El boxeo en el cine. Con la cámara entre las cuerdas - cine | Kane 3

El boxeo en el cine. Con la cámara entre las cuerdas

Nadie puede vencerme (Robert Wise, 1949)
Nadie puede vencerme (Robert Wise, 1949)

Como el escenario de un teatro, con el espacio bien marcado, los focos fijados en el techo y la audiencia pendiente de hasta el más mínimo detalle, el cuadrilátero es uno de los espacios favoritos del cine. Desde la butaca, convertida en silla de ring, hemos tenido la oportunidad de contemplar apasionantes historias sobre jóvenes con la cabeza repleta de sueños, viejos púgiles derrotados por el peso de su propia sombra, entrenadores resentidos, mujeres fatales, promotores corruptos y gánsteres ávidos de dinero fácil. Es el fascinante universo del cine de boxeo.

Por Pablo Mérida

Con el boxeo ocurre un fenómeno curioso. Personas que califican este deporte de aberrante, no dudaron en alabar las excelencias de una película como Toro Salvaje (Raging Bull, 1980), de Martin Scorsese. También muchos enemigos declarados del Noble Arte vibraron como niños cuando vieron por primera vez Rocky (1976). ¿Cómo es posible? ¿No resulta algo incoherente? Lo normal sería que un deporte que genera rechazo o simple desinterés no funcione en su traslación a la pantalla. Por ejemplo, el escaso seguimiento que el béisbol ha tenido y tiene en España ha provocado que la mayor parte de las películas consagradas a este disciplina deportiva hayan pasado más o menos desapercibidas en nuestro país. Pero para el caso del boxeo parecen existir otras reglas. Posiblemente, se deba al hecho de que se trata del deporte más teatral de cuantos existen. Sólo hace falta recordar que a una noche de combates se la denomina velada, como si de un estreno teatral o de un concierto se tratase, algo impensable si se tratara de un partido de fútbol o de una competición de atletismo.

Million Dollar Baby (Clint Eastwood, 2004)
Million Dollar Baby (Clint Eastwood, 2004)

En su paso al cine, el boxeo gana aún más teatralidad. Pese a que en ocasiones las películas presumen de mostrar ambientes realistas, historias basadas en hechos reales y cosas por el estilo, los argumentos que tienen el pugilismo como telón de fondo presentan sin quererlo al deporte desde una óptica tan idealizada que en algunos casos termina cayendo en el tópico y los lugares comunes. Con unos cuantos ejemplos nos entenderemos mejor. El gimnasio que regenta Clint Eastwood en la formidable Million Dollar Baby (2004) trata de respirar un realismo extremo. Sin embargo, es un clarísimo escenario de ficción, con el que el director juega, sobre todo gracias a las composiciones de la fotografía, para remarcar la soledad y la tenacidad de la protagonista. Los cuadriláteros que aparecen en la ya mencionada Toro Salvaje presentan unas dimensiones a todas luces surrealistas. El sonido de los puñetazos en Rocky es tan espectacular como falso. Y hasta la sombra de la corrupción que siempre ha rodeado a este deporte adopta en el cine un estilo expresionista en perdidos callejones de sombras alargadas, tipo los que pueden disfrutarse en Nadie puede vencerme (The Set-Up, 1949), lección magistral de Robert Wise de cómo hacer cine sencillo y contundente. Pero, a pesar de esta manifiesta teatralidad, las películas de boxeo —subgénero que cuenta a día de hoy con más de un centenar de ejemplos procedentes de todas las cinematografías del mundo— entusiasman a la audiencia hasta el punto de convertirse, en determinadas ocasiones, en auténticos fenómenos de taquilla.

El combate de estudio

Cuando, a finales del siglo XIX, Thomas Alva Edison en Estados Unidos y los hermanos Lumière en Europa competían por crear un invento capaz de capturar y después reproducir imágenes en movimiento, el boxeo se acercó por primera vez al cine. Algunos púgiles fueron contratados por estos pioneros para representar en sus primitivos estudios un asalto de boxeo por completo coreografiado. Fueron los primeros combates de estudio. Más adelante, en el momento en que las cámaras permitieron la posibilidad de rodar en exteriores, se registraron numerosas veladas y campeonatos auténticos. De hecho, el cine fue responsable de que el Noble Arte viviera un extraordinario apogeo en las primeras décadas del siglo XX, ya que por entonces asumió un papel de medio de comunicación de masas que más adelante lo adoptaría la televisión.

Por supuesto, muchos cineastas enseguida apreciaron las posibilidades dramáticas del boxeo: el hombre lucha por abrirse paso en la vida e intenta llegar a lo más alto poniendo constantemente a prueba su valor y la fuerza de los puños. Y, como no podía ser de otra manera, comenzaron a surgir los primeros largometrajes dedicados al tema. Entre ellos, hay que destacar los estimulantes trabajos de John Ford en Corazón intrépido (The Fighting Heart, 1925) y de Alfred Hitchcock en El ring (The Ring, 1927). Pero si la verdadera lucha del boxeador es épica y en muchas ocasiones dramática, también surgieron quienes se atrevieron a apuntar sus posibilidades cómicas. Y ahí aparecieron los grandes genios del cine cómico, como Charles Chaplin con la adorable Luces de la ciudad (City Lights, 1931) o Buster Keaton convertido en El boxeador (Battling Butler, 1926).

El Star System sube al ring

Cuerpo y alma (Robert Rossen, 1947).
Cuerpo y alma (Robert Rossen, 1947).

La llegada del cine sonoro potenció la carga dramática de las películas ambientadas en el mundo del boxeo. Pero también permitió la irrupción de singulares apuestas, como llevar el tema a terrenos tan insólitos como el del musical o el mismo western. Al tiempo que el Noble Arte convertía en ídolos de masas a sus campeones, Hollywood comenzó a comprobar qué buen resultado le daba construir cuadriláteros de cartón piedra en sus estudios para poner a hacer guantes sobre ellos a las grandes estrellas del momento. En poco tiempo, grandes astros de la pantalla como Clark Gable, Wallace Beery, James Cagney, Robert Taylor, William Holden y muchos otros ya se habían puesto los guantes. De hecho, la popularidad que ganó entre el público la práctica de este deporte, llevó a los artífices del llamado Star System a mencionar en las maquilladas biografías de sus jóvenes promesas que, antes de aproximarse a la pantalla, habían sido prometedores pugilistas. Fue el caso del galán de la Warner Bros. Errol Flynn, a quien se le llegó a atribuir la conquista de algún campeonato de boxeo en tierras australianas, aspecto biográfico dudoso pero muy cacareado, sobre todo cuando el actor fue asignado para dar vida al mítico James J. Corbett en Gentleman Jim (1942), de Raoul Walsh.

A lo largo de la década de los cuarenta, Hollywood descubrió las tres grandes vías del boxeo en el cine. Por un lado, estaba el clásico drama en torno a la ascensión y caída del púgil. El modelo más pulido lo presentó la fantástica producción de Stanley Kramer El ídolo de barro (Champion, 1949), que Mark Robson dirigió con Kirk Douglas como protagonista y que incluso aportó elementos a partir de entonces imprescindibles para cualquier producción pugilística que se preciase, como la clásica secuencia de entrenamiento del campeón. Con el éxito de Gentleman Jim, los productores se dieron cuenta de que el clásico biopic, la reconstrucción más o menos fiel de la vida de un campeón de boxeo, generaba igualmente interés entre el público. El coloso de Boston (The Great John L., 1945), The Fight Never Ends (1947), protagonizada por el auténtico Joe Louis, y Marcado por el odio (Somebody Up There Likes Me, 1956) así lo confirmaron. Finalmente, y gracias a la época dorada del cine negro, los estudios también observaron que el boxeo se ajustaba a la perfección para la creación de obras que siguieran los parámetros del cine negro, denunciando la corrupción y los manejos oscuros que desde siempre se había sospechado que rodeaba a este deporte. Esta vía, la más sórdida de todas, permitió la realización de largometrajes que hoy se aprecian como auténticas joyas, tipo Nadie puede vencerme, Cuerpo y alma (Body and Soul, 1947), o Más dura será la caída (The Harder They Fall, 1956), películas oscuras, pesimistas, e incluso un tanto polémicas, puesto que en el fondo no hacían más que retratar a una sociedad cobarde y enfermiza.

Del Neorrealismo a Stallone

Rocco y sus hermanos (Luchino Visconti, 1960)
Rocco y sus hermanos (Luchino Visconti, 1960)

Las restantes cinematografías no siempre siguieron los esquemas impuestos por Hollywood. En México, por ejemplo, con gran afición por el boxeo, se realizaron docenas de producciones de corte claramente melodramático, como el clásico Campeón sin corona (1945), de Alejandro Galindo. En Italia, Luchino Visconti aprovechó el boxeo para hacer también un desgarrador drama con cierto aroma neorrealista que consagró a su protagonista, Alain Delon: Rocco y sus hermanos (Rocco e i suoi fratelli, 1960). En España, como siempre, hubo de todo un poco: desde la divertida comedia El tigre del Chamberí (1957), de Pedro Luis Ramírez, hasta el acertado drama de también cierto toque neorrealista Young Sánchez (1963), de Mario Camus, pasando por algún raro ejemplo de biopic, eso sí muy a la española, del estilo de El marino de los puños de oro (1968), protagonizado por Pedro Carrasco.

Si para muchos cinéfilos, los años cuarenta fueron los verdaderamente inolvidables para el cine de boxeo, el gran público pareció decantarse más por los setenta. Fue entonces cuando se produjeron algunos éxitos de taquilla más que notables. En aquella época se habían producido aportaciones absolutamente memorables que volvían a utilizar el boxeo para transmitir cierto sentimiento de derrota social, posiblemente provocada por los escándalos políticos y las devastadoras consecuencias del conflicto de Vietnam. Pero, por supuesto, películas tan demoledoras como Fat City, ciudad dorada (Fat City, 1972), no congregaron precisamente al público familiar de fin de semana. No ocurrió lo mismo con el lastimero drama de Franco Zeffirelli Campeón (The Champ, 1979), que recurría a la dulzura de un actor infantil como Ricky Schroeder para hacer llorar desconsoladamente a la audiencia cuando el angelito veía morir a su papá boxeador a consecuencia de los golpes recibidos en un combate. Pero su éxito no fue comparable a lo de Rocky, absoluto fenómeno social que llegó incluso a provocar que el Ayuntamiento de Filadelfia, ciudad en la que transcurre la acción, construyese una estatua dedicada al popular protagonista. El actor Sylvester Stallone, con la ayuda de un artesano de extraordinario instinto comercial como John G. Avildsen, que después firmaría también otro éxito deportivo como Karate Kid (1984), logró que millones de espectadores de todo el mundo saltaran sobre sus asientos apoyando al mediocre pero voluntarioso púgil Rocky Balboa en su enfrentamiento contra el arrogante campeón Apollo Creed. ¡Qué momentos! ¡Y esa banda sonora! ¿Quién no la ha oído y no ha sentido irrefrenables deseos de comenzar a boxear?

Tiempos modernos

Rocky (John G. Avildsen, 1976)
Rocky (John G. Avildsen, 1976)

Rocky fue algo más que un avasallador éxito de taquilla. Fue un aviso a la industria del cine de que una película de boxeo podía convertirse en un auténtico fenómeno, algo que a lo largo de la historia le ha ocurrido a pocas producciones. Por supuesto, la respuesta no se hizo esperar y las producciones protagonizadas por boxeadores comenzaron a aparecer por todos los rincones del planeta. Pese a la variedad en cuanto a tema y calidad, ninguna logró emular los éxitos del auténtico Rocky, ni siquiera las mismas secuelas de esta saga. No obstante, pese a no contar con más fenómenos, sí se produjeron largometrajes que incluso, desde su interés específicamente cinematográfico, superaron con creces a la película protagonizada por Stallone. Fu el caso de Toro Salvaje, un excelente retrato de la ascensión y caída del púgil Jake LaMotta, apoyado en una memorable interpretación de Robert De Niro; Fin de round (1992), personal aproximación al tema del venezolano Olegario Barrera; y The Boxer (1997), una inesperada combinación de boxeo y terrorismo realizada por Jim Sheridan.

En los últimos años, el cine de boxeo no ha perdido fuelle en absoluto. Cada temporada continúan presentándose en las carteleras películas relacionadas con este deporte. En España, incluso han llegado a coincidir en cartel varias producciones protagonizadas por boxeadores, como ocurrió con A golpes (2005) y Segundo asalto (2005). Al margen de biopics más o menos acertados, como Huracán Carter (The Hurricane, 1999), Alí (2001) o Cinderella Man (2005), hemos podido disfrutar de producciones de enorme interés, tipo Girlfight (1999), de Karyn Kusama, una de las producciones pioneras a la hora de reivindicar el protagonismo de la mujer sobre el ring; Shiner (2000), de John Irvin, consagrada a la muchas veces olvidada figura del promotor; y, por supuesto, Million Dollar Baby, indiscutible obra maestra en la que Clint Eastwood, como ya hicieran los realizadores de las viejas películas de boxeo de los años cuarenta, se sirvió de este controvertido deporte para hacer una devastadora radiografía del alma humana.

Artículo publicado en el número 9 de KANE 3 (junio 2006)

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