El 21 de Marzo de 1999, en la edición número 71 de la ceremonia de entrega de los premios de la Academia, Elia Kazan recogió el Oscar Honorífico a toda su carrera. Sin embargo, y al contrario de lo que suele suceder en estas ocasiones, en las que todo el mundo se pone de pie y ovaciona al homenajeado, algunos de los asistentes se quedaron sentados en sus butacas y con los brazos significativamente cruzados. Aquella noche mucha gente decidió olvidar, injustamente, que Elia Kazan fue uno de los narradores con más talento que ha dado la industria del cine, un innovador a la hora de enfocar el trabajo con los actores y un creador artístico incansable que también destacó en el teatro y la literatura. Si su actuación como delator de antiguos compañeros del Partido Comunista Americano resulta injustificable, también lo es el que no se reivindique de una vez por todas su envidiable filmografía, en la que encontramos no sólo un puñado de obras maestras, sino también algunos momentos que por sí solos cambiaron la historia del séptimo arte.
Por Javier Muñoz

Elia Kazan, en realidad Kazanjoglous, nació en 1909 en Estambul, cuando la ciudad aún se llamaba Constantinopla y Turquía todavía era conocida como el Imperio Otomano. Hijo de padres griegos, Kazan emigró con su familia a Estados Unidos cuando contaba con tan sólo 4 años. Se formó en el Williams College, para más tarde cursar estudios de interpretación en la prestigiosa Universidad de Yale. Después se uniría al Group Theatre, fundado por Lee Strasberg, donde empezaría su andadura como actor teatral, lo que combinaría con algunas apariciones en cortometrajes independientes. La década de los cuarenta significó el gran impulso de su carrera. Consiguió papeles secundarios en dos películas de Anatole Litvak, Ciudad de conquista (1940) y Blues in the Night (1941) y comenzó a destacar en la dirección escénica. Dicha cualidad no pasó desapercibida a Hollywood y en 1944 Darryl F. Zanuck le fichó para la Fox, lo que le permitió debutar tras las cámaras con Lazos humanos (1945), adaptación de una famosa novela de la época escrita por Betty Smith.

En 1947, Kazan mostró una actividad insólitamente prolífica para lo que se estila en la actualidad. Realizó para la MGM Mar de hierba, un western melodramático interpretado por la pareja Spencer Tracy y Katherine Hepburn, y dos nuevas colaboraciones con Zanuck para la Fox, El Justiciero, una cinta de misterio con Dana Andrews como protagonista y la obra que significaría su consagración en el séptimo arte: La barrera invisible. En estos primeros trabajos ya se pueden apreciar tres características que más tarde se convertirían en las señas de identidad de Kazan: la adaptación de toda clase de textos (artículos periodísticos, novelas, obras de teatro...), el tratamiento de temas de actualidad por espinosos que estos fueran (la injusticia, el antisemitismo, el racismo...) y la excelente dirección de actores. Con La barrera invisible Kazan obtuvo su primer Oscar. La cinta consiguió además otros dos premios, a la mejor película y a la mejor actriz secundaria (Celeste Holm), por lo que puede decirse que fue la triunfadora de la noche.
Pero siguiendo con el repaso a 1947, Kazan triunfó también en Broadway con el montaje de Todos eran mis hijos, de Arthur Miller, con la que obtendría el Tony al mejor director. Y para rematar el año, en octubre se convirtió en uno de los socios fundadores del Actors Studio, junto a Cheryl Crawford y Robert Lewis. El nombre de Lee Strasberg siempre estuvo asociado a este mítico alumbramiento, pero su colaboración con el centro no se inició hasta dos años después, en 1949. En el Actors Studio, Kazan pudo plasmar su hondo conocimiento de la dirección de actores, aplicando el Método del ruso Stanislavski, quien proclamaba que la creación del personaje por parte de un actor debía nacer desde dentro de él mismo y con sus propias emociones, en contraposición con la inspiración o genialidad por la que abogaban otras corrientes artísticas. Marlon Brando, Paul Newman, Robert de Niro, Meryl Streep, por nombrar sólo unos ejemplos, pasaron por sus aulas y talleres y en la actualidad. El Método se imparte en todo el mundo.

A finales de la década de los cuarenta, Kazan se había convertido en el director favorito de los grandes autores norteamericanos de la época. Con el montaje de Muerte de un viajante, de Arthur Miller, obtendría su segundo Tony en 1949. Tennesse Williams, John Steinbeck o William Inge entre otros llamaban a su puerta para que dirigieran sus obras. Muchos de ellos terminarían trabajando con él en cine, escribiéndole guiones o adaptaciones de sus propias obras. Sin embargo, todavía faltaban algunos años para que eso sucediera. Su siguiente incursión en el celuloide fue para ayudar a su mentor Zanuck, quien tenía arduos problemas para sacar adelante Pinky (1949), una historia sobre racismo que John Ford había abandonado, alegando un problema físico cuando en realidad tenía diferencias irreconciliables con el reparto. Kazan se hizo cargo del proyecto con su habitual soltura y consiguió que las tres actrices protagonistas resultaran nominadas al Oscar, Jeanne Crain como principal y Ethel Barrymore y Ethel Waters como secundarias. Ninguna obtendría la ansiada estatuilla, pero quedaba una vez más demostrado el buen hacer del director con el casting, ya fuera elección suya o impuesto por la productora.

Un año después rodaría Pánico en las calles (1950), impresionante filme negro con tintes catastróficos al haber una amenaza de epidemia de peste de por medio. Eclipsado por otros títulos posteriores, Pánico en las calles es uno de sus mejores trabajos, magnífico preámbulo de La ley del silencio, donde Kazan combina a la perfección las secuencias de acción con otras de intimidad de la pareja protagonista, Richard Widmark y Barbara Bel Geddes. Una fórmula estupenda de contar una historia, que desgraciadamente se ha perdido en el cine actual.
Y es que en los años cincuenta encontramos al mejor Kazan detrás de las cámaras. En 1951 adapta la obra de Tennesse Williams, Un tranvía llamado deseo, con el propio autor al frente del guión. La película sufrió toda clase de censuras debido a la carga sexual de muchas de sus secuencias, inadmisibles para la época. Al final, consiguió estrenarse con tres minutos menos, pero eso no fue obstáculo para que se convirtiera en un éxito de crítica y público y con el paso del tiempo, en un título mítico. Marlon Brando, Vivien Leigh, Kart Malden y Kim Hunter fueron nominados por sus papeles, obteniendo todos ellos el Oscar menos Brando, quien perdió a manos de Bogart y su Reina de África. El propio Kazan también fue nominado, al igual que Tennesse Williams, pero corrieron la misma suerte que Brando. Un año después, actor y director volvieron a reunirse en ¡Viva Zapata! (1952), biopic del revolucionario Emiliano Zapata, con guión a cargo de Steinbeck. Brando fue nominado otra vez, pero perdió de nuevo, esta vez ante Gary Cooper por Solo ante el peligro. Anthony Quinn corrió mejor suerte y obtuvo el Oscar al mejor actor secundario.

Llegados a este punto, 1952, hay que hacer un inevitable inciso. Tras recibir numerosas amenazas y presiones, Kazan accedió finalmente a colaborar con el Comité de Actividades Americanas y delató a varios de sus antiguos compañeros en el Partido Comunista. Algunos de los nombres que dio fueron John Garfield, Lillian Hellman, Clifford Odets y el propio Lee Strasberg. Automáticamente sufrió el recelo y la animadversión de sus compañeros de profesión, quienes no se fiaban del delator. Visto desde la distancia, se puede asegurar que Kazan fue víctima de estar en el lugar equivocado en el momento más inoportuno. Muchos otros que se encontraban en sus mismas circunstancias no fueron citados por las huestes del senador McCarthy, y seguramente, de haberlo sido, hubieran actuado como lo hizo Kazan. Fruto de todo aquel proceso fue Fugitivos del terror rojo (1953), una de sus obras menos conocidas y que plasmaba la obsesión anticomunista de la sociedad norteamericana a través de una historia interpretada por Frederich March y Gloria Grahame.
Un año después, en 1954, Kazan firmó su mejor película, y una de las obras más importantes de la historia del cine. Muchos críticos han querido ver en La ley del silencio un vehículo de justificación por su colaboración en la Caza de Brujas. Puede que en cierta medida lo sea, pero no por ello deja de ser un extraordinario reflejo de las emociones humanas, llevadas al límite en un ambiente tan hostil y corrupto como el que se vivía en los muelles de Nueva York. Para la posteridad ha quedado la secuencia del taxi, en la que Rod Steiger le pide a su hermano, Marlon Brando, que no testifique contra la organización a la que él pertenece. Muchos directores han pasado a la historia por un manejo prodigiosa de la cámara. Kazan pasó en aquel momento a la historia por saber cuándo no hay que mover la cámara. Tres posiciones clásicas para destacar cada uno de los gestos y las emociones transmitidas por los actores. Nada más. Y nada menos. La película obtuvo 8 oscars. Kazan ganó su segundo, Brando fue por fin recompensado y Eva Mare Saint consiguió el de mejor actriz secundaria en su debut cinematográfico. Tras este memorable éxito vendrían Al este del Edén (1955), adaptación del clásico de John Steinbeck que catapultaría a la fama a James Dean, Baby doll (1956), con guión de Tennesse Williams y Un rostro en la multitud (1957), extraordinario drama sobre la manipulación televisiva escrito por Budd Schulberg, su mismo guionista que en La ley del silencio. Al mismo tiempo, Kazan siguió dirigiendo en Broadway, recibió cuatro nuevas nominaciones a los Tony y ganó el premio en 1959 por el montaje de "J.B.", de Archibald MacLeish.

Tras tres años alejado de las pantallas, Kazan regresó con Río salvaje (1960), dirigiendo a Montgomery Clift y Lee Remick. Y un año después, tuvo bajo sus órdenes a Natalie Wood y Warren Beaty en Esplendor en la hierba (1961), un drama romántico vituperado por muchos y vilipendiado por otros tantos. Sea como fuere, significó el pasaporte al estrellato para Beaty, tal y como ocurriera unos años antes con el desafortunado Dean. En 1963, Kazan realizó su película más personal, América, América, una historia sobre inmigración con tintes autobiográficos, ya que estaba basada en su propia novela. Por ella recibiría su última nominación al Oscar, así como otra más por el guión. Ese mismo año, Kazan enviudó y su carrera cinematográfica quedó en un segundo plano, por detrás de la literaria. De hecho, volvió a la gran pantalla para adaptar otra de sus novelas, El compromiso (1969), película de la que no quedaría satisfecho, sobre todo con la actuación de Kirk Douglas.
En plena decadencia filmó Los visitantes (1972), con guión de su hijo Chris. Finalmente, su última película fue El último magnate (1976), una despedida más que digna si tenemos en cuenta de que se trata de una novela de F. Scott Fitzgerald adaptada por el mismísimo Harold Pinter, actual Premio Nobel de literatura. Como en sus principios, Kazan se despidió rodeándose de lo mejorcito de la cultura anglosajona.
El 28 de septiembre del 2003, Kazan falleció a los 94 años de edad. Hoy día no puede, ni debe, ser recordado simplemente por su desafortunada actuación política en un momento muy puntual de su vida. Tampoco debe caerse en la simpleza de quien afirma que sus películas son "teatro filmado". Tal vez lo que mucha gente no le llegó a perdonar fue su falta de arrepentimiento. Pero es que Kazan fue siempre un hombre orgulloso, para lo bueno y para lo malo. "¿Estoy de pie?", pregunta un destrozado Brando al final de La ley del silencio, después de recibir una tremenda paliza. Elia Kazan siempre estuvo de pie, contra viento y marea. Y su cine continúa estándolo.
Artículo publicado en el número 5 de KANE 3 (febrero 2006)
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