1992. El empresario Iñaki Larrea (Ramón Barea) es liberado tras pasar nueve meses secuestrado en un minúsculo zulo. Al poco tiempo de volver a casa, Larrea descubre en la televisión una noticia que le conmueve: un cosmonauta permanece "olvidado" en la estación espacial MIR, sin país al que regresar, porque el suyo (la Unión
Soviética) ha desaparecido.
El empresario se cree en la obligación de hacer todo lo posible para que ese cosmonauta regrese a la Tierra cuanto antes. Por otra parte, Euriane (Oihana Maritorena) -una joven camarera que vive en la misma ciudad que Larrea- comienza a sentir que es vigilada.
Euriane e Iñaki no se conocen. Sin embargo, tienen muchas cosas en común...
| Oihana Maritorena | Euriane |
| Xabier Elorriaga | Javier Uranga |
| Ramón Barea | Iñaki Larrea |
| Klara Badiola | Carmen |
| Arkaitz Gartziandia | Josu |
| Montse Mostaza | Ana |
| Dirección y guión | Diego Fandos |
| Producción | José María Lara |
| Fotografía | Javier Aguirre |
| Montaje | Julia Juaniz |
| Música | Javi P3Z |
| Dirección de producción | Marian Fernández Pascal |
| Sonido directo | Xanti Salvador |

El desconcierto sufrido a raíz de la descomposición de la Unión Soviética en la Navidad de 1991 y su disolución en 15 estados independientes, provocó muchas incógnitas. Y entre tanta confusión, Moscú difundía en la primavera del año siguiente la noticia de que Serguéi Krikaliov y Alexander Vólkov, los últimos astronautas de la extinta URSS, regresarían por fin a la Tierra. La insólita situación vivida por la pareja de cosmonautas, que llevaba deambulando por el espacio varios meses a bordo de la estación espacial MIR a la espera de que algún organismo se hiciera cargo de su regreso, sirvió de inspiración, hace ahora 11 años, al realizador navarro Diego Fandos, para construir el guión de la que sería su primera película.

Partiendo de una situación tan caótica como surrealista, Cosmos intenta contar al mismo tiempo varias historias yuxtapuestas, hasta el punto de atropellarlas. En ellas, el encierro, interior y exterior, de tres personajes perdidos (en los universos que para cada uno su autor ha forzado sin rigor expositivo) se mezcla con la confusión de otros conceptos que, emulando a los astronautas desterrados, pululan sin rumbo por el espacio de la abstracción dramática.
Y ahí es donde el guión resbala, empeñándose en fijar paralelismos imposibles de digerir, entre la realidad de unos cosmonautas (en la película se hace referencia sólo a uno de ellos), en terreno de nadie, y la supuesta materialidad de unos personajes incomunicados entre sí, en tierra de todos. La falta de concreción a la hora de abordar cada una de las tramas (y tiene unas cuantas) impide un desarrollo argumental claro y termina convirtiendo el relato en un ejercicio visual y narrativo tan pretencioso y confuso como el desasosiego que padecen los tres protagonistas por encontrar su lugar en un mundo de plastilinas.
"La película explota los silencios, unos silencios místicos que se quedan en la anécdota, lo que no permite a las tramas arrancar, dando la sensación de que avanzan con el pie puesto en el freno durante todo el metraje"

La acción de Cosmos se ubica en la ciudad de San Sebastián y arranca con un secuestro. El del empresario Iñaki Larrea (Ramón Barea). Pero cuando, tras unas primeras imágenes de logrado efectismo, parece que el asunto va a encaminarse por una dirección, ésta cambia radicalmente su sentido. El secuestrado es liberado en medio de ninguna parte nueve meses después de su cautiverio, justo el día en que se conoce la noticia del cosmonauta ruso que permanece preso en el espacio sin país al que retornar porque el suyo, el destino es así de espontáneo, ha dejado de existir.
A partir de aquí, otra serie de casualidades deslavazadas en torno a un guión que no está al servicio de la(s) historia(s), sino al provecho del que la(s) ideó, y entonces aparecen embutidos en la trama que se podría considerar principal, los otros dos vértices del triángulo existencialista. Por un lado, el personaje de Javier Uranga (Xabier Elorriaga), el portavoz y cuñado del empresario, un hombre de prudente elegancia, ex misionero jesuita, con un pasado enquistado en su memoria, y por el otro, el de Euriane (Oihana Maritorena), una joven camarera con manía persecutoria, aislada en su propio extravío. Entre ella y el ex cura se establece una relación que si se hubiera abordado de una manera menos borrosa y más abierta, podría haber resultado hasta creíble, pero el guión no les ha dejado expresarla, a pesar de lo mucho que aporta la honrada interpretación de Xabier Elorriaga, en la piel de un personaje tan desdibujado como el resto de sujetos y circunstancias que le acompañan.

La película explota los silencios, unos silencios místicos que se quedan en la anécdota, lo que no permite a las tramas arrancar, dando la sensación de que avanzan con el pie puesto en el freno durante todo el metraje. Y alrededor del trío protagonista, otros personajes aparecen y desaparecen caprichosamente, casi al margen del suceso. El guión abusa de diálogos y situaciones bastante artificiales que, justamente por esa falta de precisión a la que aludíamos antes, terminan echando al espectador de la sala. De nuevo, otra ópera prima disgregada en torno a una idea que se esboza con más alarde que resultado y se esfuma por cincunloquios innecesarios. Una pena porque había tela que cortar.
Nuria Dufour
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