Jara es un hombre tímido de 35 años, que trabaja como guarda de seguridad en un supermercado en las afueras de Montevideo. Se encarga de observar las cámaras de vigilancia de todo el edificio en el turno de noche. No parece que su rutina vaya a cambiar hasta que, un buen día, descubre a Julia (25 años), una mujer de la limpieza.
Poco a poco se siente atraído por ella. Al principio se limita a pasar el tiempo observándola por las cámaras mientras ella limpia el supermercado, pero no tarda en seguirla cuando sale de trabajar. Sin que ella lo sepa, la acompaña al cine, a la playa e incluso a una cita con otro hombre.
La vida de Jara se llena de rituales rutinarios construidos alrededor de Julia, hasta que se entera de que el supermercado piensa recortar la plantilla.
| Dirección y Guión | Adrián Biniez |
| Producción Ejecutiva | Fernando Epstein y Agustina Chiarino |
| Producción Asociada | Stefano Segre |
| Fotografía | Arauco Hernández |
| Dirección Artística | Alejandro Castiglioni |
| Montaje | Fernando Epstein |

Manuel Barrero
Argentina y Uruguay se han convertido en sendos viveros de cineastas que tratan de dar voz a los seres más anónimos, grises y olvidados. Las historias mínimas de las que hablaba Sorín han tenido continuación en los trabajos de gente como Rebella, Stoll, Moreno o Veiroj.

Gigante es el debut de un argentino residente en Montevideo, cuyo primer contacto con el cine fue una participación musical en Whisky (Juan Pablo Rebella, Pablo Stoll, 2004). Como no podía ser de otra forma, Adrián Bíniez pasa a engrosar las filas de estos cineastas de lo invisible.
Una invisibilidad que, en esta caso, es doble. Al igual que ocurría con el protagonista de El Custodio (Rodrigo Moreno, 2006), Horacio ocupa su vida vigilando la de los demás. Comparten ambas películas el juego a tres bandas: espectador-observador-observado. Aunque la propuesta formal de Moreno resulte mucho más estimulante que la de Bíniez. Y es que las fórmulas que se repiten terminan fabricando productos que se parecen demasiado entre sí. Aun siendo a muy pequeña escala, existe cierta sensación de producción en cadena.
No quita esto que podamos encontrar varios hallazgos meritorios en esta ópera prima. Para empezar, el tratamiento de la historia de (pre)amor. Un adolescente de 35 años encerrado en un cuerpo enorme, y que ante su incapacidad para la comunicación, ama como lo haría un tímido y acomplejado púber. En vez de ir a por su objeto de deseo, se conforma con seguirla, espiarla o dejar señales anónimas.
"Sensible y sencilla, Gigante se detiene en las pequeñas grandes conquistas del ser humano"

El director busca (y, a veces, encuentra) la humanidad y credibilidad de un protagonista al que opta por retratar de manera excesivamente obvia. El estereotipo se apodera entonces de un personaje que deviene en simbólico, adquiriendo así una nueva dimensión. Representante de una generación que vive en perpetua adolescencia. A pesar de ser un individuo económicamente independiente, Horacio vive en un mundo más cerca de su sobrino que de su hermana. No son las circunstancias laborales, pues, las únicas responsables de la escasa madurez que acusa nuestra sociedad actual. El desastre educativo en el que vive el mundo crea individuos cuyo infantilismo puede llegar a ser enfermizo.
Otro de los grandes males de la sociedad actual centra gran parte de la atención del autor: la incomunicación. Sin apenas diálogos (los cuales son perfectamente prescindibles), las relaciones que se establecen entre los personajes son abruptas y muy poco cálidas. Y eso se deja sentir en la infelicidad que recorre a unos y otros durante todo el metraje.

Pero, sin duda, es el personaje femenino el que se convierte en estrella de la función. Junto a Horacio, somos espías que vemos y no escuchamos; así como ella no ve ni escucha el amor que está viviendo. En un esperanzador final, ella es el cambio. Ella es quien consigue que el adormecido vigilante de seguridad salga de su letargo. Una vez más, el amor como motor que mueve el mundo.
Sensible y sencilla, Gigante se detiene en las pequeñas grandes conquistas del ser humano. Mucha ternura, un toque de preocupación social, algún exceso de explicitud, y un ataque de rabia narrado de forma algo torpe; componen una película de pinceladas brillantes, pero de grandes lagunas.
02/10/2009
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