En los tres años siguientes a verse obligado a dejar la Casa Blanca, Nixon permaneció en silencio. Sin embargo, en el verano de 1977, aceptó conceder una única entrevista y contestar a preguntas acerca de su mandato y del escándalo Watergate que acabó con su presidencia. Nixon sorprendió a todos al escoger a David Frost como confesor televisivo, seguro de que podría con el alegre presentador británico y se ganaría los corazones y las mentes de los estadounidenses.
El equipo de Frost no estaba seguro de que el periodista fuera capaz de llevar a Nixon adonde quería. Pero en cuanto empezaron a rodar, la batalla comenzó. ¿Podría Nixon eludir las preguntas acerca de su papel en una de las mayores vergüenzas sufridas por la nación? ¿Exigiría Frost respuestas claras del hombre que llegó al poder por ser el maestro de la evasiva?
| Michael Sheen | David Frost |
| Frank Langella | Richard Nixon |
| Kevin Bacon | Jack Brennan |
| Rebecca Hall | Caroline Cushing |
| Oliver Platt | Bob Zelnick |
| Sam Rockwell | James Reston, Jr. |
| Andy Milder | Frank Gannon |
| Dirección | Ron Howard |
| Guión basado en su obra teatral | Peter Morgan |
| Producción | Tim Bevan, Eric Fellner, Brian Grazer y Ron Howard |
| Producción Ejecutiva | Peter Morgan, Matthew Byam Shaw, Debra Hayward, Liza Chasin, Karen Kehela Sherwood, David Benardi y Todd Hallowell |
| Fotografía | Salvatore Totino ASC |
| Diseño de Producción | Michael Corenblith |
| Montaje | Mike Hill ACE, Dan Hanley ACE |
| Música | Hans Zimmer |

Xavi Fortino
Desde sus inicios en los 80, la trayectoria de Ron Howard ha demostrado, al menos, una cosa: que es posible triunfar en Hollywood sin necesidad de tener un talento especial. Si nos ponemos románticos, podríamos decir que se trata de la personificación del Sueño americano. Pero a pesar de lo inspirador que pueda resultar este relato, lo que aquí nos interesa es el fruto de este "sueño howardiano", que en su mayoría ha consistido en taquillazos de temporada como Willow, Llamaradas, Apolo 13 o Una mente maravillosa.

Ahora que acaba de finalizar el controvertido mandato de George W. Bush, parece ser el momento propicio para que aparezca una película sobre la madre de los ex presidentes controvertidos: Richard Nixon. La opinión pública, que le había aupado en las urnas con una mayoría aplastante apenas dos años antes, nunca le perdonó sus mentiras por el Watergate: a pesar de sus notables logros en materia de estado, para la mayoría Richard M. Nixon nunca dejará de ser "Tricky Dick" (Dick el Tramposo), un traidor.
Tres años después de su dimisión, y alejado de los medios, Nixon recibiría una suculenta oferta por parte de David Frost, un popular -y con fama de frívolo- presentador inglés: seiscientos mil dólares por una serie de entrevistas televisadas en las que se repasaría su discutido mandato, incluyendo el determinante escándalo de las escuchas ilegales. Para Frost, forzar una confesión significaba un billete para regresar a la televisión americana y ganar algo de prestigio (ya años antes, los Monty Python interpretaron un sangrante sketch acerca de un egocéntrico presentador abiertamente inspirado en Frost). Mientras éste arriesgaba su pellejo profesional, para el denostado ex presidente las entrevistas suponían la ocasión de reivindicar su labor política y reparar su imagen ante el pueblo americano.
"La mejor película de su director, gracias al magnetismo de una historia arquetípica -la lucha entre lo viejo y lo nuevo- encarnada por dos actores que interpretan a personajes reales con extraordinaria convicción, sin necesidad de recurrir a la imitación o la mímica barata"

Frost/Nixon, obra teatral de Peter Morgan, dramatizaba este encuentro. Tras su exitoso paso por el West End y Broadway, Ron Howard y su talonario entraron en escena: el libreto fue convertido en guión por el propio Morgan, que ya había dado muestras de su agudeza para retratar la psicología de los gobernantes en la absorbente The Queen (Stephen Frears, 2006); también se mantuvo a los mismos actores que habían dado vida a Frost y Nixon sobre las tablas: Michael Sheen (Tony Blair en The Queen) como Frost, y el veterano Frank Langella en la piel del ex presidente.
Esta es con toda seguridad la mejor película de su director, gracias al magnetismo de una historia arquetípica -la lucha entre lo viejo y lo nuevo- encarnada por dos actores que interpretan a personajes reales con extraordinaria convicción, sin necesidad de recurrir a la imitación o la mímica barata (que tanto abundan en los biopics). Langella, especialmente, eclipsa a su compañero de reparto y compone un Nixon memorable, un viejo y astuto rey destronado, lleno de contradicciones, que se aferra a su última oportunidad para revalidar su dignidad (como estadista y como persona).

Por otro lado, se agradece que Frost no se nos presente como un heroico cruzado de la información -como los Woodward y Bernstein de Todos los hombres del presidente-, sino más bien como un arribista movido por los índices de audiencia que, a través de su duelo verbal con Nixon, se sentirá fascinado por la compleja personalidad de su oponente. El resto de aspectos de la película están cubiertos por la solvencia y profesionalidad esperables en una producción de estas características. Sin sorpresas.
A Ron Howard se le critica, y mucho (más o menos una vez por dólar que recauda), por hacer un cine blando, complaciente y oportunista. Y con razón: la antipática El código Da Vinci apareció después de que la novela se confirmase como un fenómeno mundial; en Frost/Nixon cuenta con el ochenta por ciento del trabajo ya hecho antes de empezar: con un guión del autor original, y dos actores que llevan haciendo el mismo papel durante dos años, lo único que le queda a un director -a uno como Ron Howard- es poner la cámara y empezar a descorchar el champán.
Y es así como se explica que a un horror como Howard le haya podido salir una película tan vibrante, tensa y recomendable como ésta.
06/02/2009
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