Cuarta entrega de la exitosa serie de terror donde un grupo de veinteañeros logran engañar a la muerte, sólo para que la muerte vuelva a por ellos una y otra vez, al tiempo que intentan escapar a sus destinos.
Nick, su novia Lori y sus amigos Hunt y Janet, están listos para pasar un día emocionante en las carreras. Pero a medida que se aceleran los motores y los coches circulan por la pista a máxima velocidad, Nick tiene una premonición aterradora con un destornillador que sale fuera del pit, cayendo dentro de la pista, y provoca un efecto dominó que conduce a un accidente horrendo, haciendo que los coches salgan lanzados hacia las gradas llenas de gente.
Atemorizado, Nick convence a sus amigos para que se vayan, logrando que ellos y algunos otros salgan justo antes de que su premonición se convierta en una realidad... y justo antes de que todos ellos hubiesen muerto de manera horrible.
Todos los estrenos de la semana.
| Bobby Campo | Nick O´Bannon |
| Shantel VanSanten | Lori Milligan |
| Nick Zano | Hunt Wynorski |
| Haley Webb | Janet Cunningham |
| Mykelti Williamson | George Lanter |
| Krista Allen | Samantha Lane |
| Justin Welborn | Carter Daniels |
| Dirección | David R. Ellis |
| Guión (basado en los personajes de Jeffrey Reddick) | Eric Bress |
| Producción | Craig Perry y Warren Zide |
| Producción Ejecutiva | Richard Brener, Walter Hamada y Sheila Hanahan |
| Fotografía | Glen MacPherson |
| Música | Brian Tyler |
| Montaje | Mark Stevens |
| Diseño de Producción | Jaymes Hinkle |

Rubén García López
Hace ya bastantes años, la tercera parte de Viernes 13 (Sean S. Cunningham, 1980) decidió hacer evidente el juego de sus películas precedentes, en una estrategia definitoria de lo que el cine de terror- y casi todos los géneros más o menos cercanos a una concepción del cine como espectáculo- empezó a ser, mayoritariamente, en los 80: un juego cómplice con un espectador bien informado acerca de las reglas de éste. Viernes 13 tercera parte (Steve Miner, 1982) repetía, por ejemplo, el final de la primera parte- ya imitado por la segunda- pero dando un bromista y evidente cambiazo. Se afrontaba así una escena imposible en favor del impacto y la broma cómplice.

El tiempo ha pasado, y un buen día a alguien se le ocurre el asesino definitivo: la muerte misma. La saga de Destino final (James Wong, 2000) tiene como eje un accidente masivo del que una premonición salva a varios participantes. Se descubre entonces que la muerte tiene un plan para cada uno de nosotros; si se viola, ella lo replantea para que los que escaparon caigan.
La muerte, a pesar de su invisibilidad, posee cierta caracterización: tiene una mala leche impresionante. Los asesinatos son de un sadismo imbatible (donde a buen seguro radica parte del éxito de la serie). Imperceptiblemente, diversos elementos van tejiendo un espacio que, una vez en acción, se descubre como red causal que lleva inevitablemente a la destrucción de la víctima de turno.

"De turno", he dicho. Tras la muerte de uno, sabemos quién va después. Es como si la muerte cumpliese un trabajo de funcionario, pero es también un elemento claro de complicidad con el espectador, que sabe quién va después, pero, aún así, debe ser sorprendido. Una parte de la sorpresa vendrá de las trampas en relación a este orden. En cualquier caso, se trata de esto: para que la tensión se dé, las reglas del juego tienen que estar claras para el espectador.
Si digo todo esto es porque, de las tres existentes, El destino final es la secuela más autoconsciente de su cualidad de tal, esto es, de film-franquicia con unas reglas que sus espectadores ya conocen. Sabemos que nadie escapará, que la lucha es banal en último término, que nadie gana a la muerte.
"Nunca la muerte ha sido más narradora, por tanto, más protagonista, que en esta película. Olvídense del asesino que persigue, aquí tenemos a una muerte que construye"

Tenemos, si mi memoria no me engaña, la primera burla contundente de nuestras expectativas: la concatenación causal que sabemos llevará ineludiblemente a la muerte de la víctima que toca no servirá para nada parecido, reservando tal papel a un elemento casi olvidado (uno puede calibrar su experiencia en este tipo de cine si no olvida ese elemento inicial y no es engañado). ¿Una muerte burlona? Antes de eso, decir: una muerte narradora. Todos los movimientos de los personajes suceden como respuesta o anticipación a los de la muerte. El guión de esta secuela se guarda ciertos elementos en la manga: el final descubre que el plan de la muerte era más enrevesado que el previsto, que todo estaba construido de forma que llevase a ese momento final. Nunca la muerte ha sido más narradora, por tanto, más protagonista, que en esta película. Olvídense del asesino que persigue, aquí tenemos a una muerte que construye.
Por tanto: muerte autora. Pero ésta, invisible e inmaterial, nunca como aquí se ha mostrado de forma tan transparente: su figura no es sino la del espectáculo mismo. Sus acciones son las del que dispone las piezas de un espectáculo, las del que traba los ejes de identificación, los principios de verosimilitud, las condiciones de su transgresión, las formas del impacto. El destino final resulta una película muy desnuda, pero da igual: observar en ella el proceso de su construcción equivale a observar la acción de la muerte, de modo que el disfrute del espectáculo no deja de residir, en parte, en estar un poco fuera de él, de modo que, contra lo que tantas veces se ha afirmado, la posición de exterioridad respecto al espectáculo se convierte en condición de buena parte de su disfrute.
El otro elemento de juego estriba, claro está, en las 3D. El destino final se permite soñar en cierto momento con lo que éstas se dicen pero, inevitablemente, nunca serán: una celebrada explosión en lo real. Pero me disculparán que convierta esto, de momento, en otra historia.
30/10/2009
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