
La muerte de Anthony Minghella, cineasta, dramaturgo, escritor, director del British Film Institute desde 2003, nos ha dejado boquiabiertos. Con algo de apremiante y periférico y la vacilación del que sabe que no encontrará el significado de su obra a partir de la superficie, conviene una aproximación a sus películas desde la incógnita de un futuro cortado de raíz por la enfermedad. Éste es el objetivo de las siguientes líneas, más allá de la elegía.
Por Marcos Méndez

Anthony Minghella (n. 1954) salió a la palestra mediática en 1996 a raíz del éxito cosechado por El paciente inglés, adaptación de la novela homónima de Michael Ondaatje. La trágica historia de amor narrada en primera persona por el Conde Laszlo de Almásy se llevó nueve estatuillas de la Academia y el reconocimiento de la crítica internacional para un cineasta que ya por entonces era una leyenda viva en el West End londinense. Salvando las distancias, su trayectoria inicial se parece a la del reputadísimo Mike Nichols en su paso por Broadway antes de dirigir ¿Quién teme a Virginia Woolf? en 1966, aunque las diferencias generacionales no nos permitan establecer más paralelismos.
Formado como un estudioso (en el sentido anglosajón del término, un scholar) en la Universidad de Hull, Minghella se considera antes escritor que cineasta. Guionista prematuro de radio, televisión y teatro, en 1990 dirige su ópera prima Truly Madly Deeply sobre un guión propio y con un casting familiar, encabezado por una Juliet Stevenson a la sazón fetiche del cineasta británico sobre las tablas. Curiosamente, éste será el único guión original de Minghella hasta la reciente Breaking and Entering (2006): como un viaje cíclico, 15 años después regresa a sí mismo y a Londres, la ciudad que le vio nacer y también morir como cineasta.
"En Truly Madly Deeply Minghella se las ingenia para salvar los tópicos en un radio de verosimilitud bastante amplio, más interesado en filmar la relación vacilante y frágil de los protagonistas que en ofrecernos el arquetipo de fantasma hollywoodiense habitual"

Truly Madly Deeply es en esencia una película de fantasmas, estrenada (¡horror!) el mismo año que Ghost (Jerry Zucker), aunque su estética no se parece demasiado ni a ésta ni a otras referencias del subgénero. Si acaso, la rima la encontraremos en la tradición realista del cine independiente norteamericano de los ochenta o, proponiendo un símil contemporáneo, en las películas de Paul Auster.
Del espectro que regresa de entre los muertos con el cuerpo de Alan Rickman poco más sabemos además de su afición por el violoncelo y su constante necesidad de calor. Los aspectos relativos a su personalidad, su disposición como ser humano, son eludidos constantemente por un Minghella más interesado en filmar la evolución de Nina, su antigua novia, que en ofrecernos el arquetipo de fantasma hollywoodiense habitual (pienso en El fantasma y la señora Muir, de Mankiewicz, o en Un espíritu burlón, de Lean). En un radio de verosimilitud bastante amplio, Minghella se las ingenia para salvar los tópicos y entrar directamente en una relación afectiva vacilante y frágil.
Truly Madly Deeply plantea el tema de la soledad y su impostura: Nina, destrozada por haber perdido a su pareja, termina enfrentándose a ese sentimiento mediante la reanudación de una relación no tan perfecta como la imaginaba desde el desastre. Esta sensación de naturalidad la confirman toda una galería de apasionantes secundarios retratados en pinceladas sutiles y hermosas (la primera aparición de Michael Maloney transformando una novela rusa en una paloma queda para la posteridad) y un montaje artesanal a años luz de esos monumentos pictóricos que filmará más adelante: El paciente inglés pero también El talento de Mr. Ripley (1999) y Cold Mountain (2003).

Su primera película en Hollywood, conocida en nuestro país como Un marido para mi mujer (1993), responde a una buena dirección de actores con un cuarteto de lujo: Matt Dillon, Annabella Sciorra, Mary-Louise Parker y William Hurt en un momento álgido de sus carreras conforman un delicioso caleidoscopio de treintañeros con antagónicas formas de ver la vida y las relaciones. Aunque la trama principal es previsible y el desenlace excesivamente empalagoso habida cuenta de lo visto anteriormente, tampoco podemos despachar esta obra menor, ajena (guión original de Amy Schor y Vicki Polon) como si se tratase de un encargo alimenticio, pues la profundidad en el dibujo de personajes deja entrever algo más que la anécdota de un hombre amargado por pasarle la pensión a su exmujer.
Sin embargo, no será hasta el descomunal éxito de El paciente inglés cuando Minghella despierte la admiración de propios y extraños. Una narración plagada de idas y venidas, de alternancias en el punto de vista, de flashbacks que nos abren al misterioso pasado de los personajes, de hendiduras entre un relato en presente, en pretérito y en futuro, de mentalidad cíclica y trágica. La historia de amor entre Almásy (Ralph Fiennes) y Katharine (Kristin Scott Thomas) llena de melancolía las paredes del monasterio de St. Anna de Prenzi en un teórico presente donde el paciente relata su historia a Hana (Juliette Binoche).

Lo que podría haber sido una película histórica convencional, con una ficción íntima entre las bombas de la Segunda Guerra Mundial, deviene en refugio poliédrico de las acciones (no todas dignas de alabanza) llevadas a cabo por Almásy en su esfuerzo desesperado por mantener con vida la relación con Katharine.
Caravaggio, el sombrío personaje que interpreta Willem Dafoe, y Kip (Naveen Andrews, el Sayid Jarrah de Perdidos) confieren a la historia del paciente tonos más cargados a la vez que establecen conexiones entre el pasado y el presente, entre unos sentimientos que habitan en la memoria y otros que salen a la luz pese a la ruina que campa alrededor (la Cueva de los Nadadores y los frescos medievales del monasterio, referencias a obras eternas que han perdurado en su inefable belleza durante cientos de años).
"No será hasta el descomunal éxito de El paciente inglés cuando Minghella despierte la admiración de propios y extraños. Una narración plagada de idas y venidas, de alternancias en el punto de vista, de flashbacks que nos abren al misterioso pasado de los personajes, de hendiduras entre un relato en presente, en pretérito y en futuro, de mentalidad cíclica y trágica"

Menos trascendente, la adaptación de Patricia Highsmith El talento de Mr. Ripley esconde sus mejores bazas en el trabajo encubierto del montador Walter Murch, muy pendiente de los sutiles mecanismos que, implícitamente, percuten en el desarrollo psicológico del protagonista. Encuadres anómalos, golpeados por los lados, sonidos chirriantes, planos que se rinden a la conciencia de un espectador que debe articular la ficción a partir de la distancia, única vía para entender la esquizofrenia de Ripley sin caer en el prejuicio o la banalidad.
Apenas unos meses después de presentar El talento de Mr. Ripley Minghella era uno de los elegidos para participar en el proyecto Beckett on Film. En Play (Samuel Beckett, 1963) tres cabezas, dos de mujer y una de hombre, iluminadas, salían a la superficie desde sendos jarrones para disertar sobre una relación triangular algo fragmentada. Minghella filma las cabezas sin ocultar su presencia como demiurgo, articulando el zoom con el sonido que provoca el objetivo en busca de ojos y labios que fagociten el encuadre. La sensación es parecida al Not I filmado por Neil Jordan para la misma serie.
Después de convenir en que Ripley había sido su última adaptación y que deseaba volver a su propio trabajo, Minghella encuentra por casualidad (y por la recomendación de su buen amigo Michael Ondaatje) la novela de Charles Frazier Cold Mountain y pronto se decide a trasplantarla en celuloide a través de su compañía Mirage Enterprises, asociado con Sydney Pollack. Antes que film, la novela, publicada en 1997, se convierte en un bestseller y gana el National Book Award gracias al bombo de una preproducción por todo lo alto. Fallas que se agrandan en la estrechez de miras de una distribución que apuesta por los premios y no por la literatura.

Inman (Jude Law) emprende, cual Ulises contemporáneo, el regreso a casa. En mitad de una guerra que no distingue orden ni desorden, concentra sus pensamientos en Ada (Nicole Kidman): una imagen, una fotografía ajada, la memoria de un paraíso perdido. El Nirvana budista, un destino espiritual, como lo describe Frazier en la novela. Minghella acentúa esta sensación mediante las elipsis y sus consecuencias, asignando al espectador la tarea de llenar esos espacios transcurridos entre un momento de tiempo y otro, entre las estaciones del año: la naturaleza continúa su curso sin prestar atención a los desastres del ser humano. El universo trasciende el amor y la muerte y su iconografía reverbera la mitología más antigua: los cuervos, el ganado, la nieve, la sangre.
Existe en el cine de Minghella una poética simbólica que proyecta la eternidad en metáforas reconocibles inmediatamente antes de afrontar la tragedia: en El paciente inglés, las pinturas del monasterio y la bomba que mata a Hardy; en El talento de Mr. Ripley, la procesión religiosa bajo el mar y la aparición del cuerpo sumergido de Silvana; en Cold Mountain, los cuervos que preceden a la muerte de Inman.
"En Cold Mountain Inman emprende, cual Ulises contemporáneo, el regreso a casa. En mitad de una guerra que no distingue orden ni desorden, concentra sus pensamientos en Ada: una imagen, una fotografía ajada, la memoria de un paraíso perdido. El Nirvana budista, un destino espiritual, como lo describe Frazier en la novela"

El reencuentro de Minghella con Londres a partir de un material propio nos deja una pieza social sin pretensiones sobre un joven empresario (Jude Law) que se enamora de la madre de uno de los chicos que acostumbran a robarle en King's Cross (Juliette Binoche). Ahuecando el sentimentalismo, Breaking and Entering nos deja a un Minghella más tangible y natural y también más arriesgado, lejos del europudding, en un relato lineal y generoso con sus personajes.
Cinco días después de su fallecimiento el pasado 18 de marzo (por una hemorragia cerebral heredada del cáncer de cuello y amígdalas que venía padeciendo), la BBC emitía, en una suerte de homenaje póstumo, el capítulo piloto de la serie The No. 1 Ladies’ Detective Agency, dirigido por Minghella. Ambientado en Botswana, revive los métodos deductivos de Sherlock Holmes con grandes dosis de humor y una importancia capital del paisaje y sus gentes, aunque la pluma amable de Richard Curtis deja entrever un futuro bastante rutinario a las próximas entregas.
04/04/2008
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