Dice un viejo dicho que circula por la profesión que el teatro es el reino del actor, la televisión del guionista y el cine del director. Algunas de las películas presentadas en el último festival de Sitges no sólo confirman esta teoría sino que abogan por un cine casi exclusivamente de director en el cual lo que tradicionalmente se ha entendido como historia se reduce al mínimo.

By Nacho Cabana
Ya comentábamos este fenómeno al principio del festival a propósito de Hierro de Gabe Ibáñez, pero ha habido nuevas incorporaciones a tan inquietante fenómeno para el futuro del escritor cinematográfico con intenciones de tener continuidad en el medio.

Enter The Void de Gaspar Noé, que ganó el premio a la Mejor Fotografía y el Premio Especial del Jurado, dura dos horas y tres cuartos y su historia cabe en dos folios y tres cuartos. Al lado de Enter The Void, Irreversible, la anterior película de Noé, es una cinta comercial llena de concesiones a la galería. Su director está convencido de que el mundo le necesita y rueda como si de cada una de sus decisiones creativas dependiera el futuro no sólo de su película o de su carrera sino la evolución de la narrativa cinematográfica en las próximas décadas. Por si esto fuera poco, cada quince o veinte minutos intenta revolver el estómago del espectador bien pensante por lo que asistimos a genialidades como un plano de un pene entrando dentro de una vagina y descargando su munición... ¡filmado desde dentro de la propia vagina! Menos mal que la película no es en 3D (hace como 12 años se pusieron de moda unas películas porno con la misma genialidad ocurrentemente llamadas Take a Look Inside).
Un guionista o un productor con autoridad habrían hecho de Enter The Void una película mucho mejor de lo que es.
Pero... ¿Es Enter The Void un horror como, por ejemplo, The Fountain con la que Darren Aronofsky nos castigó hace tres años en este mismo festival? Pues no. A Noé hay que reconocerle un criterio muy claro a la hora de diseñar los planos y los bloques en los que divide su película y ser fiel a esos criterios durante todo el metraje. Si durara 90 minutos su film sería un más que interesante experimento, un largo filmado en su inicio con cámara subjetiva, luego con el cogote del protagonista presente en cada plano (de forma parecida a como Gus Van Sant planificó buena parte de las secuencias de Elephant o el mismo Aronofsky los momentos claves de El Luchador) y finalmente con una cámara aérea que simula el alma del protagonista y sobrevuela decorados y personajes, creando un espacio únicamente cinematográfico en el que Noé pasa de un escenario a otro a través de cañerías, lámparas, quemadores de gas e incluso (jejeje) un feto abortado. Y, cuando de repente en esta estructura introduce los flashbacks que cuentan lo que de historia hay en su película, ésta cobra la fuerza y el interés necesarios como para que el espectador recupere el aliento y no se vaya de la sala antes del final. Y los títulos de crédito son estupendos.

El problema, repito, es que los hallazgos visuales e incluso la prescindible provocación se quedan diluidos en un metraje descontrolado que minimiza secuencias tan brillantes como la cámara pasando de una habitación a otra de un hotel japonés del amor.
Un guionista o un productor con autoridad habrían hecho de Enter The Void una película mucho mejor de lo que es.
Si en Enter The Void la excusa para el ejercicio de estilo es el libro tibetano de los muertos, en Kinatay de Brillante Mendoza, la excusa narrativa que sustituye al guión es lo que Radio Futura enunció magistralmente en una estrofa de su canción Divina: "Hay cosas en la noche que es mejor no ver".

Mendoza empieza su película en plan documental exótico con una boda y una escuela de policía en Manila. En este primer bloque, todo es cotidiano, luminoso y real. Pero cuando anochece, el agente de la ley al que hemos visto casarse y querer a su hijo colabora en el secuestro y descuartizamiento de una prostituta. Y ya. No se cuenta nada más. Al filipino de moda hay que reconocerle que planifica muy bien teniendo en cuenta que filma sustrayendo a unos hechos impactantes toda narración y tensión. Aunque se toma demasiado literalmente lo de "mejor no ver" porque su realista iluminación consigue que todos los personajes se muevan permanentemente en una molesta penumbra en la que apenas se identifican sus rastros. Si el espectador suele tener problemas en las películas orientales para diferenciar a unos personajes de otros, en Kinatay (cinta que ganó los premios a Mejor Director y Mejor Banda sonora en el festival) lo va a pasar muy mal.
En Venganza de Johnny To por lo menos sí parece que pasan cosas aunque lo que ocurre no sea nada más que una excusa para que el director monte una serie de set pieces de acción, algunas más brillantes que otras. En su mínima concatenación de acontecimientos hay sentido del humor y la planificación es tan certera como los disparos de los protagonistas y el rostro machacado de Johnny Hallida. Se da la sensación de que se cuenta algo, pero en realidad cualquier película de la etapa hongkonesa de John Woo narraba muchas más cosas sin ser precisamente Eva al desnudo.
17/10/2009
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