estos casos aislados, la tendencia general revela, además de un notable estancamiento, de una evidente pérdida de capacidad para motivar, sorprender o transgredir, un rebrote de pudibundez que dura ya algunos años. Pudibundez en lo que a la imagen se refiere, que no a los diálogos: Puestos a hablar de sexo, los personajes de las ficciones actuales no conocen barreras ni tienen nada que envidiar a la más impúdica novela especializada. Es como si, a falta de pornografía, las ficciones que tratan de sexo quisieran reivindicar un nuevo género, que bien podría llamarse pornología. Lástima que a guionistas, directores, actores y actrices se les vaya toda la fuerza por la boca...

El último tango en París (Bernardo Bertolucci, 1972)
El último tango en París (Bertolucci, 1972)

En este punto, cabe preguntarse: ¿Cuál será el próximo avance del cine en los terrenos sexual y erótico? ¿Y el próximo escándalo, será debido a una auténtica transgresión o a una calculada operación publicitaria? ¿Quizá se ha tocado ya techo, tanto en lo decible como en lo mostrable? ¿Será quizá el cine X el que se acerque al cine convencional y no al revés?

A menudo, la pantalla ha sido un reflejo de los problemas e inquietudes que, en materia de sexo y erotismo, vivía la sociedad de cada momento. Pero también ha sido, no conviene olvidarlo, una referencia, una guía, una influyente creadora de estereotipos, modas y comportamientos que, en un alto porcentaje, se alejan bastante de la realidad.


Sería cosa propia de otro artículo señalar algunas de las múltiples falsedades a las que innumerables escenas de sexo han acabado por dar estatuto de normalidad. Pero parece claro que un extraterrestre que estudiara la sexualidad terrícola a través de las películas llegaría a conclusiones como que la penetración es casi la única forma de sexo posible, y, sin duda, la única cien por cien satisfactoria (cuando se sabe que son muy pocas las mujeres que alcanzan el orgasmo mediante esa práctica y que el ser humano tiene la capacidad de obtener placer de casi infinitas formas); que los preámbulos al acto sexual son cosa propia de personas poco ardientes, pues el coito arrebatado y pasional, que es el bueno, siempre prescinde de ellos; que no hay encuentro sexual que pueda calificarse de apasionado o abrasador si la pareja no obtiene el beneficio de un orgasmo simultáneo y en tiempo récord...

Portero de noche (Liliana Cavan, 1974)
Portero de noche (Liliana Cavan, 1974)

Dejémoslo aquí. Valga lo expuesto para sugerir como posibilidad la de un cine erótico que muestre el sexo tal y como es. Quién sabe, quizá la experiencia depare más de una sorpresa. La búsqueda de los fantasmas sexuales de la época actual (sí los hay y son específicos) y su exposición a la luz puede ser otro camino.

Cualquier cineasta que decida alejarse de la rutina, la codificación y el tópico tendrá, en todo caso, mucho terreno ganado.

Artículo publicado en el número 11 de Kane3 (septiembre - octubre 2006)

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