Son tantas y tan apetecibles las películas que se proyectan en el Festival de Sitges que la sensación que pueda tener del certamen un aficionado, por ejemplo, al cine de samuráis y yakuzas no tiene nada que ver con las impresiones de un devoto del cine de vampiros y zombis. Por mi parte, tiendo a elegir películas enfermas que difícilmente lograrán acceder a una distribución comercial normal. En la edición de 2007 fue À L´intérieur; en el 2008, Martyrs... y este año A Serbian Film de Srdjan Spasojevic que deja a las dos anteriores a la altura de Pájaros de papel. Y no es que The Life And Death of a Porno Gang de Mladen Djordjevic ni Les 7 jours du talion de Daniel Grou sean precisamente cintas que hubieran hecho feliz a Emilio Aragón.

Por Nacho Cabana
Srdjan Spasojevic (Serbia) / Oficial Fantàstic Panorama en competición
En el último volumen de su trilogía `Tu rostro mañana´ titulada Veneno y sombra y adiós, Javier Marías hace que uno de sus personajes, Bertram Tupra, jefe de una organización estatal británica y secreta dedicada a averiguar cómo se comportarán las personas en el futuro (como será nuestro rostro mañana) le proyecta a su subordinado y protagonista, Jacobo Deza, una serie de grabaciones reales en las que se muestran todo tipo de atrocidades (violaciones, asesinatos y de ahí para arriba) que el veterano agente guarda en su casa como posible arma que usar contra algunos de los (poderosos) implicados en los delitos filmados cuando le sea necesario o útil. Esas imágenes serán el veneno inoculado en el consciente e inconsciente de Deza que ocasionarán una sombra que a la postre provocará su adiós de la organización para la que lleva años trabajando.
A Serbian Film supone una dramatización de esas grabaciones. Lo que jamás creerías poder ver escenificado en una película. Un constante ir más allá en salvajismo y provocación. El límite de todos los principios morales del ser humano dinamitados y proyectados en una pantalla.
El Veneno.

A Serbian Film es tan consternadora y aborrecible no sólo por lo que muestra sino también porque convierte la acumulación en progresión y a la postre, mediante una pirueta con el tiempo narrativo, en culpa. Milos, un actor porno retirado que vive una vida familiar estable en la que su pasado ha sido asimilado y convertido en parte del ecosistema familiar (es decir, la película comienza mostrando cómo la pornografía ha perdido su poder provocador hasta el punto de ser un elemento más en la educación infantil) recibe una jugosa oferta para regresar al género participando en un film con supuestas pretensiones artísticas del que tendrá que ir descubriendo todo según graba.
Llegados a este punto, el espectador cree que va a ver una variación más o menos salvaje del ya trillado tema "snuff movies" pero pronto se da cuenta de que no (o no exactamente, o no sólo) y la traición a esta expectativa se convierte en el aperitivo de lo que le espera. La inclusión de menores observando los actos sexuales que se graban es el primer peldaño en la escalera del exceso que tiene su insoportable punto de inflexión en una secuencia en la que Vukmir, el director de la misteriosa película pornográfica, le proyecta a Milos (como Tupra a Deza) unas imágenes que nadie debería haber rodado, que nadie debería ver, que no deberían existir. Una proyección que sirve para alinear al protagonista con la audiencia al convertirse ambos en espectadores (y el primero en actante) de las atrocidades que siguen.

A partir de esta proyección se establece un juego alucinatorio en el que Milos visita, una vez que todo ha pasado, los lugares en los que la pesadilla ocurrió al tiempo que se da cuenta (y con él, el espectador) de todo lo que ha sido obligado a hacer. Lo de menos es la justificación de por qué lo hace (el cóctel de drogas) o de cómo comienza a recordar (el robo de las cintas), lo importante es que la orgía de horror asalta y golpea a la vez a él y al espectador. El protagonista es víctima de Vukmir y nosotros de Spasojevic.
O quizás ambos sean el mismo.
Legitimar de alguna manera el carrusel de barbaridades a las que nos somete su responsable es el punto clave que puede convertir A Serbian Film en una obra a considerar o en la masturbación mental de un pervertido peligroso. Para ello, À L´intérieur coqueteaba con la comedia gore con el fin de que nadie se tomara demasiado en serio su espiral de violencia; Martyrs zanjaba con una coartada religioso-fantástico-genérica la hora y media previa de torturas. Srdjan Spasojevic hace suyo el discurso de su álter ego en el relato explicando que Serbia es un país de víctimas que tiene que exportar su dolor para salir adelante. O quizás sean las propias víctimas las que han hecho del sufrimiento la esencia de su identidad nacional y están orgullosas de ello. En sendos momentos de la película, dos mujeres miran con aprobación a sus agresores segundos antes de que se consume la atrocidad de la que están siendo partícipes. Algo así como la última mirada de Bess a cámara antes de su inmolación final en Rompiendo las olas. ¿Estás seguro de que soy una víctima?
"Legitimar de alguna manera el carrusel de barbaridades a las que nos somete su responsable es el punto clave que puede convertir A Serbian Film en una obra a considerar o en la masturbación mental de un pervertido peligroso".

Ya cerca de la conclusión de la película que nos ocupa encontramos una imagen relacionada con un globo ocular (o más bien su ausencia) que aclara lo que estamos viendo al tiempo que se convierte en la versión siglo XXI del ojo rasgado por la navaja de Un perro andaluz con la que compartiría parecido significante metafórico, idéntica intención comentativa. Si Buñuel nos enunciaba en el clásico plano su intención de rasgarnos la mirada, Spasojevic lo que hace en A Serbian Film es (y perdón por la expresión, pero no se me ocurre otra más ajustada) follarse la nuestra.
El director serbio habría culminado con relativo éxito su discurso si hubiera prescindido del epílogo. Ya previamente había introducido antes en el relato un par de detalles (el rótulo inicial con el título de la película, el exagerado vestuario de algún personaje secundario) que inducían a pensar lo que el epílogo confirma: que la película no es más que la gamberrada de alguien que no ha dudado en reventar los límites de lo visible para ser el más travieso del festival.
Pero su veneno crea sombra.
Mladen Djordjevic (Serbia) / Noves Visions-Dark Ficció
Mladen Djordjevic, director de The Life And Death of a Porno Gang intenta también epatar al espectador a partir del exceso pero sin manejar sus materiales ni ordenarlos con la habilidad de su compatriota. Aquí Djordjevic intenta pasarse a cada rato, ser lo más desagradable posible introduciendo imágenes muy fuertes que sin embargo no consiguen perturbar tanto como pretenden al estar dispersas de cualquier forma en un relato que para cuando se torna existencialista ha perdido ya su rigor y con él su eficacia. Se trata de algo así de una versión snuff de Los idiotas de Lars Von Trier que no hace sino confirmar a Serbia como un lugar a evitar en las próximas vacaciones.
Daniel Grou (Canadá) / Oficial Fantàstic Panorama en competición

Mención aparte merece Les 7 jours du talion de Daniel Grou, sin duda la más honesta de las tres películas aquí comentadas. Se trata de una cinta canadiense sobre un padre de familia que captura y se encierra en una cabaña con el violador y asesino de su hija de ocho años durante los siete días del título. Lo que al principio se anuncia como una película de venganza se convierte poco a poco en un descorazonador relato sobre la culpa y la inutilidad (o no) del ojo por ojo.
La violencia no es igual para todas las personas y no todas están preparadas para ejercerla por mucho que el odio te esté comiendo por dentro. Grou le niega a su protagonista tanto la redención como la venganza en un desolador final anunciado por la hermosa metáfora del cadáver de un ciervo que (como el recuerdo de su hija asesinada, como el odio que intenta saciar con la venganza) se niega a desaparecer. Espléndida en su realización, contenida casi siempre y dura cuando tiene que serlo, cuenta con una descomunal interpretación de Claude Legault y un desolador final.
Un dato a la vez revelador y preocupante. En ninguna de las tres películas se salió nadie de la sala aunque probablemente más de uno lo pensamos.
1/11/2010
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