Eduardo (Roberto Álvarez) es un hombre de mediana edad, casado y con hijos; dedicado a la política y residente en Madrid.
Su hermana mayor Julia (Carmen Maura) recibe su visita con la intención de pasar el fin de semana. Ella aún vive en la vieja casa familiar en la localidad coruñesa de Pontemaceira.
Pero la llegada de Eduardo no se quedará en el mero reencuentro de dos hermanos; el motivo: Vanesa (Verónica Echegui), la joven y hasta entonces oculta amante del político.
| Carmen Maura | Julia |
| Roberto Álvarez | Eduardo |
| Verónica Echegui | Vanesa |
| Antonio Durán "Morris" | Hugo |
| Dirección | Antonio Hernández |
| Guión | Antonio Galeano, Antonio Hernández, |
| Fotografía | Javier Salmones |
| Montaje | Jorge Goira |
| Música | Pablo Martín |

Recién concluida la campaña electoral, se estrena una producción española realizada en 2006 en torno a una anécdota banal en la vida de un político, que tiene poco de política y mucho del chascarrillo social que tantas horas ocupa en la televisión (lo cierto es que no parece muy complicado ponerle cara(s) al político). Disfrazada de comedia negra con pretensiones de thriller, El menor de los males, noveno título en la filmografía de Antonio Hernández, un interesante director a veces, capaz de dirigir películas tan dispares como Lisboa (1999) y En la ciudad sin límites (2002), sus hasta ahora únicas y grandes aportaciones a los anales de nuestro cine o El gran marciano (2001), una producción oportunista al servicio de un programa televisivo amplificado, es una ficción intrascendente en la que las fichas no están engranadas y la acción se apoya en continuados impactos de efectos engañosos, aderezados con una música repetitiva, cuyos acordes anteceden mucho de lo que va a ocurrir.

La comedia negra española tiene tradición y grandes exponentes. De Berlanga a Alex de la Iglesia, se abre todo un abanico de interesantes títulos y directores. El menor de los males sólo utiliza los ingredientes clásicos en este tipo de guiones: casas grandes, destartaladas y normalmente aisladas, donde los personajes que las habitan esconden algo y tienen, al menos uno de ellos, problemas de movilidad. Estereotipos en definitiva caricaturizados al servicio de un argumento con pretensiones de suspense y de comedia. Pero se queda a medio camino de ambos géneros porque no tiene ni la carga emocional del primero ni la acidez del segundo, aunque la cinta esconda una crítica explícita a la hipocresía de la sociedad que nos ha tocado en suerte.
"Una trama donde la historia se ha dejado en manos de la improvisación y de su actriz principal, Carmen Maura, quien a partir de un personaje carente de registros despliega su contundencia interpretativa hasta conseguir la complicidad con el espectador"
Eduardo (Roberto Álvarez) es un político en la cincuentena, suponemos de éxito, casado, suponemos feliz, y con hijos, a los que suponemos adora. Julia (Carmen Maura) es su hermana mayor, una mujer que aparenta personalidad e independencia y que todavía vive en la residencia familiar, un caserón aislado en la localidad coruñesa de Pontemaceira. La inesperada visita de Eduardo, que llega acompañado de la impulsiva Vanesa (Verónica Echegui, La Juani de Bigas Luna), su amante casi adolescente, con la intención de pasar el fin de semana, convierte a Julia en prisionera de su propia casa. Tanto en Eduardo como en Verónica todo es fachada. Ni Eduardo es el político afable, dichoso hombre de familia, ni Verónica la dulce y candorosa amante. La parte rocambolesca de tan laberíntico asunto corre a cargo de los guardaespaldas y de la eficaz jefa de prensa (Marta Belenguer) del truculento político.

Tres personajes centrales y varios desubicados, encerrados y sin escapatoria, forman el curioso elenco de una trama donde la historia se ha dejado en manos de la improvisación y de su actriz principal, Carmen Maura, quien a partir de un personaje carente de registros despliega su contundencia interpretativa hasta conseguir la complicidad con el espectador. Gracias a ella se aguantan los desatinos por los que el enredo va conduciendo el anodino embrollo de supuestas intrigas político-familiares con moralina, desarrollado en 24 horas de claustrofobia descafeinada, donde la tensión en lugar de aumentar decrece hasta el hastío a medida que avanza el metraje y los protagonistas ponen sus cartas boca arriba, antesala de un remate tan falso como predecible, con guiño incluido a la actualidad más rosa en el nombre de un personaje que irrumpe ruidosamente en mitad del lío, Hugo Patiño, paparazzi para más señas.
La película es larga y arranca tarde porque se relame en preámbulos que no llevan a nada y cuando la verdadera personalidad del político y de la joven amante se plantea, el desenlace apresura el final entre una serie de secuencias escabrosas e innecesarias. Demasiadas carencias narrativas para un suceso sin fondo ni forma.
Nuria Dufour
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