La familia Campbell se muda a una impresionante casa victoriana en Connecticut sin saber nada de su terrible pasado: no sólo fue una funeraria donde ocurrieron acontecimientos inconcebibles, sino que el hijo del propietario, Jonah, fue utilizado como mensajero satánico y como portal a través del cual espíritus malignos llegaron a nuestro mundo.
Ahora Jonah, el joven que se comunicaba con los muertos, ha vuelto para acosar a la inocente familia y convertir sus vidas en un infierno.
Film basado en hechos reales. En 1987 en el pueblo de Southington (Connecticut), una familia que acababa de mudarse a una casa que llevaba años vacía en Meriden Avenue vivieron hechos escalofriantes.
| Virginia Madsen | Sara Campbell |
| Kyle Gallner | Matt Campbell |
| Martin Donovan | Peter |
| Amanda Crew | Wendy |
| Elias Koteas | Reverendo Popescu |
| Dirección | Peter Cornwell |
| Guión | Adam Simon y Tim Metcalfe |
| Producción | Paul Brooks, Andrew Trapani, Daniel Farrands y Wendy Rhoads |
| Producción Ejecutiva | Scott Niemeyer, Norm Waitt y Steve Whitney |
| Montaje | Tom Elkins |
| Música | Robert J. Kral |
| Diseño de Producción | Alicia Keyman |

Rubén García López
Para hablar de Exorcismo en Connecticut, este cronista se ve obligado a confesar algo evidente: en el terror, prefiere con mucho el plano extenso, continuo, que desarrolla la sensación como una dimensión más del espacio, al corte repentino o efecto sonoro que provocan una reacción automática y cuya tensión se libera nada más producirse. Así pues, es una cierta cuestión personal el que no me encuentre a gusto con una película como esta, llena de sustos producidos mediante los trucos habituales, que aunque se vean venir pueden sobresaltar igualmente dependiendo de lo sugestionable que uno sea.

A favor podemos recordar un buen guión, que dosifica de forma efectiva la información sobre unos personajes complejos y bien interpretados, y que de hecho en ocasiones queda en tinieblas, sin que nunca se nos den todos los datos, todos los aspectos, y eso porque los personajes de la película ya saben sus propias historias. Exorcismo en Connecticut, por tanto, está protagonizada por seres vivos, y no es mala cosa. El asunto es si además la película, ella misma, está viva.
Volvamos entonces a los gustos del cronista. Como éste no carece de cierto orgullo, no puede evitar pensar que a algo se deben, por algo se mantienen, en algo se fundamentan ciertas fobias, más allá de en una irracional insistencia por parte de una identidad dudosa. Da en pensar, así, que un gusto es una ideología, o parte de ella.
"Un buen guión, que dosifica de forma efectiva la información sobre unos personajes complejos y bien interpretados, y que de hecho en ocasiones queda en tinieblas, sin que nunca se nos den todos los datos, todos los aspectos, y eso porque los personajes de la película ya saben sus propias historias"

Exorcismo en Connecticut está llena de todo lo que hoy se identifica con el cine de terror: sombras fugaces que aparecen en el fondo de los encuadres, estallidos sonoros que coinciden con las apariciones, bandas sonoras sustentadas por cuerdas en ocasiones chirriantes y, por el otro lado, si se tienen ciertas pretensiones, por un piano solitario (que en los créditos, acertadamente, se desafina progresivamente en el encuentro con la muerte y los agudísimos violines), atmósferas lóbregas y muchos cortes de montaje.
Además, se trata aquí de fantasmas: de un tiempo a esta parte, "fantasma" quiere decir la oportunidad de utilizar a unos seres que pueden aparecer en cualquier momento en cualquier lugar sin que estas apariciones repentinas y casi siempre brevísimas deban tener objeto alguno. Takashi Shimizu logró en ocasiones sugerir un orden inaprensible tras la aparente falta de sentido en las acciones del fantasma, pero, tristemente, se trata de una excepción.
Mi "ideología": el terror es un orden previamente a un efecto; una conformación determinada del mundo que tiene un correlato emocional, unas consecuencias físicas, etc. El de los fantasmas es un orden concreto pero en principio incomprensible para nosotros, y que en su encuentro con este mundo puede desatar infiernos o paraísos. Consecuencia: una puesta en escena atenta a la fisicidad de un universo material y la emergencia en este de otro orden, de hecho otra materia. El mejor método es el del plano largo, tal como lo ejercieron Bava, Browning o Fisher.

"Ideología" del cine de terror tal como lo conocemos habitualmente y lo ejercita Exorcismo en Connecticut: el terror es un estado en el cual uno puede ser asustado en cualquier momento, y que se reconoce a través de unos signos determinados, que dicen su pertenencia genérica antes que ejecutar el acto de aterrorizar. En puridad, aterrorizar es aquí asustar, y el susto es una suerte de automatismo físico, una reacción a una conjunción determinada de sonido e imagen. Invadido todo el espacio por la convención genérica, la puesta en escena está por entero determinada a la proliferación de los signos genéricos y la producción de sustos. El terror no es en suma sino un signo del terror. El término "peli de terror" no designa sino un uso social de la película a contemplar, que canaliza e impide toda su posible virulencia.
Reconoce este honrado cronista que puede haber cierta trampa en la exposición de la ideología del cine de terror "dizque" moderno. Acaso en la comparación entre ideologías algo de Exorcismo en Connecticut quede fuera. Pero la descripción de este tipo de puesta en escena la considero acertada. Y, sobre todo, queda dicho, y bien alto, que no se trata aquí tanto de objetividad o subjetividad, sino de algo más importante: de una elección entre ideologías.
02/08/2009
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