
El Sevilla Festival de Cine en su cuarta edición no tiende hacia la progresión, sino todo lo contrario. No alcanza la madurez, sino que vuelve a mirar hacia su infancia. Y esta infancia pasada, en sus dos primeras ediciones, contaron con una programación sumamente más madura, coherente y lógica que las dos últimas. Un salto cualitativo al vacío, monotonía y pocos descubrimientos. Con algunas mejoras en el ámbito organizativo frente a la desastrosa edición anterior, asume su mera condición de escaparate de promoción del cine europeo, como manifiesta su palmarés. Por otro lado, el número de asistentes a las proyecciones -algo que siempre ha usado el Festival para hacer hincapié en su éxito- ha bajado con respecto a la edición anterior en 3.000 espectadores menos.

En la Sección Oficial, Gegenüber de Jan Bonny, naufraga en el tratamiento sobre el maltrato doméstico sin conseguir el tono adecuado, perjudicado por la nula capacidad para llevar a imágenes las agresiones físicas. Déjate caer, representación española y tercera película de Jesús Ponce, responsable de la magnífica 15 días contigo, habla de la adolescencia prolongada. Aunque le cuesta mucho coger el tono, consigue sus mejores momentos cuando se vuelve amarga dentro de la comedia que la envuelve. Lástima que al final, opte por la facilidad de los finales felices.
Por su parte, Adama Meshuga, desde Israel (y fueron seis en un festival europeo) ambientada en los años 70, retrata la vida en un kibutz. Aparte de su valor instructivo, poco más podemos sacar de una película farragosa y confusa, que no sabe muy bien hacia donde va. A outra Margem fue lo peor visto en la Sección Oficial. Protagonizada por un tío gay y su sobrino con síndrome de Down entre los que florece una bonita relación afectiva, y no renuncia al tópico y la previsibilidad. Una rara avis en el actual cine portugués, que si por algo se caracteriza, es por su riesgo.

Irina Palm habla del nivel artístico encontrado, siendo una de las mejores de la Sección Oficial, y es que consigue arrancar unas cuantas sonrisas en el espectador, pero no va mucho más allá de explotar la gracia de la ocupación que se busca esta superabuela para salvar la vida de su nieto. Por último, Izgnanie de Andrey Zvyagintsev (El regreso) posee ciertas semejanzas con el último Cronenberg (cine con mafiosos, que no de mafiosos), aunque con montaje tan tramposo que desvirtúa de forma considerable el resultado final de una película que podría haber volado mucho más alto en su disección de las relaciones humanas.
En Europa Europa se pudo ver Ober, película holandesa que indaga en las relaciones autor/obra, con interacción entre los personajes reales y sus creaciones. No pasa de simpática (a veces ni eso), y no llega al talento de Más extraño que la ficción de Marc Forster. Bikur Ha-Tizmoret es una sencilla, agradable y bonita película que apuesta por el entendimiento entre culturas y nos habla de la soledad y la necesidad de afecto. Sin ser nada del otro mundo, se ve con agrado.
Por Manuel Barrero
Una obra maestra ha cruzado la Sección Oficial: La duquesa de Langeais, es la mejor película vista en esta edición y el mejor Rivette desde La bella mentirosa. El tour de force que literalmente encarnan Jeanne Balibar y Guillaume Depardieu pasará a los anales de la historia. La película es una estupenda doblegación de los espacios -y de la Duquesa de Langeais/Antoinette- en una puesta en escena radical de los rituales de la época que Balzac pintó en su novela. Pulsiones amorosas al límite en forma de tablero de ajedrez.

Por su parte, dos películas la siguen de cerca: En Du levande, Roy Andersson se sienta a la mesa de los grandes humoristas europeos para brindarnos una soberbia lección de encuadre y dos gloriosos planos antológicos. Por otro lado, el gran Sokurov en Aleksandra construye una bella película de emociones puras, con reminiscencias a Madre e hijo, pero sobre todo a Confession en lo que tiene de tratado sobre el peso de los cuerpos -basta comparar el de Galina Vishnevskaya junto al resto de soldados-. Un escalón más abajo estaría la última y esperadísima película de Béla Tarr, The Man From London. Se trata de un bello y potente objeto estético que adapta una novela de Simenon, para confluir en un territorio inexplorado, a medio camino como dice el propio Tarr entre "lo eterno y lo cotidiano, lo cósmico y lo realista".
Fuera de juego se encuentra Una chica cortada en dos, donde no hay espacio para lo sutil. Chabrol no corta solo a su protagonista en dos, sino que cuando hay cualquier atisbo de ironía chabroliana o una atmósfera que parece empezar a inquietarnos, todo se desvanece. Lamentable es Mi hermano es hijo único de Daniele Luchetti, donde hay una muy mediocre -y televisiva- revisitación de Rocco y sus hermanos a la vez que una reencarnación fraternal de La mejor juventud de Giordana, ya que ambas comparten guionistas. Sorprendente la poquísima seriedad con la que Luchetti reflexiona sobre la historia de su país, algo que el cine italiano siempre hizo muy bien.

En la sección Europa_Europa se vio la peor película de esta edición: la insultante Palma de Oro de Cannes 07, 4 meses, 3 semanas, 2 días. Siguiendo la estela de la potente La muerte del señor Lazarescu de Porumboiu, Mungiu maltrata a sus personajes-marioneta hasta llegar al plano de un feto: es lo más miserable filmado estos últimos años. En Yella, Christian Petzold baja el nivel de Gespenter, y nos habla de misteriosas y secretas reuniones de ejecutivos para acabar con un gran truco que cuestiona la verosimilitud cinematográfica. Desde Israel, Tehilim, Raphäel Nadjari cuenta los intentos frustrados para encontrar referentes de un hijo cuyo padre ha desaparecido en un accidente común. Todo es ligero y a la vez profundo, distanciado pero jamás frío. La mejor película de la sección fue sin duda Lady Chatterley, donde Pascale Ferran realiza una adaptación impecable de la novela de Lawrence: todo fluye, la naturaleza, el cuerpo y los sexos en una profundidad descomunal.
Por su parte, en Eurimages Alain Resnais volvió a dar una lección magistral de representación en Asuntos privados en lugares públicos, una película que a través de unos personajes estereotipados en fase terminal cinematográfica abre innumerables interrogantes sobre el futuro del cine.

Solo queda añadir la pequeña (y relativa) decepción ante el descubrimiento de los dos primeros programas realizados por Alexander Kluge, Mi siglo, mi bestia y El fenómeno de la ópera por su falta de cohesión e integridad, pero que, aún así, plantea algunas reflexiones interesantes sobre la Historia y la(s) historia(s). En la Sección ARTE, dedicada a la serie Cinema, de notre temps, se encontraron alguna de las mejores obras, entre las que destacaron el episodio Straub & Huillet, cineastes realizado por Pedro Costa, donde en sus primeros minutos se contemplan alguna de las reflexiones más interesantes sobre el cine que jamás se han dicho en una pantalla (la muerte de Daniéle Huillet fue la gran pérdida para la Historia del Cine en el 2006). Una obra maestra es Jacques Rivette, le veilleur de Claire Denis -la mejor cineasta actual junto con Akerman y Vardá-, impresionante clase magistral de Jacques Rivette en los tejados de París durante toda una noche acompañado por Serge Daney. Alturas casi similares las de los capítulos Éric Rohmer, preuves à l´appui, lucidez en estado puro de Rohmer, esta vez de la mano de Jean Douchet; Alain Cavalier, 7 chapitres, 5 jours, 2 piéces-cuisine -la honestidad del auténtico genio- , Georges Franju, le visionnaire -una reconstrucción en siete entrevistas del mayor cineasta de lo insólito del cine francés-; el esencial dedicado al padre del cinéma verité Mosso, mosso, (Jean Rouch, comme si); Le dinosaure et le bebe (o Lang y Godard en la misma mesa) y Akerman, autoportrait, donde la cineasta belga construye su propio capítulo a base mediante la palabra y el montaje.
Francisco Algarín Navarro
16/11/2007
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