Eduardo (Leonardo Sbaraglia), gerente de una compañía de seguros, está bajo presión y por eso sale a correr. Lo hace, en especial, cuando está a punto de estallar. Un día, de regreso de un viaje de negocios que ha sido un fracaso, conoce en el aeropuerto a un hombre misterioso que se presenta como un amigo y un benefactor, y lo anima a cambiar de vida, a ser libre.
No es una simple invitación, este individuo lo asediará hasta límites insospechados para lograr su propósito. A partir de entonces, la vida de Eduardo empieza a deslizarse hacia un territorio ambiguo donde las certezas se desvanecen y correr se vuelve inútil.
| Leonardo Sbaraglia | Eduardo López |
| Miguel Ángel Solá | Raimundo Conti |
| Érica Rivas | Clara |
| Jorge Sabate | Mulford Harrison |
| Marta Lubos | Viuda de Iribarte |
| Vicente Manuel | Ruibal |
| Ricardo Díaz | Galván |
| Umbra Colombo | Thelma Rodríguez |
| Roberto Vallejos | Hugo Rubial |
| Dirección | Gerardo Herrero |
| Guión (basado en la novela de Hugo Burel "El corredor nocturno") | Nicolás Saad |
| Producción | Gerardo Herrero y Vanessa Ragone |
| Producción Ejecutiva | Mariela Besuievsky y Javier López Blanco |
| Fotografía | Alfredo Mayo (AEC) |
| Montaje | Fernando Pardo |
| Dirección Artística | Nora Spivak |
| Dirección de Producción | Carolina Urbieta y Josean Gómez |
| Productoras | Tornasol Films, Castafiore Films, Zona Audiovisual y El corredor Nocturno AIE |
| Productora Asociada | Haddock Films |

Nuria Dufour
Entre Argentina y España el director-productor Gerardo Herrero lleva años trazando una carrera cinematográfica desigual (Las razones de mis amigos, El misterio Galíndez, Heroína...), pero a la que en buena medida se debe la profusión y el éxito de cine argentino en nuestro país (Plata quemada, El hijo de la novia, Lugares comunes, El secreto de sus ojos...). Tras Que parezca un accidente (2008), comedia negra descontrolada, su penúltimo trabajo como realizador, y la producción de las recientes Castillos de cartón, Nacidas para sufrir o Las viudas de los jueves, se estrena El corredor nocturno, un thriller psicológico localizado en Buenos Aires (rodado en la Ciudad de la Luz de Alicante) que va ganando en potencia dramática, gracias al duelo interpretativo de la pareja protagonista (Miguel Ángel Solá-Leonardo Sbaraglia) y al ritmo preciso que el director acaba por imprimir a un texto incógnito (Nicolás Saad) cuando a los veinte minutos de proyección la sombra de Caché (Michael Haneke, 2005) se aleja de la trama, adquiriendo ésta una estructura con menos escondrijos, más diáfana.

Basada en la novela homónima del uruguayo Hugo Burel, la historia se limita casi exclusivamente a la desconcertante, opaca relación que se crea entre dos individuos, antagónicos en apariencia, definidos con equilibrio narrativo, aunque la enorme presencia de Solá, en gran parte auspiciada por unas líneas de mayor concreción, engulla la no menos convincente de Sbaraglia, cuyo deterioro físico y mental aun acompañando el drama que desbarata el rutinario día a día de uno de esos profesionales de éxito de escaparate, desdibuja al personaje, que termina extraviándose en la complejidad del relato. Sin embargo, el director mantiene con interés el pulso de ambos pugilistas hasta que uno queda fuera de combate.
La película arranca enérgica. Presenta ya en la primera secuencia el cara a cara de dos ejecutivos ambiciosos con pasados turbios. Uno, Eduardo, arribista y treintañero, casado y padre de dos hijos. Otro, Raimundo, descreído, cincuentón, solitario y muy seguro de sí mismo, que destapa en Eduardo cualquiera de sus pretensiones confesables e inconfesables, haciendo añicos una personalidad amoral.
"El corredor nocturno logra la difícil cabriola de no aburrir al respetable ante un argumento ya visto y cuyo desenlace se adivina prematuramente. A ello puede sumarse la intervención comedida de otros personajes, los cuales lejos de fagocitar, desengrasan una historia demasiado cíclica y claustrofóbica".

Raimundo representa el precio que Eduardo tendrá que pagar para materializar su codicia. El doctor Fausto y Mefistófeles en escena, la de una multinacional de seguros en proceso de reestructuración, espejo del actual declive económico que ha puesto en evidencia a los gurús financieros. Una realidad reconocible, la de las grandes compañías que un día encontraron en los países emergentes el filón donde seguir enriqueciéndose, pero que ahora ante la pérdida de enteros, empaquetan y abandonan.
Eduardo trabaja para una de ellas. Estresado, huraño y desbordado, viaja a Milán. Debe resolver un importante acuerdo. Fracasa en la operación. En el aeropuerto, de vuelta a Buenos Aires, un tipo arrogante, que asegura conocerle, le entrega su tarjeta de visita, momento en el que la vida personal y familiar de Eduardo se distorsiona.

A río revuelto, ganancia de unos pocos, la máxima que corre por la mente insaciable y obsesiva del protagonista. La oportunidad de ocupar el cargo directivo acariciado durante tanto tiempo. Ahora o nunca. Escalar a costa de lo que sea. Acumular, en definitiva, aunque al final de la jornada correr hacia ninguna parte sea la alternativa más sencilla a una existencia vacía. Y entonces entra en juego la conciencia, expresada con acierto a través de breves flashbacks que destapan la naturaleza pérfida del protagonista y su lucha interna.
El corredor nocturno logra la difícil cabriola de no aburrir al respetable ante un argumento ya visto y cuyo desenlace se adivina prematuramente. A ello puede sumarse la intervención comedida de otros personajes, los cuales lejos de fagocitar, desengrasan una historia demasiado cíclica y claustrofóbica.
07/02/2010
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