Raymond Depardon cierra su trilogía Profils paysans con La vie moderne, presentada en la Sección Documental a Competición. Y Jim Finn participó en la Sección La Utopía Yanqui con La trinchera luminosa del Presidente Gonzalo.
Francisco Algarín Navarro.
Sección Documental Competición/ No ficción

El cine es filmar las cosas que están a punto de desaparecer. ¿Y qué es lo que desaparece? El occitano, los que madrugan para acudir al establo, los pocos animales que quedan, la profesión, la presencia de la maleza comiendo terreno a la zona de cultivo.
"Son las seis, es una tarde de otoño. Filmaré esta luz y no podré olvidarla jamás". El travelling se invierte en un alejamiento, movimiento contrario a todo el film. No es solamente el final de La vie moderne lo que parece que se extinguirá cuando desaparezca la luz, sino también los rituales de otra vida, la base de un proceso de búsqueda que ha quedado delimitado en las dos primeras partes de la trilogía Profils paysans, tituladas L´approche y Le quotidien, y que junto con esta hacen de Raymond Depardon el mejor cineasta topógrafo desde Jean Rouch.
La vie moderne
Ver. Volver a ver. La vie moderne presenta una distancia justa y exacta que nada tiene que ver con el mecanismo que Depardon desplegaba en Delitos flagrantes, y sobre todo en Décima sala (película que se intercala en un paréntesis de la trilogía). En esos films la dirección de la palabra venía evidentemente marcada de antemano.
La distancia, por tanto, estaba premeditada porque se trataba de ajustarse a lo que estaba en proceso independientemente de la presencia del cineasta.
En cambio, en La vie moderne Depardon no somete la película a ningún tipo de mecanismo, sino que cada ángulo y cada encuadre vienen delimitados por la propia presencia de los cuerpos.
Es la vertiente del Depardon fotógrafo la que le permite llevar a cabo esas logradas composiciones frontales sin que nunca el encuadre actúe al modo de una jaula. Lo que sucede en el interior de cada escena de La vie moderne es una auténtica explosión de verdad. Y si la verdad explota, es porque Depardon sabe colocarse en un lugar sumamente preciso, porque sabe acercarse a cada uno, respetar las pausas, dar tiempo, incitar a la reflexión, hacer salir las palabras, filmar los gestos.

Sentarse en la cocina en torno a una mesa. Padre, madre, hijos. Esa es la construcción del espacio de lo íntimo. Todos ellos ocupando un lado de la mesa. El otro, corresponde al cineasta, siempre fuera de campo (como mucho veremos un trozo de su cuerpo). La primera parte del acercamiento es entonces la orientación de la mirada y la elección de un interlocutor. La segunda, el modo en el que las conversaciones comienzan. Partir de un supuesto para que pueda negarse o afirmarse. Esa es la estrategia que sigue Depardon, pero siempre con una sutileza que no le resta honestidad a la hora de establecer lazos entre esas personas.
Entonces, poco a poco, en esos travellings que van de la casa de uno a otro, se va reconstruyendo un espacio a partir de pequeñas fragmentaciones que, al sumar los trayectos, forman el imaginario de toda una región. Marcel, Raymond, Germaine, Daniel, son los resistentes, los que no abandonan la tierra, los únicos que esperan la nieve. Luego, en el verano, llegan los turistas.
Sección La utopía yanki
Una cárcel de mujeres que forman parte del Sendero Luminoso. Sendero, senda. La senda es la Abimael Guzmán, el Presidente Gonzalo. Es una senda recta, sin posibilidad de mirar hacia los lados del camino. Es un seguimiento mecánico, casi ciego. Las mujeres recitan las reglas y los castigos, los reproches que se hacen a sí mismas, explican el funcionamiento de la organización y sus objetivos, leen sus manuales, despliegan su ideología. A su espalda, una pizarra, como en La chinoise, un letrero en la pared. Consignas, lemas. Marx, Mao, Stalin.

La audacia de Jim Finn en La trinchera luminosa del Presidente Gonzalo, segunda parte de una trilogía formada por Interkosmos y The juche idea (películas que también se pasarán dentro de la sección de La Utopía yanki) es la de la reconstrucción del Sendero Luminoso partiendo de la más absoluta ficción (las mujeres hablan en navajo y no en quechua, delatándose a veces el acento mexicano). Estos monólogos en recto tono, sin expresión, constituyen un eficaz mecanismo de distanciamiento por parte de Finn, pero sobre todo funcionan como proceso neutro de registro de las palabras y la ideología.
Frente a los que acusan a Finn de ambigüedad y falta de posicionamiento, finalmente a lo que asistimos es a un proceso dialéctico donde la convicción parte del aprendizaje. Y de esa forma, en una vertiente no demasiado lejana del Grupo Dziga Vertov, pero también de Jean-Marie Straub y Danièle Huillet, Finn logra que al final la parte documental termine por aflorar a la superficie. Nada que ver con la propaganda y el panfleto, La trinchera luminosa del Presidente Gonzalo permanece en ese estado cero, donde la palabra se desplaza en el tiempo (la duración del plano) y va adquiriendo la forma. Donde las imágenes, de una cierta inestabilidad, se engrandecen en el encuentro con los rituales y los números musicales impregnados por un rojo pegajoso e intenso.
26/11/2008
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