Hace más de 20 años los alienígenas contactaron por primera vez con la tierra convirtiéndose en refugiados. Estos últimos supervivientes de su planeta originario fueron instalados de forma temporal en el Distrito 9 de Sudáfrica.
Ahora el control sobre los extraterrestres ha sido delegado en la Multi-National United (MNU), una compañía privada que lo que le interesa no es el bienestar de los alienígenas sino las formidables ganancias que les podría reportar, en el caso de que pudieran hacerlo funcionar, su impresionante armamento. Hasta el momento no lo han logrado; la activación de las armas requiere ADN alienígena.
La tensión entre los aliens y los humanos llega a un punto crítico cuando un operario de campo, Wikus van der Merwe (Sharlto Copley), contrae un misterioso virus que empieza a transformar su ADN. Wikus de la noche a la mañana se convierte en el hombre más perseguido del mundo.
| Sharlto Copley | Wikus Van De Merwe |
| Nathalie Boltt | Sarah Livingstone |
| David James | Koobus |
| Jason Cope | Christopher Johnson |
| Vanessa Haywood | Tania |
| Dirección | Neill Blomkamp |
| Guión | Neill Blomkamp y Terri Tatchell |
| Producción | Peter Jackson |
| Producción Ejecutiva | Bill Block y Ken Kamins |
| Fotografía | Trent Opaloch |
| Montaje | Julian Clarke |
| Música | Clinton Shorter |
| Diseño de Producción | Philip Ivey |

Nacho Cabana
District 9 parte de una idea literalmente genial, de esas con las que sueña cualquier guionista que tenga que hacerle un pitching al ejecutivo de un gran estudio: una nave espacial se sitúa sobre Johannesburgo durante más de 20 días sin que nada pase. El ejército decide entrar, encontrándose una comunidad de alienígenas desnutridos y al borde de la muerte. El gobierno decide realojarles en un township como se hacía con los negros en los tiempos del apartheid. La convivencia con los demás habitantes del gueto provoca las primeras tensiones sociales.

Lo mejor de District 9 es, precisamente, este planteamiento, no sólo porque la película nace de cambiar el habitual territorio estadounidense de alunizaje alienígena por otro insólito en el cine de ciencia ficción, si no también y sobre todo porque, los extraterrestres que llegan están en un estado de salud precario, como los senegales que llegan a nuestras costas o los inmigrantes procedentes de Zimbabue que se agolpan en las fronteras de Sudáfrica. En este sentido, la secuencia en la que los humanos entran en la nave espacial esperando encontrarse un mundo de luz y color y se encuentran con la penumbra, el hambre y la desesperación de los habitualmente presentados en el cine como "seres superiores" es antológica.
El problema nace en que todo lo anterior supone únicamente diez minutos de película, esto es, su planteamiento. Lo que se cuenta en el resto del metraje es una historia mucho menos interesante y bastante más convencional.
"Estamos a años luz del camino abierto por Brian de Palma en Redacted (2007) o George A. Romero en Diario de los muertos (2007). A pesar de ellos resulta interesante comprobar cómo el cine mainstream asume unos códigos narrativos hasta no hace mucho considerados arriesgados e innovadores"

De esta forma, lo que se adivinaría como el cruce perfecto entre Bad Taste (Peter Jackson, 1987) y Monstruoso (Matt Reeves, 2008) se convierte (lamentablemente) en un émulo del tercer acto de Starship Troopers (Paul Verhoeven, 1997).
A la película le falta, parece mentira, sentido del humor. Tras el arranque, el director confía la comicidad de su producto al personaje humano principal, interpretado por Sharlto Copley, que desde su primera aparición va de gracioso, de alivio cómico destinado a hacer cosquillas a la audiencia. Y los alienígenas pasan a convertirse en un resorte más de un entramado dramático típico de las películas de acción hollywoodiense.
Porque eso y no otra cosa es en lo que acaba convirtiéndose District 9, en un entretenidillo largometraje de tiros para una tarde de domingo y palomitas, a años luz de lo que prometía su arranque y premisa.
El tono de falso documental con el que se abre y se cierra la película es solamente eso, una forma de introducir al espectador en la historia y una forma de cerrarla, pero no tiene mayor trascendencia en el cuerpo principal del relato. En este sentido, estamos a años luz del camino abierto por Brian de Palma en Redacted (2007) o George A. Romero en Diario de los muertos (2007). A pesar de ellos resulta interesante comprobar cómo el cine mainstream asume unos códigos narrativos hasta no hace mucho considerados arriesgados e innovadores.

Si bien es cierto que la idea motriz podría haber dado lugar a una metáfora del apartheid demasiado obvia, lo es también que, ante el folio en blanco y con una premisa tan potente en la cabeza, un creativo debe elegir cuidadosamente qué va a contar, buscar cuál es el fragmento de su historia que más merece ser desarrollado hasta sus últimas consecuencias. Y es en esto en lo que Neill Blomkamp se ha equivocado.
Porque... ¿Cómo es posible tomarse tan en serio una película sobre gambas gigantes?
11/09/2009
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