El Reich ha muerto. ¡Viva el Reich! - cine | Kane 3

El Reich ha muerto. ¡Viva el Reich!

Hace menos de un año tuve la oportunidad de visitar Dachau, el campo de concentración cercano a Munich. A pesar de estar a cielo descubierto, el ambiente allí es opresor, desasosegante, claustrofóbico. Sin embargo está más cerca del parque de atracciones que del museo del horror: en la audioguía un superviviente narraba cómo, al volver al campo varias décadas después, se había encontrado con un paisaje "humanizado", limpio y lleno de zonas verdes, un parque de paseo del que se había borrado cualquier vestigio de bestialidad.



Por Israel de Francisco


Pocas edificaciones permanecen allí en pie: dos barracones repletos de abigarradas literas, varios templos levantados por otras tantas confesiones religiosas, unas cuantas torretas de vigilancia, un par de hornos crematorios contiguos a las "duchas" donde se gaseaba a los prisioneros... y la cárcel del campo, allí donde terminaban los más díscolos de los "niños malos", los rebeldes entre los "degenerados e inferiores". Este último edificio sí que aterra, pues tuvo vida más allá del campo de concentración (al ser usado por las tropas norteamericanas como centro de reclusión de prisioneros en la inmediata posguerra), lo que ha permitido que haya llegado hasta nuestros días en un estado más real a lo que en sus días de máximo terror fue: sus celdas de mínima capacidad tienen aún en sus paredes los testimonios de aquellos que fueron sus moradores, formando un horror vacui de rallones ininteligibles sobre el enyesado.

En ningún sitio como allí noté la angustia del dolor acumulado impregnando aquellos muros. Sus garabatos eran como desesperadas últimas llamadas, cicatrices que rasgaban una triste pintura, señalando su innombrable presencia... quizás cartas dirigidas a los que aquel lluvioso día de julio contemplábamos trémulos y llorosos los límites del ser humano. El campo de Dachau es en sí mismo una cicatriz en el corazón de Europa, una herida cerrada en medio de una bonita urbanización de chalets unifamiliares a las afueras del próspero trajín muniqués. Un espectáculo para turistas y grupos de escolares, una brecha de costra demasiado bonita... y confusa.


«Estáis persuadidos de que hemos vivido y vivimos en la posteridad de Hitler: me parece demostrado que él ha ganado la guerra. Su propia paranoia, que no era individual, sino histórica, ha vencido a todos los Estados, ha investido su política exterior, y ello sin ninguna excepción». Así se expresaba Michel Serres en Hermes III: La Traducción (Ed. Minuit, 1974), desvelando sin ningún tapujo cómo las potencias vencedoras terminaron asumiendo el nacionalsocialismo en ese paranoico desafío que durante casi medio siglo dividió al mundo en dos bloques (aparentemente) irreconciliables.


"El sistema impone su singular lección magistral, cuya primera asignatura es la obediencia a través del miedo: en varias ocasiones se menciona la Bomba-H, generadora de ese horror colectivo que inhibe el deseo de libertad individual, un tesoro del que se puede prescindir si se obtiene el anhelo de una seguridad (por muy parcial que ésta pueda parecer)".

«Los semejantes se reconocen entre sí», le oí decir un día al profesor Gustavo Bueno. Supongo que a alguien se le ocurrió en los Estados Unidos que si iban a jugar al gato y al ratón con la Rusia de Stalin deberían hacerlo con las mismas reglas, no fuera a ser que les acusaran de desleales. Y para alcanzar en dramatismo y crueldad a sus "homólogos" soviéticos (que "El Hombre de Acero" ya venía con una experiencia contrastada en las asignaturas del campo de concentración y la tortura, como después supo el mundo a través de esa joya del humanismo que fue el Archipiélago Gulag de Alexandr Solzhenitsyn), los norteamericanos se pusieron rápidamente manos a la obra a través del senador McCarthy, su peculiar "Hombre de Hojalata" que, como en El Mago de Oz, demostró no tener corazón.


Es este contexto el que Martin Scorsese ha elegido para su última película, Shutter Island, un relato que habla de forma muy explícita acerca del control institucional sobre la salud mental de la sociedad, donde el territorio cerrado de la isla a la que se refiere el título despliega toda una alegoría sobre el aislacionismo que facilita la vigilancia (a la altura del Gran Hermano orwelliano) a través de un protagonista de personalidad confusa.


La aparición de nombres transmutados en anagramas va más allá de su explícita enunciación: el desorden de las letras que los forman fomenta la crisis de la identidad, permitiendo el control sobre la voluntad, creando una espiral de falsedades, un antojo de espejos metafísicos en los que el Yo y su doppelgänger se intercambian no sólo los papeles sino también sus espacios, manejados éstos (el real y el virtual, el de la vigilia y el del sueño, el de la consciencia y el de la inconsciencia...) por ese titiritero llamado Estado.


El sistema (a través de sus herramientas, ese soporte físico en forma de impunes funcionarios) impone su singular lección magistral, cuya primera asignatura es la obediencia a través del miedo: en varias ocasiones se menciona la Bomba-H, generadora de ese horror colectivo que inhibe el deseo de libertad individual, un tesoro del que se puede prescindir si se obtiene el anhelo de una seguridad (por muy parcial que ésta pueda parecer). La histeria general provoca desmanes que en circunstancias normales la sociedad no consentiría, pero la permanente sensación de amenaza no permite pensar con la suficiente lucidez.


Para llegar a un punto de éxito se necesita un laboratorio de experimentación cerrado a los ojos de los ciudadanos (los potenciales consumidores): de ahí el postigo o contraventana (shutter) que veta la mirada ajena e invita al abuso institucional; de ahí el reciclaje al que fueron sometidos los antiguos enemigos nazis, ahora transmutados en venerables científicos al servicio de su nueva patria, aquella que magnánimamente les acogió y les liberó del enjuiciamiento; de ahí la perversa utilización de los traumas de guerra, que vomitaron a cientos de miles de soldados a su país de origen con unas secuelas que les mantuvieran rehenes, dóciles para la manipulación experimental. De ahí también la crónica de una sociedad dominada por el machismo patriarcal, un mundo donde los científicos exilian y hostigan a sus compañeras de profesión (la doctora que se recluye en las cavernas, huyendo de la persecución), donde existen mujeres a las que no se las escucha (la reclusa que advierte al protagonista que huya) y donde algunos maridos matan a sus esposas por haber asesinado a sus hijos (un conflicto generacional que perpetúa el dolor de los que mandaron a los suyos a una muerte segura, a una guerra para liberar al mundo de aquellos que después acabarían por importar a los USA la misma metodología que suponía una amenaza).

La sociedad queda así amputada de un futuro en el que atisbar cualquier esperanza, viviendo en un presente contaminado de doloroso pasado del que es imposible escapar.

Shutter Island dispara sus dardos envenenados más allá del evidente conflicto argumental, ese que debido precisamente a su explícita resolución parece querer negar la teoría sobre la navaja de Ockham, pues lo más simple no siempre es lo más obvio: es como aquel que, señalando, decía "Mira la luna"... y el tonto miraba al dedo. La última frase del protagonista en forma de pregunta retórica ("¿Es preferible vivir como un monstruo o morir como un hombre bueno?") se encadena con el plano final del faro, donde parece ser conducido para la "solución final": un espacio cerrado a las miradas, monolítico en sus formas (de evidente carácter fálico, que dirían los seguidores de Freud, ampliando el sentido andrófilo que planea sobre un relato plagado de poder masculino), apartado del complejo institucional/centro de reclusión/campo de concentración, un espacio que funciona a modo de alfombra bajo la cual se esconde la suciedad que molesta a la vista. Y, dentro de él, el "Pabellón C", lo más parecido que jamás haya visto a la cárcel de Dachau. Esta vez sí, con inquilinos... pero en la Bahía de Boston, a unas cuantas millas de la costa norteamericana.

05/04/2010

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