Dos parejas de madres e hijas en la vida real, Vanessa Redgrave y Natasha Richardson, Meryl Streep y Mamie Gummer, interpretan respectivamente a madre e hija, y a la mejor amiga de la madre en diferentes etapas de su vida.
Incapaz de silenciar el poder de los recuerdos, Ann Lord (Vanessa Redgrave) confiesa un secreto a sus hijas, Constance (Natasha Richardson), una esposa y madre feliz, y Nina (Toni Collette), una impaciente soltera. Las dos están con ella cuando su madre pide ver al hombre al que amó más que a ningún otro.
Las dos hijas se preguntan quién puede ser Harris y qué representó en la vida de su madre. Una enfermera (Eileen Atkins) cuida a Ann, que aprovecha la noche para regresar mentalmente 50 años atrás a un fin de semana de verano, cuando todavía se llamaba Ann Grant (Claire Danes)...
| Clare Danes | Ann Grant |
| Toni Collette | Nina Mars |
| Vanessa Redgrave | Ann Lord |
| Patrick Wilson | Harris Arden |
| Hugh Dancy | Buddy Wittenborn |
| Natasha Richarson | Constance Haverford |
| Mamie Gummer | Lila Wittenborn |
| Eileen Atkins | Enfermera |
| Meryl Streep | Lila Ross |
| Glenn Close | Sra. Wittenborn |
| Dirección | Lajos Koltai |
| Guión (basado en la novela de Susan Minot) | Susan Minot, Michael Cunningham |
| Producción | Jeffrey Sharp |
| Producción ejecutiva | Susan Minot, Michael Cunningham, Jill Footlick, Michael Hogan, Robert Kessel |
| Fotografía | Gyula Pados |
| Montaje | Allyson C. Johnson |
| Música | Jan A. P. Kaczmarek |

La inicial secuencia onírica de El atardecer da claras pistas sobre lo que nos espera en las siguientes dos horas. Recuerdos anhelados y deseos frustrados de una mujer que rememora una época muy concreta de su vida, mientras espera que llegue el fin de sus días, en el lecho de muerte. Ante el estupor de sus dos hijas, que no reconocen los hechos y personas mencionados durante las ensoñaciones de su madre. Ya sabemos lo duro que les resulta a algunos vástagos aceptar que su progenitores tengan una vida invisible para ellos, como le sucedía a la Meryl Streep de Los puentes de Madison (Clint Eastwood, 1995). Aunque, en este caso, su personaje ya hubiera muerto.
"Una inmensa Toni Collete que es, de largo, la indiscutible estrella de la función, a pesar de su secundario papel. Qué manera de apropiarse de un personaje y hacerlo completamente suyo"

Estamos ante una muestra de eso que se suele llamar cine de mujeres. Basada en una novela de Susan Minot; que, además, firma el guión junto a Michael Cunningham. Otro escritor con predilección por universos femeninos, como ya demostró en su novela Las horas, llevada al cine en 2002 por Stephen Daldry. El director elegido para trasladar la novela de Minot al cine ha sido Lajos Koltai, un magnífico director de fotografía que debutó en la dirección hace dos años con El destino (recientemente estrenada en nuestro país). En ella, trataba un tema que le tocaba muy de cerca. Su salto a Hollywood se produce con un filme que busca la calidad, y la complicidad del público más delicado.
La película se desarrolla en dos tiempos bien diferenciados. Por un lado, tenemos el pasado evocado, que se retrata de forma idílica, mediante una luminosa fotografía. Es evidente que los recuerdos de la protagonista están idealizados (al menos, la parte positiva de los mismo). Y por otro lado, tenemos el presente, contextualizado en la oscuridad de una casa rondada por la muerte.
Un espacio y un tiempo donde se establece la tópica confrontación entre hermanas opuestas. Cada una proyecta sus frustraciones en su opuesta; critican, a la vez que envidian, la situación de la otra. En un extremo, la mujer estable, casada, madre, con buen trabajo y sensata. En el otro, la soltera que salta de relación en relación, la inestable incapaz de mantener un trabajo. Una inmensa Toni Collete que es, de largo, la indiscutible estrella de la función, a pesar de su secundario papel. Qué manera de apropiarse de un personaje y hacerlo completamente suyo.

Por supuesto, ellas dos se replantearán su vida a través del pasado de su madre, que se pregunta por las grandes cuestiones vitales que nos asaltan siempre, pero que se vuelven más acuciantes a medida que pasan los años: ¿realmente he vivido como quería? ¿Me arrepiento de mis errores? ¿Dejé escapar a mi gran amor? Respecto a este asunto, su memoria le transporta hasta una época en la que ella recuerda haber vivido de forma más intensa este sentimiento. Ese amor que deja huella, personificado en un arrollador personaje que enamora a cuantos le rodean. Pero es un amor breve, al menos, en cuanto a su materialización. Lo cual nos lleva a plantearnos lo fugaz que puede ser el enamoramiento, algo que se idealiza al no pasar por las implacables pruebas que son el tiempo y la rutina.
Sin embargo, el conjunto resulta bastante frío. Koltai demuestra, con holgura, que es un virtuoso de la técnica. Pero le cuesta algo más dotar de alma a sus criaturas. La indudable belleza visual, no se ve correspondida por algunos de los personajes. En especial, los que protagonizan el período de flash-back. Una desorientada Claire Danes nunca da la talla como la joven Ann; y un excesivo Hugh Dancy, al que le cuesta horrores encarnar un borracho creíble. Aunque tampoco ayuda nada la desafortunada escritura de un personaje envuelto por un exagerado determinismo trágico.

El producto se queda en la simple corrección, sin trascender el convencionalismo instalado desde hace años en este tipo de cine sensible y femenino, con todos sus clichés y estereotipos.
Alguna lágrima fácil, pocos momentos de verdadera emoción, mucho cálculo y grandes nombres en el reparto. Pero sólo uno es capaz de brillar con luz propia. Aunque, precisamente, no es Collete el apellido más llamativo del elenco.
Manuel Barrero
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