Recién aterrizados en Valladolid, con las siempre altas expectativas que puede ofrecer un festival de larga trayectoria, las incógnitas residían en comprobar si la dimisión de Juan Carlos Frugone como director del festival hace unos meses podía afectar en el desarrollo de éste, bajo una nueva dirección y con la acordada externalización de numerosos servicios.
Rafael Arias Carrión

El caos ha sido total. Ningún trabajador de la empresa adjudicataria conoce qué es el cine, nadie da una respuesta, todo son balones fuera, hay sesiones en donde se vende más entradas del aforo, desconocen los horarios de venta anticipada, parece ser que la venta por Internet no funciona correctamente, desconocen la existencia de folletos que adelantan la programación del día siguiente, y que siempre han estado presentes en la sesión de la noche, junto con un resumen de lo sucedido durante el día...
Pero vayamos con las películas.
La mujer del anarquista cuenta en clave de melodrama-río, los avatares de un matrimonio durante la guerra civil y su posterior exilio.
Es de esas películas que busca abarcar tanto que no profundiza en apenas nada.
Desigual en aciertos, con interpretaciones plúmbeas en algunas escenas (tanto Juan Diego Botto como María Valverde), con la impresión de que, como extrañamente suele pasar, en este tipo de películas, todos van demasiado limpios, la sensación final es la de que si bien era muy interesante lo que la pareja de directores querían contar (Meter Sehr y Marie Noëlle), no han sabido cómo contarlo.
Los momentos eternos de Maria Larsson, del veterano Jan Troell es una muestra de buen hacer, de oficio, de saber narrar una historia, la de una familia vista desde el punto de vista de la madre, que padece y sufre, los avatares de un marido violento, con las dudas de saber si abandonarlo o no, cuando -hablamos de principio del siglo XX-, era poco menos que imposible.
Lo peor de la película es que parece demasiado nórdica, se parece demasiado a otras películas del mismo director y carece de la fuerza e intensidad de obras de Ingmar Bergman. Lo mejor, el magnífico hacer de la protagonista y el espléndido ritmo interno de la película que produce intensidad cuando así lo requiere sin atosigar nunca.

Una grata sorpresa ha supuesto la de Amy Redford, hija de Robert, La guitarra, que narra la historia de una mujer a la que dan dos meses de vida. No importa el qué cuenta la directora, sino como lo cuenta. La guitarra es un pequeño prodigio de sencillez y de saber crear sentimientos y sensaciones con la cámara que envuelve a una estupenda Saffron Burrows. Hay, además, una modélica puesta en escena y un inteligente juego en donde la idea de ocupar un espacio vacío, de llenarlo de objetos que van a vivir lo que la protagonista tiene mucho de simbólico y de reflexivo. Una sorpresa en el tramo final, una vuelta de tuerca extraña pero apasionante abre a otras lecturas un debut muy prometedor.
Esta noche dormiremos una hora más, pero también trasnocharemos una hora más.
25/10/2008
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