Desde una chabola del Pozo del Tío Raimundo, aquella barriada construida vertiginosamente en los años 50 con "casas" de barro y lata que crecían como "flores de luna" levantadas durante la noche, el "cura rojo" Padre Llanos insufló a los inmigrantes su ilusión utópica en busca de la justicia y libertad.
Días y años de solidaridad, de rebeldía y de forjarse una nueva identidad soñando con la creencia de que, desde el barrio, se podía cambiar el mundo. Los 60 son los años de la utopía, donde desde una chabola el Padre Llanos lidera a los vecinos, ex-campesinos analfabetos en su mayoría, en la lucha por conseguir una vida mejor, encabezando valientemente el movimiento de los curas obreros.
¿Cómo estas gentes tomaron conciencia de su situación y con su fuerza y cohesión como grupo humano emprendieron la transformación?
| Dirección y guión | Juan Vicente Córdoba |
| Producción | Elena Revilla, Cecilia Maric, Esperanza Nicolás |
| Producción ejecutiva | Pablo Blanco |
| Fotografía | Tito Carlón, Joaquín Manchado, Marío Blanco |
| Montaje | Pablo Blanco |
| Música | Mario de Benito |

Nuria Dufour
La vida es cíclica. Va y viene tan rápido que el recuerdo se vuelve caprichoso y distraído. Documentos ilustrativos como el que estos días se cuela en la cartelera sirven de oportuno recordatorio de unos tiempos en otros, de los que también, dentro de nada, gestas parecidas a la que aquí se aborda formarán parte de la (des)memoria colectiva. Juan Vicente Córdoba (Aunque tú no lo sepas, A golpes), su director y guionista, reconstruye sin florituras, a base de testimonios a cámara (algunos merecen su propio spin-off), imágenes de archivo y fotogramas de emblemáticos títulos del neorrealismo español -Surcos (Nieves Conde, 1951), Cerca de la ciudad (Luis Lucia, 1952)- e italiano -dos producciones de Vittorio de Sica: Milagro en Milán (1950) y El techo (1956)-, los orígenes y el desarrollo de la barriada popular madrileña de El Pozo del Tío Raimundo, conocida y desconocida, enaltecida y desdeñada, a partes iguales.

Situado en el distrito de Vallecas, entre los barrios de Palomeras y Entrevías, el Pozo (se llamaba originalmente "la finca de las cambroneras", en referencia a unos arbustos solanáceos de ramas curvas y espinosas) inicia su expansión al poco de finalizar la guerra civil (anteriormente ya habían levantado sus "viviendas" varias familias procedentes de Jaén), cuando campesinos manchegos, extremeños y andaluces, sobre todo, emigraban a Madrid en busca de mejoras.
Hasta mediados de los 50, la cifra de familias "poceras", término peyorativo con el que se les refería, creció hasta casi las dos mil. El Pozo, igual que otras periferias obreras de geografías propias o ajenas, era un barrio desterrado, "de lata y cartón", sin agua corriente, ni luz eléctrica, sin alcantarillado ni calles asfaltadas. Un lugar con barro, mucho barro, recuerdan los de más edad, y con sueños, muchos sueños.
"Se hace recomendable el visionado de Flores de luna. Un mosaico de memorias de un tiempo de barrio, como dice la canción de Luis Pastor, alejado de mensajes ejemplarizantes y mitificaciones superficiales, que permite descubrir otras formas de contar historias"

La firmeza expresiva de uno de los protagonistas nonagenarios de esta interesante propuesta afirmando "porque hoy toda la gente se ha olvidado de dónde vinieron, de cómo lo pasaron y eso es historia y esa no se puede borrar nunca", introduce lo que vamos a ver durante dos horas largas, que se hacen cortas. Las imágenes vuelan del color al blanco y negro sin titubeos. Igual que los tiempos. Pasado y presente se quitan la vez para dársela a un futuro de cimientos más frágiles que los que sostenían aquellas casuchas de ladrillo usado. Hoy archivadas en las biografías anónimas de sus inquilinos. Los recuerdos vivos de algunos de los fundadores de aquel simbólico suburbio, retroceden cincuenta y tantos años y la cámara recoge con mayor fluidez visual que dramática (el discurso verbal se hace reiterativo en algún instante) sus
palabras, en ocasiones encendidas.
A mediados de los 50, en una España gris de mil caretas, la llegada al barrio, ¿providencial?, del padre Llanos, sacerdote jesuita cercano a Franco, ocupa una parte destacada en el documental, con retazos de una entrevista en la que el cura se expresa con precisión diáfana. "Harto de la burguesía de Madrid", instala en aquel "foco del rojerío" su parroquia y pone el barrio "en condiciones", según comenta otro de los vecinos más longevos, organizando al vecindario y encabezando las luchas vecinales para conseguir mejoras (la primera cooperativa de luz que hubo en España tuvo lugar precisamente allí).

El guión crea, como hilo conductor de los testimonios, una historia paralela que desarrollan los más jóvenes, los hijos y nietos de aquellos inmigrantes patrios, pero en lugar de aportar soltura a un relato, al que no le hacía falta ningún recurso narrativo, lo fuerza hasta el docudrama. Aunque las voces de los protagonistas resultan tan espontáneamente atractivas que los momentos menos brillantes pasan casi desapercibidos.
Corren nuevos aires para un género de complicada difusión. En lo que va de año se han estrenado en salas comerciales casi una veintena de películas documentales de producción española. Aprovechando la oportunidad que los exhibidores están dando al cine de no ficción, se hace recomendable el visionado de Flores de luna. Un mosaico de "memorias de un tiempo de barrio", como dice la canción de Luis Pastor, alejado de mensajes ejemplarizantes y mitificaciones superficiales, que permite descubrir otras formas de contar historias.
28/11/2008
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