El número 7 de la calle Grenelle de París está habitado por unos personajes que esconden un secreto. Renée Michel (Josiane Balask), una portera discreta, solitaria, inteligente y culta que aislada del mundo aparenta ser una portera normal y corriente. Paloma Josse (Garance Le Guillermi), una niña de once años superdotada que ha fijado una fecha para suicidarse. Y un enigmático japonés, Kakuro Ozu (Togo Igaw), que al mudarse al edificio unirá a Renée y Paloma, en el fondo almas gemelas.
Mona Achach adapta a la gran pantalla el best seller de Muriel Barbery, La elegancia del erizo.
| Josiane Balask | Renée Michel |
| Garance Le Guillermi | Paloma Josse |
| Togo Igaw | Kakuro Ozu |
| Anne Broche | Solange Josse |
| Ariane Ascarid | Manuela López |
| Wladimir Yordanof | Paul Josse |
| Sarah Le Picar | Colombe Josse |
| Jean-Luc Porra | Jean - Pierre |
| Samuel Achach | Tibère |
| Dirección y guión (inspirado en "La elegancia del erizo" de Muriel Barbery) | Mona Achach |
| Producción | Anne-Dominique Toussaint |
| Producción Asociada | Romain Le Gran y Tarak Ben Amma |
| Fotografía | Patrick Blossie |
| Montaje | Julia Grégor |
| Música | Gabriel Yare |
| Dirección Artística | Yves Brove |
| Dirección de Producción | Pascal Ralit |

Nuria Dufour
El tecnicismo "adaptación" tiene, entre los escritores y cineastas, interesantes acepciones. Para Javier Marías, que no permite trasladar sus textos al cine (el autor se querelló por la versión que Gracia Querejeta realizó de Todas las almas en El último viaje de Robert Rylands), uno de los principales problemas es que "se pierde material". Milan Kundera, del que Philip Kaufman versionó La insoportable levedad del ser (1987), utiliza el término "reducción" para referirse a las adaptaciones: "mientras más quiere el adaptador permanecer discretamente oculto detrás de la novela, más la traiciona; al reducirla, la priva no sólo de su encanto, sino de su sentido". François Truffaut hablaba de "equivalencias" cuando aludía a las formas específicamente cinematográficas que no estaban en las obras originales. Y el guionista y director David Planell (La vergüenza), fija su atención en la estructura y en los personajes "a veces, inoperantes en cine".

Hace un par de años, la novela La elegancia del erizo, de Muriel Barbery, se convirtió en un fenómeno literario en Francia (en España, editada por Seix Barral, ha superado la veintena de ediciones). En las mismas fechas, algo parecido le ocurrió a otra escritora gala, coetánea de Barbery, Anna Gavalda, cuyo bestseller Juntos, nada más realizó Claude Berri (Ensemble, c’est tout, 2007). La acción de ambas novelas ocurre curiosamente en sendos edificios burgueses parisinos, en los que entran en contacto tres personajes solitarios, aparentemente inconexos, envueltos de un halo onírico, con una visión muy crítica sobre su entorno. Una, la de Gavalda, desarrollaba fílmicamente el argumento; la que nos ocupa, no logra imponer, ni contrapesar siquiera, la imagen al texto, aunque la directora, Mona Achache, autora también del guión, afirme haber rodado una versión libre de la novela de Barbery, intentando huir de la enorme carga literaria de la obra, cosa que no consigue.
El guión de El erizo modela alrededor del trío protagonista una singular burbuja que la realizadora pincha cuando se le antoja. Paloma Josse tiene 12 años, se sabe superdotada y ha planeado no cumplir 13. Para ella, tanto la vida como su elitista familia son absurdas. Renée Michel, la portera del inmueble desde hace tres décadas, tiene 54. Tras una apariencia hosca se esconde una mujer frágil que ama a escondidas la narrativa clásica rusa, disfruta con la filmografía de Yasujiro Ozu y escucha a Mahler. Vive con la sola compañía de un gato al que llama León (Tolstoi). Y Kakuro Ozu es un elegante japonés, que adquiere uno de los lujosos pisos del edificio y establece con la portera una relación de tú a tú.
"Una historia pausada, que se resquebraja, construida a partir de los brevísimos instantes en que se cruzan los pensamientos de las tres patas que articulan el relato, con el aliciente de la de Josiane Balasko (Renée). Su interpretación, a base de miradas, es lo único que sobrevive a tal avalancha literaria".

El resto de personajes pululan por los planos entorpeciendo en ocasiones una trama que se apoya exclusivamente en los offs de la preadolescente y en los silencios de la conserje, creándose en el inmueble un microcosmos de tinte intelectual que el texto original madura sin premura a lo largo de casi cuatrocientas páginas y la película sintetiza en 90 minutos, sacrificando mucho en el recorrido.
De hecho, debido a un inexistente tratamiento dramático, son más los aspectos que distancian El erizo película de El erizo (la elegancia del) novela. Los dos puntos de vista que el texto original intercala a modo de monólogos interiores, las "ideas profundas" que Paloma numera y los recuerdos y sensaciones evocados por la portera, la cinta los reduce a uno, mermando tanto el conflicto argumental que las eruditas disertaciones de la niña, conductora absoluta del relato, terminan hartando.
Una historia pausada, que se resquebraja, construida a partir de los brevísimos instantes en que se cruzan los pensamientos de las tres patas que articulan el relato, con el aliciente de la de Josiane Balasko (Renée). Su interpretación, a base de miradas, es lo único que sobrevive a tal avalancha literaria.
11/12/2009
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