
Los protagonistas de El bosque del luto, la última película de la japonesa Naomi Kawase presentada en la Sección Oficial a concurso de la Semana Internacional de Cine de Valladolid, son seres perdidos y anclados en una tragedia perpetua. Su encuentro es sublime, y la cámara de Kawase traspasa el dolor con un manto místico que les coloca en el cénit de un universo multisensorial y mayestático.
Por Marcos Méndez

Tanto es así que una y otra vez el espectador se encuentra sometido a la tensión extrema que conlleva la condición telúrica de un mundo observado desde la óptica de Terrence Malick y la esencia de los escritos de Martin Heidegger.
Una joven que ha perdido a su hijo y un anciano que continúa enlutado por una mujer que desapareció 33 años atrás son los secundarios de un filme que cuenta con una protagonista de lujo: la Naturaleza expresada en el canto de los pájaros, la exquisita paleta de colores y un trabajo monumental de búsqueda y arreglo de localizaciones que invitan a la reflexión metafísica para superar la desazón de dos personas que deambulan en la culpa y el remordimiento. Kawase, que ya había participado en Valladolid con Suzaku (1997), construye su película en base al silencio y la belleza, muchas veces conceptos indisolubles en su cine. La ovación del público convierte El bosque del luto en favorita a los premios más importantes del festival.

También a concurso se presentó la coproducción austriacogermana Los falsificadores, dirigida por un Stefan Ruzowitzky que ya saboreó la gloria del Premio Fipresci en Seminci hace nueve años con el que era su segundo largometraje, Los herederos. El vienés cuenta ahora la interesantísima historia de Salomón Sorowitsch, principal responsable en la sombra de la Operación Bernhard de falsificación de dinero aliado en el campo de concentración nazi de Sachsenhausen.
Al margen de las esperadas (aunque no por ello menos terribles) escenas de humillación y brutalidad dispensadas por los soldados del Tercer Reich hacia los apocados no-arios en unas imágenes claustrofóbicas y granuladas, Los falsificadores plantea numerosos dilemas morales en torno a la ambigüedad de unos personajes que viven en un combate constante por sobrevivir a costa de mantener (o no) su dignidad y humanidad.

Todo lo contrario a la anodina El último tren a Auschwitz, de Dana Vávrová y Joseph Vilsmaier, con un título que de explícito elimina cualquier sinopsis que un servidor pueda redactar en pocas líneas. Presentado en la sección Punto de Encuentro, este malogrado filme de género (suspense, intriga) no sólo está alargado en exceso: sus estrategias narrativas son poco menos que ridículas (con flashbacks acartonados que nos retraen a las divinas experiencias de los apocados pasajeros) y los detalles de puesta en escena medianamente dignos se deben a cuestiones fotográficas y de producción y no tanto al trabajo (invisible) de unos realizadores que no se han dado cabezazos contra la pared a la hora de situar en uno u otro lado la cámara de cine en el vagón de la muerte. Una indiferencia que corre el peligro de banalizar el Holocausto a pesar de las buenas intenciones de sus responsables.
30/10/2007
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