Si admitimos que la competición deportiva permite a las sociedades que se pretenden civilizadas resolver sus afanes competitivos, es natural que se convierta en terreno abonado para la épica. Una épica moderna que el cine ha privilegiado mediante el esfuerzo heroico y la victoria de los aparentemente débiles. Eso significa que la música que acompaña esas gestas se emparenta la mayoría de las veces con las broncíneas sonoridades que han identificado a los héroes en el cine de aventuras, el péplum o el bélico. Una larga tradición de fanfarrias y orquestas enfáticas subrayan con sus imparables ritmos estas nuevas batallas del siglo XX.
Por Roberto Cueto

Seguramente, cuando Woody Allen hizo aquella afirmación de que oyendo a Wagner te daban ganas de invadir de Polonia, estaba pensando más en los compositores de corte wagneriano vinculados al III Reich que en el genio de la ópera propiamente dicho. De todos ellos el más célebre quizá sea Herbert Windt, autor de inflamados himnos que interpretaba la soprano Maria Cebotari y compositor de la música de las películas de Leni Riefenstahl, precisamente dos mujeres bien mimadas por el régimen nazi. Su partitura para Olympia (1938) sienta las bases de los acompañamientos del género: basta ver la secuencia del maratón con esas bases de cuerda que crean el necesario subrayado cinético y aportan buenas dosis de suspense mientras los metales homenajean el esfuerzo físico.
Con tanto poderío, Windt afirmó toda una sonoridad del espíritu olímpico harto imitada por aquellos compositores que se han visto involucrados en estas ceremonias, espectáculos mediáticos que potencian una épica similar a la del cine. Leonard Bernstein escribió su Himno Olímpico para el Congreso Olímpico de Baden-Baden de 1981, una hermosa pieza para orquesta y coro que homenajea tanto al deporte como a la música del maestro Aaron Copland. Las Olimpiadas de Barcelona, por su parte, contaron con Angelo Badalamenti y Mikis Theodorakis. Aunque, sin duda, el compositor estrella de estos eventos es John Williams, autor de tres fenomenales y briosas marchas atléticas: la más famosa es su Olympic Fanfare & Theme para las Olimpiadas de Los Ángeles (1984), pero siguieron Summon the Heroes, para las de Atlanta (1996) y The Olympic Spirit para la División de Deportes de la NBC en Seúl (1988). O si no, siempre se puede echar mano de un clásico como Dmitri Shostakovich, cuya Obertura festiva op. 96 fue el leit motiv de los juegos de Moscú (1980). Y Henry Mancini puso música al documental colectivo sobre los Juegos de Munich (1972) titulado Visions of Eight (1973), combinando un estilo clásico con incursiones en el jazz.

Mucho más cool, ya en los terrenos de la música lounge, es la banda sonora de Michel Legrand para Las 24 horas de Le Mans (1971), con ese tono entre sentimental e irónico que solo él era capaz de lograr. Bill Conti aportó a Rocky (1976) las necesarias fanfarrias, pero la cinta es recordada sobre todo por el tema popero Gonna Fly Now, que acompañaba las subidas y bajadas de escalera del héroe. Un toque luminoso en el género del boxeo, que ha tendido más bien a acompañamientos anti-épicos y tristones: basta recordar la preciosa balada Help Me Make It Through the Night que Kris Kristofferson interpretaba en Fat City (1972) o la intensa utilización de la Cavaleria Rusticana de Pietro Mascagni en Toro salvaje (1980).
Aunque para toques sombríos, ninguno como el de la fantasía futurista Rollerball (1975), filme para el que André Previn dirigió piezas de Bach o Shostakovich. Pero son excepciones en un cine deportivo, que prefiere el entusiasmo: desde el inspirado Jerry Goldsmith de Hoosiers (1986) o Rudy (1993) hasta Evasión o victoria (1981) —filme de John Huston donde costaba dilucidar si Pelé era peor actor que Michael Caine futbolista— para el que Conti creó otra dinámica partitura (rescatada en CD por Prometheus Records) más cercana al cine bélico, con obvias resonancias de La gran evasión (1963) de Elmer Bernstein y el Patton (1970) de Goldsmith. Tendencia que ha sido continuada por Sam Spence en los documentales de la NFL (la liga de fútbol estadounidense) y su variado catálogo musical, que va desde el estilo Hawaii 5-0 hasta los temas belicosos donde las trompetas de Patton siguen siendo referencia (la música de Spence está disponible en el CD The Power and the Glory: Music from NFL Films).
Ahora bien, cine y deporte nunca dieron tema más célebre y architrillado que aquél que se apartó de la gran orquesta para volcarse en los sintetizadores. La pasmosa simplicidad de la melodía de Carros de fuego (1981) hizo famoso a Vangelis en todo el mundo. La supuesta novedad no era tal: aunque fuera a través de los sonidos electrónicos, Vangelis era fiel a toda una larga tradición de cantos al esfuerzo y la belleza del atleta.
Artículos publicado en el número 9 de KANE 3 (junio 2006)
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