Isabel Gardela (El dominio de los sentidos, Tomándote) dirige e interpreta su último trabajo en el que, a modo de diario audiovisual, se retrata como persona y artista; una personal mirada sobre su propia vida, su mundo y su entorno.
Realidad y ficción se solapan. La directora utiliza la cámara para examinarse, mimarse y desnudarse física, mental y emocionalmente. Una innovadora apuesta en la que a lo largo de cuatro años, Isabel Gardela desvela pedacitos de su vida en un ejercicio de autoanálisis.
Un proceso en el que afloran sus miedos, dudas, debilidades, complejos y alegrías sin ningún pudor delante de la cámara.

Nuria Dufour
Están a punto de cumplirse diez años desde que el término telerealidad revolucionara el espacio televisivo. Los responsables de tal vocablo han extendido sus desmedidas redes por las programaciones de medio mundo, convirtiéndose en formatos cada vez menos reales y perdiendo, edición tras edición, cualquier atisbo de creatividad hacia sus leales, aunque mermadas audiencias. A propósito de ello y al margen de que se agradezca asistir a la proyección de apuestas audiovisuales atrevidas que huyan de lo convencional para abordar diferentes maneras de filmar la narración de unas historias, a priori seductoras, el cine se empeña en querer nutrirse de nada y la televisión se está convirtiendo en la fuente inagotable de esa falta de contenido. Esta reflexión sobre el influjo hipnótico de los rayos catódicos viene a argumentar el visionado de un curioso ejercicio de desproporcionada egolatría, cuyo atractivo, que seguro lo tuvo en su planteamiento, se ha debido de diluir entre tanta dosis de egocentrismo, una práctica que las cadenas repiten e imitan sin mesura.

Cuatro años transcurren en Collage desde la primera secuencia hasta la última y entre medias, el deseo de la autora de ser madre. Un contenido estructurado de manera monocorde en tres capítulos de obsceno exhibicionismo (si hubiera sido uno tampoco habría pasado nada): "1. disfruto del amor y quiero tener un hijo de él", "2. pierdo el rumbo y busco semen" y "3. él duda de su paternidad". A los 38 años, edad de la directora cuando decide comprarse una cámara digital y empezar a grabar su rutina, harta de buscar financiación para la que sería su tercera película (en 1996, El dominio de los sentidos. El olfato; en 2000, Tomándote), la alarma del recurrente reloj biológico ha empezado a sonar y aunque Gardela se nos presenta con una relación de visible estabilidad, los deseos de Ernest no son los de ella.
"Un conjunto desordenado de planos difusos y situaciones apresuradas a modo de composición visual que para la que escribe estas líneas le resulta del todo inabordable"
Introducido el personaje, abordemos el conflicto.
Discusiones de pareja, búsqueda de posibles candidatos a padre de la criatura, reuniones con amigos de él, el 11-S, más discusiones, Bin Laden, Gran Hermano, la hermana de la protagonista, el sobrino de la protagonista, la abuela nonagenaria de la protagonista, Bush, quiero un hijo, ruptura, pero seguimos viviendo juntos, Crónicas Marcianas, cena de fin de año sola, la novia de mi ex, la guerra de Irak, volvemos a discutir, cena de fin de año con amigos de ella, manifestaciones contra la guerra, el 11-M, desmadre personal, sexo explícito, reconciliación, el 50 aniversario de la histórica Sala Bikini, Els Comediants, películas de súper 8 de la directora adolescente y citas, una retahíla de citas sobreimpresas a modo de fundamentos de las personalidades más variadas (Chillida, Luther King, Elliot Gould, Rafael Argullol, Marcel Pagnol, Chavela Vargas, Saint-Exupéry...) se intercalan entre las imágenes de ella, omnipresente, vestida, desnuda, contenta, enfadada, de frente, de espaldas, tumbada, sentada, riendo, llorando,... más sexo explícito...

Y Barcelona y la isla de la Palma, desde la ventanilla de un coche, y la pantalla del ordenador y el apartamento de paredes desconchadas y el mendigo de la esquina,... hasta que el soñado parto cierra, noventa y tantos minutos después, un conjunto desordenado de planos difusos y situaciones apresuradas a modo de composición visual que para la que escribe estas líneas le resulta del todo inabordable.
Me pregunto qué es lo que ha podido llevar a Isabel Gardela, la directora y protagonista de tamaña oda a la vanidad, a exhibir este show-diario visual, una experiencia íntima realmente osada, más allá del ámbito doméstico, dotándolo de una naturalidad que fuerza en exceso, cuando podría haber quedado para uso y disfrute de ella misma y quizá, tal vez, del de alguno de los que allí aparecen, aunque por lo intuido de sus reacciones, a más de dos no ha debido gustarle saberse personaje de tan personal e impúdico artificio.
01/09/2008
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