Cassandra´s Dream es el nombre del velero que, a pesar de sus apuros económicos, se compran dos hermanos, Ian (Ewan McGregor) y Terry (Colin Farrell).
Ian conoce a Angela (Hayley Atwell), una joven actriz que llega a Londres en busca de un futuro prometedor, de la que inmediatamente se siente fascinado. Por otro lado, la debilidad de Terry por el juego, provocará que ambos confluyan en un callejón sin salida en el que su situación financiera será extremadamente delicada.
La aparición de su tío Howard (Tom Wilkinson), recién llegado de Estados Unidos y con un pasado aparentemente repleto de éxitos, supone un alivio para la economía de los hermanos. Pero todo tiene un precio...
| Ewan McGregor | Ian |
| Colin Farrell | Terry |
| Tom Wilkinson | Howard |
| Hayley Atwell | Angela |
| Sally Hawkins | Kate |
| John Benfield | Padre |
| Clare Higgins | Madre |
| Ashley Medekwe | Lucy |
| Dirección y guión | Woody Allen |
| Producción | Letty Aronson, Stephen Tenenbaum, Gareth Wiley |
| Producción ejecutiva | Vincent Maraval, Brahim Chioua, Daniel Wuhrmann |
| Fotografía | Vilmos Zsigmond |
| Montaje | Alisa Lepselter |
| Música | Philip Glass |

Allí donde Match Point (Woody Allen, 2005) era elegante e irónica, El sueño de Casandra (Woody Allen, 2007) pretende recrear una atmósfera sórdida que nunca llega a cuajar como tal. Ni es un drama sólido sobre la decrepitud moral en la que caen los dos hermanos protagonistas ni tampoco un tratado filosófico complejo sobre la autonomía y la libertad de las personas en connivencia con sus acciones, la culpa, el remordimiento y las siempre discutibles responsabilidades individuales.

El sueño de Casandra habla de todo esto como podría hacerlo sobre técnicas de papiroflexia; su puesta en escena está plagada de salidas fáciles, el guión de lugares comunes y la reflexión de fondo se nos antoja, por decirlo eufemísticamente, poco original. Siendo generosos podemos discernir cierta singularidad en Terry, el hermano dostoievskiano que interpreta (con cierto manierismo pero más metido de lo habitual) el bueno de Colin Farrell. Este joven de cama humilde y algo alocado se muestra frágil desde el comienzo, aun antes de enfrentarse al nudo gordiano que dará rienda suelta a sus pensamientos más oscuros.
Por si no ha quedado suficientemente claro, El sueño de Casandra es la película más floja de las tres que el cineasta de Brooklyn ha filmado en el Reino Unido y una de las piezas más deplorables de toda su carrera cinematográfica, que no es decir poco. El filme, que continúa de algún modo las andanzas del Chris Wilton (Jonathan Rhys-Meyers) de Match Point una vez perpetrado el crimen del desenlace (con dos vías antagónicas: Terry, carcomido por el remordimiento, e Ian -Ewan McGregor-, deseoso de ascenso social y económico), intenta introducir una reflexión sobre las diferencias de clase y los distintos tipos de justicia que se dispensa a cada cual (o que uno mismo diferencia, interiormente); una justicia más divina que humana.
"El problema de El sueño de Casandra no es tanto su indefinición como su formulación. En esta ocasión Allen pretende hacer de Dostoievski partiendo de un guión que, más que redefinir, formula"

Al deus ex machina devorador lo interpreta Tom Wilkinson con la entereza que le otorga la experiencia, los años de combate dando cuerpo a personajes contradictorios y decisivos. Su sentido de la moral opone el gesto imperturbable a lo repugnante de sus palabras, dejando de lado el sentido del humor que a veces parece venirle de serie. El tío Howard, su personaje, actúa obnubilado por la presión de la vergüenza y el riesgo a la crisis social y familiar, sin tener demasiado en cuenta a sus sobrinos. Howard elimina con el dedo, en otra interesante deliberación sobre el lugar y la accesibilidad del poder en nuestra sociedad.
El lugar común (que hace tiempo que campa a sus anchas por la filmografía de Woody Allen) no sólo ha sustituido a la originalidad y frescura de sus mejores trabajos sino también al propio sello que dejaba impreso el cineasta judío en cada diálogo: el humorismo despiadado y casi siempre descacharrante que incluso en una obra menor como la anterior Scoop (2006) paliaba la despreocupación por la técnica e incluso los defectos de guión.

El problema de El sueño de Casandra no es tanto su indefinición como su formulación. Y es que la obra de Allen, vastísima y llena de altibajos, si se ha caracterizado por algo es por su redefinición del humor americano, de base filosófica, intelectual o psicoanalítica, según qué caso. Puede presentarse un sentido cáustico del humor, en sombras, como el que transmite la cámara en Match Point, o una comicidad explícita, como la de Un final made in Hollywood (2002). En El sueño de Casandra Allen pretende hacer de Dostoievski partiendo de un guión que, más que redefinir, formula.
Al final la trilogía londinense ha arrojado un saldo intermedio para Allen, con un producto excelente, un entretenimiento regular y este relato fallido, si bien una vez más se ha vuelto a comprobar cómo los grandes autores, al intentar ser aún más grandes, corren el riesgo de transformarse en una sombra de sí mismos. Y Allen, como muchos otros, vale más que la sombra de cualquiera.
Marcos Méndez
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