La vida de Arvilla Holden (Jessica Lange) da un vuelco al perder a su pareja. La hija de éste (Christine Baranski) le pide las cenizas del difunto o se quedará sin la casa donde reside. Sus amigas (Kathy Bates y Joan Allen) deciden acompañarla en el viaje. En un Bonneville descapotable del 66, las tres parten desde Idaho camino de California.
A lo largo de los cinco días atravesarán el gran Oeste americano, a través de paisajes bañados de intenso sol, donde conocerán la aventura y a un simpático camionero (Tom Skerrit) quien resulta ser un pretendiente incierto.
Ellas no lo saben. pero están haciendo el viaje de sus vidas.
| Jessica Lange | Arvilla Holden |
| Kathy Bates | Margene Cunningham |
| Joan Allen | Carol Brimm |
| Christine Baranski | Francine Holden Packard |
| Victor Rasuk | Bo |
| Tom Amandes | Bill Packard |
| Tom Wopat | Arlo Brimm |
| Tom Skerritt | Emmett L. Johnson |
| Dirección | Christopher N. Rowley |
| Guión (basado en una historia de Daniel D. Davis y Christopher N. Rowley) | Daniel D. Davis |
| Producción | Robert May, John Kilker |
| Producción ejecutiva | Bob Brown, R. Michael Bergeron |
| Fotografía | Jeffrey L. Kimball |
| Montaje | Lisa Fruchtman, Anita Brandt Burgoyne |
| Música | Jeff Cardoni |

Arvilla Holden (Jessica Lange) acaba de perder a su compañero sentimental tras veinte años de feliz convivencia. Entre ella y Francine (Christine Baranski), la única hija del difunto, nunca ha habido buena sintonía, algo que queda de manifiesto cuando ésta le exige las cenizas del padre para enterrarlas en el panteón familiar junto a su madre, a lo que Arvilla se opone hasta que escucha su amenaza. (Y por si no había quedado claro, tal sentimiento se enfatiza a través del sonido onomatopéyico elegido por la viuda como señal identificativa de las llamadas de la hijastra).

Ésta es a grandes rasgos la idea central de El viaje de nuestra vida, largometraje que firma Christopher N. Rowley a partir de un guión del debutante Daniel D. Davis, con estructura de road movie improvisada en sus comienzos. Porque Arvilla y sus dos grandes amigas, Margene (Kathy Bates) y Carol (Joan Allen), dos mujeres en las antípodas, la liberal de provincias frente a la recatada de manual, se embarcan casi sin querer en un largo y catártico viaje. De Pocatello, en el estado de Idaho, a Salt Lake City, en el estado de Utah, y de allí hasta California para depositar las cenizas de la discordia en Santa Bárbara, pasando antes por la desértica Las Vegas, en el estado de Nevada. 1.129 kilómetros y una semana de asfalto por delante, el de la interestatal 15, protagonista inanimado de la cinta, a bordo de un Pontiac convertible del 66, rojo para más señas.
"Y como no podría haber sido de otro modo, las tres mujeres van a compartir bastante más de lo que pensaban, destapando emociones que les llevarán a sus propios reencuentros. John Huston dijo en alguna ocasión que al final del viaje uno quizá no acabe siendo más feliz, pero sí más sabio"
Al cine americano se le dan bien las películas de carretera. Las enormes distancias que recorren los protagonistas de los más variados argumentos pueden presumir de una gran fotogenia. Algo que ya conseguían en sus memorables westerns con aquellas caravanas de blancas lonas cruzando el país, y que han elevado a la categoría de género cinematográfico con tramas reforzadas por emblemáticos automóviles (Thelma y Louise, Ridley Scott, 1991), auténticas Harleys (Easy Rider, Dennis Hopper, 1969), enormes trailers asesinos (El diablo sobre ruedas, Steven Spielberg, 1971), furgonetas desvencijadas (Pequeña Miss Sunshine, J. Dayton, V. Faris, 2006) e incluso segadoras (Una historia verdadera, David Lynch, 1999).

De norte a sur, de este a oeste o en diagonal, los americanos saben rentabilizar su heterogénea geografía. Es curioso cómo a partir de anécdotas insignificantes, casi inexistentes, llegan a armar historias capaces de sobrevivir a lo largo de hora y media, aunque sus trayectorias estén salpicadas, en muchos casos, de algunos baches narrativos. Pero cualquiera de las incidencias surgidas durante la travesía de El viaje de nuestra vida, insípida traducción del original Bonneville (en alusión al modelo del descapotable y a las llanuras saladas del histórico lago del mismo nombre), resulta fácil disculparlas cuando son Jessica Lange, Kathy Bates y Joan Allen las actrices protagonistas de una aventura, a la que no le falta ninguno de sus habituales ingredientes, incluido el imprescindible Tom Skerritt.
Pañuelos al viento, gafas de sol, moteles retratados con exceso de maquillaje, autoestopistas surgidos de la nada que a modo de espontáneos se cuelan en la odisea, canciones pegadizas, gasolineras de aspecto abandonado en mitad de ninguna parte y el encuentro habitual con el camionero, correcto y atractivo, arquetipo masculino al que tan(m)bien han sabido entronizar, moderno nómada despojado de atributos políticamente incorrectos, son las señas de identidad de una película vista en otras tantas ocasiones.

Y como no podría haber sido de otro modo, las tres mujeres van a compartir bastante más de lo que pensaban, destapando emociones que les llevarán a sus propios reencuentros. John Huston dijo en alguna ocasión que "al final del viaje uno quizá no acabe siendo más feliz, pero sí más sabio". Las tres amigas tal vez lleguen a ese estadio cuando, tras el rocambolesco funeral, continúan en ruta hacia las playas de Baja California, principio de lo que pueda estar por llegar. Pero eso ya queda para la imaginación de cada uno.
Nuria Dufour
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