El final de las historias de amor en el cine - cine | Kane 3

El final de las historias de amor en el cine

¿Sonrisas... o lágrimas?

Imaginemos la situación. Usted lleva algún tiempo enfrascado en la escritura de un guión y ha pergeñado unos personajes intensos y creíbles que viven una historia de amor fuerte y poderosa. No se puede decir que con ella vaya a poner un punto y aparte en la filmografía romántica, pero sí que ha conseguido dotarle de los suficientes rasgos de originalidad como para distinguirla dentro del género, e incluso para marcar tendencia en los próximos años. Ahora le asalta una gran duda: el final. No se trata de un problema de forma, pues tiene unas cuantas buenas ideas donde elegir, sino de concepto: la historia de amor, ¿debe tener un final feliz o desgraciado? ¿Será una película que acaba bien o que acabe mal?

Por Francisco Moreno

Memorias de África (Sydney Pollack, 1985)
Memorias de África (Sydney Pollack, 1985)

Aunque no le ayude a tomar una decisión, tal vez le sirva de consuelo saber que por esta misma situación ya han pasado antes centenares de guionistas, y no mucho menor número de productores, directores y montadores, y que a veces la duda se ha prolongado hasta muy poco tiempo antes del estreno (es el caso de todas aquellas películas para las que se rodaron finales alternativos). Cabe pensar que cuando se produce una dicotomía de esta clase es porque nunca se ha tenido muy claro lo que se pretendía contar o transmitir al espectador. Pero no siempre es así. Al cabo, todo es relativo, también en los ámbitos moral e ideológico. Y no hay que olvidar, además, que en la elaboración de películas intervienen multitud de factores.

Lo que el viento se llevó (Victor Fleming, 1939)
Lo que el viento se llevó (Victor Fleming, 1939)

Uno de esos factores es, por supuesto, la razón comercial. Pero en este caso concreto ni siquiera ese argumento es fiable. Si usted ya tiene productor para la película, lo más probable es que le aconseje que la historia de amor tenga una conclusión feliz. Mejor dicho, feliz, feliz, no, porque el denostado happy end pasó de moda hace lustros y sólo pervive ya en esas comedietas rosas que son el fast food adolescente del cine sentimental. En la actualidad, se considera que una historia de amor trazada con tintes dramáticos acaba bien cuando parece que sus protagonistas van a darse una (más que incierta) nueva oportunidad o cuando la imagen se congela sobre una mirada en la que quizá hay un destello de esperanza. Lo cual, todo hay que decirlo, no es poca cosa para los tiempos que corren.

Pero volvamos a nuestro productor: ¿tiene razón al considerar que un final feliz (o esperanzador) es sinónimo de comercialidad? Es posible que así sea, aunque de un modo muy coyuntural e incluso muy corto en sus aspiraciones. Porque si nos ponemos a inventariar películas con inolvidables historias de amor dentro, encontraremos que la práctica totalidad de ellas tienen un final triste, cuando no directamente acongojante. Ahí están, sin querer hacer la lista exhaustiva, Casablanca, Titanic, Los puentes de Madison, Lo que el viento se llevó, Breve encuentro, El paciente inglés, Memorias de África, Dos en la carretera, Doctor Zhivago, West Side Story, Lo que queda del día... Por no hablar de títulos de menor prestigio, pero no inferior trayectoria comercial como Love Story, Anónimo veneciano y sus múltiples y variadas imitadoras. En esto, el cine no se diferencia de la literatura, cuyas inmortales historias de amor (de Romeo y Julieta a Ana Karenina, de La Celestina a Werther) son precisamente aquellas en las que, al final, interviene la mortalidad.

"Las historias que tienen un final trágico son las que perduran en el recuerdo, las que convertimos en clásicos imperecederos, las que traspasan la pantalla y se instalan para siempre en el inconsciente colectivo"

Sería erróneo, no obstante, creer que el público prefiere de manera consciente un final triste para las historias de amor. Si una historia engancha y emociona, si ha conseguido la plena identificación con sus personajes, el espectador quiere para ellos una solución igual de dichosa como la que desearía para sí mismo. Es más, le incomoda, durante la proyección, la sospecha de que todo pueda acabar en tragedia. Por eso el final feliz representa una sensación de alivio, la seguridad de que no nos van a hacer pasar un mal rato. Sin embargo...

Casablanca (Michael Curtiz, 1942)
Casablanca (Michael Curtiz, 1942)

¿A quién no le ha ocurrido, después de presenciar uno de esos finales felices que habíamos deseado, sentir vergüenza ante la propia debilidad? Y no sólo eso. Es muy posible que ese mismo final que nos deparó un breve momento de satisfacción pronto comience a parecernos forzado, ilógico, complaciente, engañoso, en dos palabras: de película. En estos casos, muy frecuentes, es seguro que no tardaremos demasiado en olvidar la cinta que tan pasajero y efímero placer nos reportó. ¿Cuántos se acordarían hoy de las películas citadas más arriba de haber sido otro su desenlace?

Está claro que las historias que tienen un final trágico son las que perduran en el recuerdo, las que convertimos en clásicos imperecederos, las que traspasan la pantalla y se instalan para siempre en el inconsciente colectivo. ¿Es, acaso, porque hay una mayoría masoquista? En parte, sí.

Probablemente, en lo sentimental, el ser humano tenga una marcada tendencia al masoquismo. Pero no es sólo eso. El triunfo final en nuestra memoria de los finales tristes sobre los felices se debe también a la función terapéutica que cumplen: son catárticos, nos fortalecen, nos ayudan a entender nuestra humana condición. Igual que ocurre con la aplicación de medicamentos de desagradable ingestión, tememos el momento del trance, siempre penoso o doliente, pero agradecemos a la larga sus benéficos efectos. Nos mortifica, mientras vemos el filme, que Rick no se vaya con Ilsa en la escena culminante de Casablanca, pero tiempo después no cambiaríamos por nada ese final, porque su efecto vicario nos ha hecho sentir que somos mejores.

Dos en la carretera (Stanley Donen, 1967)
Dos en la carretera (Stanley Donen, 1967)

Al margen de consideraciones artísticas y comerciales, las películas de amor que acaban mal son quizá, y puede que esa sea otra de las razones de su éxito, las únicas que cumplen un principio de honradez. Parten de un axioma: todas las historias de amor tienen fecha de caducidad (y el truco de muchas de ellas consiste en adelantar esa fecha a la época en la que el amor está en su apogeo: los amores, como las personas, que mueren en toda su plenitud, se convierten en leyendas).

El final de un amor puede estar condicionado por la muerte, por la presión de la sociedad en sus muy variadas formas, por una separación dictada por la abnegación o el heroísmo, por la decisión de uno de los amantes de no seguir adelante... Y eso sucede en el cine lo mismo que en la vida cotidiana. El hecho es que, por una razón o por otra, el amor siempre se acaba. Un pesimista resumiría esta incuestionable verdad conviniendo, con el título del poema de Louis Aragon, en que no hay amores felices. Con un pensamiento menos fatalista, cabría proclamar, por contra, que el amor es feliz..., mientras dura, y que la aspiración de eternidad es uno de esos absurdos tan propios del evolucionado australopiteco. Citemos, para compensar, a Jacques Prévert, otro poeta francés cuando exclama: "Soy feliz: me dijo que me amaba, y no añadió que para siempre".

Por otra parte, si el destino de todo amor no es otro que el de consumarse, primero, y consumirse, después, habrá que convenir en que el truco de las historias con final feliz no es otro que el de darlas por concluidas mientras el amor aún está vivo, con lo que se evita así la contemplación de su ineludible término. Porque, ¿qué pasaría si cualquiera de esas historias continuara? Pues que antes o después llegaríamos a un desenlace funesto. Eso lo intuye cualquier espectador, y esa es la razón por la que los finales felices, aunque bien recibidos al pronto, nos dejan luego en el ánimo un sabor a mentira.

Doctor Zhivago (David Lean, 1965)
Doctor Zhivago (David Lean, 1965)

Ya puestos, cabe aquí mencionar ese subgénero peculiar cual es de los amores más allá de la muerte. Esos sí que no se acaban nunca, pero, ¿qué pasa con ellos? Pues que el personal no acaba de creérselos. Son, tal vez, demasiado platónicos para estos tiempos de apreciable carnalidad. Y aunque alguna vez les suena la flauta del éxito (recuérdese la inefable Ghost, a la que, no obstante, hay que reconocer no poca astucia) lo normal es que pasen con más pena que gloria. Además, aunque antaño el tema dio títulos estimables (Sueño de amor eterno, tan celebrada por los surrealistas), en la actualidad es coto privado del más estulto cine romántico que se fabrica en Yanquilandia.

Pero volvamos a nuestro imaginario guionista del principio. Es evidente que el impacto final de su vehemente historia de amor dependerá absolutamente del acierto y la emoción, la calidad, en suma, con la que sepa dotar a su resolución, sea ésta del tipo que sea. Pero la primera elección sigue estando ahí: ¿buscará la inmediata gratificación del final consolador o apostará por el riesgo que siempre existe cuando al espectador le haces un nudo en el estómago? Si a pesar de todo lo anteriormente expuesto se inclina por la primera posibilidad, sólo cabría desearle el hallazgo de una inspirada situación y el añadido de una banda sonora en estado de gracia que acompañe a sus condescendientes imágenes. Es la única fórmula para que un final feliz resulte inolvidable. Recuerde, eso sí, que la lluvia torrencial y un animal perdido ya fueron recursos utilizados en Desayuno con diamantes.

Artículo publicado en el número 5 de KANE 3 (febrero 2006)

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