Después de la guerra civil española, Ofelia (Ivana Baquero) y su madre (Ariadna Gil) se van a vivir a un pequeño pueblecito, con Vidal, el nuevo marido de la última, que es capitán del ejército franquista.
A Ofelia no le gusta esta nueva vida, pero una noche descubre las ruinas de un laberinto donde se encuentra con un fauno (Doug Jones), una extraña criatura que le hace una increíble revelación: Ella es en realidad una princesa, última de su estirpe, a la que los suyos llevan mucho tiempo esperando.
Para poder regresar a su mágico reino, la niña deberá enfrentarse a tres pruebas antes de la luna llena.
| Sergi López | Vidal |
| Maribel Verdú | Mercedes |
| Ivana Baquero | Ofelia |
| Álex Angulo | Doctor |
| Ariadna Gil | Carmen |
| Doug Jone | Fauno |
| Roger Casamajor | Pedro |
| Dirección, guión y producción | Guillermo del Toro |
| Productor | Alfonso Cuarón |
| Productor | Álvaro Agustín |
| Productora | Berta Navarro |
| Productora | Frida Torresblanco |
| Productor Ejecutivo | Edmundo Gil |
| Fotografía (Oscar 2007) | Guillermo Navarro |
| Música | Javier Navarrete |
| Diseño de Producción (Oscar 2007) | Eugenio Caballero |
| Director de Producción | Víctor Albarrán |
| Sonido | Miguel Polo |
| Maquillaje Especial (Oscar 2007) | David Martí (DDT) |
| Maquillaje | Pepe Quetglas |
| Figurinista | Lala Huete |
| Efectos especiales | Reyes Abades |
| Montaje | Bernart Vilaplana |

Con El espinazo del Diablo (2001) Guillermo del Toro abrió el camino para un híbrido que parecía impensable en el cine español: el cuento fantástico de posguerra. Siempre atado a una representación ética y realista del conflicto, nuestro cine ha sido incapaz de trascenderlo hacia algún tipo de reflexión mítica o estética, y lo ha derivado hacia un naturalismo cada vez más tópico y banal. Con El laberinto del fauno, Del Toro aumenta su apuesta y, siguiendo por esos caminos poco trillados, se aventura aún más. Si El espinazo del Diablo era una traslación de una clásica ghost story a los áridos escenarios castellanos, ahora se adentra en los delicados territorios de Arthur Machen y sus relatos sobre remotos mundos paganos que viven paralelos al nuestro.

Ambientada en algún remoto lugar del norte de España durante la inmediata posguerra, la cinta desvela el doble proceso de iniciación de una niña en el mundo de lo fantástico y en el de la más terrible realidad. Dos niveles narrativos antitéticos que interactúan y se cuestionan el uno al otro: la posibilidad de evasión del mundo que propone el primero frente a la imposibilidad de redención y esperanza que parece inherente al segundo. No es tarea fácil, ya que el cineasta puede ser acusado de frivolizar con un tema que aún levanta ampollas o de enfangar con sangre y dolor una fantasía blanca y luminosa.
"Nunca en el cine español se han visto efectos especiales más hermosos que éstos. Deslumbrantes porque no tratan de llamar la atención y se adaptan con admirable rigor y sentido poético a ambientes de un triste costumbrismo"
Del Toro, sin embargo, sale airoso y fortalecido de ese choque de su material narrativo. Tal vez sea su origen mexicano el que le permite acercarse a la guerra civil con una actitud menos reclinatoria de la habitual en los directores españoles. Hay incluso cierto aire pulp en su retrato de esos soldados franquistas con resplandecientes uniformes azules montados a caballo, como si fueran nazis surgidos de algún serial de los años cuarenta. O en esos siniestros coches negros con el yugo y las flechas, en esos decorados admirables que combinan el costumbrismo de posguerra con una sutil y maliciosa distorsión de sus formas, como si se estuvieran degradando y desvelando su filiación con mundo primitivo y oculto.

Da la impresión de que Del Toro podría haber cargado más las tintas en esa conversión de un referente histórico en una representación fantasiosa, hiperbólica, más acorde con la mirada infantil que domina buena parte del filme. Quizá cierto temor o respeto hacia nuestra tradicional manera de encarar el tema le ha hecho contenerse en ese aspecto y darle al relato un tono enfático y solemne. Esa falta de ironía y sentido del humor de los que el director ha hecho gala en otras ocasiones es el único reparo que se le podría poner al filme (aparte de alguna interpretación nada convincente).
Pero donde Del Toro se muestra absolutamente desprejuiciado es en su franca y apasionada inmersión en el otro nivel del filme, ese universo fantástico poblado por faunos, hadas y sapos gigantes. Nunca en el cine español se han visto efectos especiales más hermosos que éstos. Deslumbrantes porque no tratan de llamar la atención y se adaptan con admirable rigor y sentido poético a ambientes de un triste costumbrismo. En esa naturalidad con que el elemento maravilloso es integrado en la imagen realista, Del Toro está mucho más cerca de gente como Jan Svankmajer o Neil Jordan que de las pirotecnias del cine americano.

Como todo buen cuento infantil moderno, El laberinto del fauno es cruel, oscuro y con algún puntillo gore. La gran ironía sobre la que se sustenta el filme es la constatación de que el terrible ogro de los cuentos de hadas está en el otro lado, en nuestro propio mundo. El personaje del capitán franquista, excesivo y grandilocuente, parece tanto la pesadilla producto de la mente febril de una niña como la materialización monstruosa del miedo de un inconsciente colectivo. Es como si los rituales de exorcismo y control de la realidad que proporcionaba el cuento infantil hubieran fracasado, y sus personajes se hubieran convertido en seres reales. Y sólo los malos: el ogro de cuento se hace carne y habita entre nosotros. Quizá por ello la película Del Toro es pesimista y tristona, pero también otro estimulante capítulo más en su eterna búsqueda de una inocencia que quizá nunca tuvimos.
Roberto Cueto
Crítica publicada en el número 11 de Kane 3 (septiembre - octubre 2006)
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