Rubén trabaja como guardaespaldas de un Ministro argentino. Sigue sus pasos dentro de un mundo que le es ajeno.
Si el Ministro sale de su auto, Rubén sale del suyo. Si el Ministro gira hacia la izquierda, Rubén gira a la izquierda. Si el Ministro viaja a Mar del Plata, Rubén viaja a Mar del Plata con él. Si el Ministro va al campo con su familia el fin de semana, Rubén tiene que ir con ellos. Si el Ministro decide tomarse un descanso y dormirse un rato, Rubén tiene que vigilar a un hombre dormido.
El Custodio nos acerca a un hombre que ha dejado de sentir su vida como tal, de ser su protagonista. Sumido en esta especie de inexistencia irá moviéndose como una sombra en el mundo de los que le rodean.
| Julio Chávez | Rubén |
| Osmar Núnez | Ministro |
| Marcelo D´Andrea | Lamas |
| Elvira Onetto | Delia |
| Cristina Villamor | Hermana de Rubén |
| Luciana Lifschitz | Sobrina de Rubén |
| Osvaldo Djeridjián | Alfredo |
| Julieta Vallina | Amante del ministro |
| Guadalupe Docampo | Hija del ministro |
| Dirección y guión | Rodrigo Moreno |
| Producción | Hernán Musaluppi, Natacha Cervi, Luis Sartor |
| Producción ejecutiva | Hernán Musaluppi |
| Fotografía | Bárbara Álvarez |
| Montaje | Nicolas Goldbart |
| Música | Federico Jusid |

El cine argentino, al menos en lo que a su proyección internacional se refiere, tiene dos vertientes bien diferenciadas (dentro de una cinematografía muy variada). Directores como Juan José Campanella o Marcos Carnevale destacan como máximos exponentes del cine más comercial, ligero y sentimental. En el otro extremo, nos encontramos con ese nuevo cine argentino, escaso en presupuesto y mucho más radical en sus formas. Gente como Pablo Trapero, Adrián Caetano, o incluso Lucrecia Martel (que incluso va algo más allá) consiguen estrenar (aun a duras penas) algunas de sus películas en nuestras salas comerciales. Aunque no sean argentinos, podríamos incluir en este grupo a Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll, autores de Whisky, con la que El custodio guarda muchos puntos en común.

Rodrigo Moreno construye toda su película alrededor de la figura de un pétreo guardaespaldas, profesión a la que le resulta casi imposible escapar del segundo plano, tanto en la vida como en el cine (exceptuando aquella infame película con Kevin Costner y Whitney Houston). Ni que decir tiene, que el filme que nos ocupa es todo lo opuesto a aquel especiel thriller romántico. El director utiliza este trabajo para hablar sobre la alineación laboral y personal del individuo, que podría tener cualquier otra profesión, en cualquier otro lugar.
Se nos habla de una sociedad viciada que crea profesiones inútiles y absurdas. Un ministro que en ningún momento ve amenazada su vida (el director aclara, convenientemente, que esta película no se podría haber hecho en España), y que es custodiado por un profesional cuya labor es pura parafernalia, una pantomima sin sentido. El autor se recrea en largos planos que ilustran la demencial espera a la que se ve sometido el protagonista. De hecho, el lugar en el que se coloca la cámara marca una cierta distancia con el custodio, con lo que el espectador tiene la permanente sensación de estar vigilando al vigilante.
"El actor borda un trabajo basado en la contención, la sutilidad de gestos, la mirada, y los pequeños matices"

En lo que respecta al verdadero custodiado, ese político despreocupado, aparece siempre como un borrón al fondo de la acción; que se centra en el que, habitualmente, es la sombra. Siempre es así, excepto en esa ambigua secuencia donde interaccionan de verdad. Aunque no se sabe muy bien si lo que mueve al ministro es la complicidad o la burla.
Pero sea de una forma u otra, ése es el momento más humano que podemos contemplar en alguien cuya vida personal no va más allá de su desempeño profesional. Su soledad sentimental, o su desalentador panorama familiar, no dan para más. Quizás, el director cargue en exceso las tintas a la hora de mostrar el patetismo vital de este guardaespaldas. Desgraciadas enfermedades de seres cercanos, sórdidos encuentros sexuales o esperpénticas reuniones familiares hacen un tanto excesivo el penoso deambular del protagonista.
La película vuelve a remontar el vuelo cuando un extraordinario Julio Chávez se queda solo ante el peligro. El actor borda un trabajo basado en la contención, la sutilidad de gestos, la mirada, y los pequeños matices. Algunos lo recordarán en su magnífica lección interpretativa de Un oso rojo (Adrián Caetano, 2002), y aquí vuelve a demostrar lo bien que le toma la medida a los personajes introspectivos.

Y si toda la propuesta es bastante arriesgada, es en el desenlace donde estalla toda su radicalidad. Una demoledora forma de liberación, que se plantea como la única salida. Y se nos presenta como la única lógica y posible, a pesar de la escasa probabilidad que tendría de ser real. Pero en cine, ya se sabe que no todo tiene por qué resultar creíble. Basta con que resulte verosímil, para que nos lo podamos creer. En este caso lo es, y mucho. Lástima de epílogo que nada aporta, y que es un lugar común utilizado ya en demasiadas ocasiones.
Por Manuel Barrero
¿Quieres recibir gratis nuestro boletín?
Crítica, tráiler, sinopsis, intérpretes, ficha técnica ... CINE y DVD
Ver todas las películas