Primera jornada de la 46ª edición del Festival de Cine de Gijón. Una edición que se presenta un tanto incierta, como todas. O incluso un poco más. Ya sabemos que su programación es de las más arriesgadas en el panorama festivalero español. Inaugura la Sección Oficial (fuera de concurso), la ópera prima del, habitualmente, actor Clark Gregg. En Una parte del cielo, el ciclo dedicado a las directoras en el siglo XXI, pudimos ver un emotivo documental sobre la Mulberry Bush School; y una ficción de cine dentro del cine, en la que Catherine Breillat se nos desnuda emocionalmente.
Por Manuel Barrero.

Asfixia / Chocke de Clark Gregg (EE.UU).
Actor de segunda fila (incluso en su propia película) y ocasional guionista (Lo que la verdad esconde), el debut en la dirección de Clark Gregg se salda con un producto que recuerda un tanto al surrealismo de Wes Anderson, pero sin ese carácter genuino.
Choke (Asfixia) comienza prometedora, pero se diluye cual azucarillo, avanzando a trompicones, sin saber muy bien qué rumbo tomar en cada momento. Una indefinición que perjudica a un film que lleva una potencial carga explosiva en su interior, pero a la que le falla el detonante para hacerlo volar todo por los aires, que es lo que pide a gritos.

La adaptación realizada por el mismo Gregg de la novela homónima escrita por Chuck Palahniuk (El club de la lucha), no consigue ser todo lo radical que promete en su inicio. La incapacidad para las relaciones, problemas la sexualidad, la delgada línea que separa locura y cordura... en definitiva, disfunciones de lo más variadas que retratan a una sociedad enferma. Por desgracia, el director se queda a medio camino en su intento.
Ya sabemos que las películas que suelen abrir (y clausurar) los festivales, no suelen ser las de más calidad, precisamente. Esperamos, pues a que empiece el concurso para empezar a calibrar el verdadero nivel de esta edición.
Hold me Tight, Let me Go de Kim Longinotto (Una parte del cielo: Directoras europeas del nuevo milenio)
Tremendo documental que se adentra en la Escuela Mulberry Bush, situada en Oxford, y especializada en tratar a niños con graves trastornos emocionales.
Kim Longinotto nos muestra los titánicos esfuerzos que llevan a cabo un grupo de diligentes educadores, que intentan paliar los efectos de la terrible situación que viven estas criaturas. Aunque lo que de verdad aterra es ver en qué podemos llegar convertir a nuestros hijos, en pleno siglo XXI, y dentro de una sociedad supuestamente civilizada. Los comportamientos agresivos y violentos no son más que una forma de llamar la atención ante la falta de amor y cariño, que es lo que buscan estos niños desesperadamente.
La loable labor de este ejemplar centro (al menos, así se nos muestra ante la cámara de Longinotto) choca frontalmente con la actitud de unos padres que no saben (o no quieren) desempeñar su rol. Es tremendo ver cómo hay niños que deben ser internados en un centro así, aun teniendo unos padres que tienen en su mano dar todo lo que sus hijos necesitan. Y, al menos, el internamiento denota una cierta preocupación ante la propia incapacidad para educarlos. Pero si uno se para a pensar en todos los niños que no tienen ni esa posibilidad, dan ganas de llorar.

Lo terrible, pues, es que tengan que existir centros de este tipo. Por supuesto, la película aplaude la maravillosa labor que realizan. La directora intenta estorbar lo menos posible, rodando con sencillez, con el menor equipo posible, y dejando una prudencial distancia entre lo filmado y ella. Aún así, nunca niega su carácter transformador de la realidad, ya que su presencia siempre influirá en algún comportamiento. Muy honesto ese momento en el que uno de los niños se niega (en principio) a contestar una pregunta que le hace uno de los educadores, indicando que lo están filmando.
Cerrado con cierto optimismo, este documental de la BBC no esconde las dificultades que entraña el proceso de reeducación. Una tarea ardua y muy complicada; que, sin embargo, es factible si se intenta de verdad. Ningún caso es perdido, y más aún si hablamos de la infancia. Pero siempre queda el poso amargo de ser conscientes del escaso margen de actuación. No en vano, las apariciones de los padres (con los que también se trabaja) en la película son escasas y algo descorazonadoras. Estamos ante un oasis dentro de la podrida sociedad actual. Aunque sabemos que existe un camino para cambiar las cosas, y ésa debe ser nuestra esperanza.
Sex is a Comedy de Catherine Breillat (Una parte del cielo: Directoras europeas del nuevo milenio)
Dirigida por la francesa Catherine Breillat en 2002, estamos ante una película con formas de parodia, de fondo amargo, y en la que no faltan la crítica o la autocrítica. Directora conocida por la íntima relación que sus films establecen con el sexo, hace toda una disertación de los problemas que pueden surgir a la hora de afrontar el rodaje de una secuencia sexual.
Breillat delega en su alter ego, una magnífica Anne Parrillaud, que encarna a una insoportable y algo desquiciada directora que tiene que bregar con una pareja de intérpretes que se detestan entre sí. Entre el prepotente actor, la insulsa actriz y la incapacidad de la directora en la ficción para conseguir algo positivo de ellos; el público termina detestando a estos irritantes personajes (gran trabajo de los tres intérpretes).
Cine dentro del cine, donde Breillat consigue reflejar toda la frustración de unos y otros, pero que quizás estire demasiado su desarrollo, para llegar a un final poco convincente. A pesar de algún buen momento, la película se pierde demasiado en vagas disertaciones, resultando más efectiva cuanto más sencilla es y cuanto menos trascendente se pone.
21/11/2008
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