Guillaume Depardieu, un hombre de pasión, que no fue otra cosa que una serie de poesías en acción, un hombre que había protagonizado novelas en lugar de escribirlas.
Francisco Algarín Navarro

Durante la expedición francesa hecha en Europa para rehabilitar la autoridad del rey Fernando VII, y después de la toma de Cádiz, un general francés, venido a esta isla para hacer reconocimiento del gobierno real, prolongará su estancia, con el objetivo de ver este convento, y encontrará el modo de introducirse en él. La empresa era ciertamente delicada. Pero un hombre de pasión, un hombre cuya vida no había sido otra cosa, por así decirlo, que en una serie de poesías en acción, y que había protagonizado siempre novelas en lugar de escribirlas, un hombre de ejecución sobre todo, debía estar tentado por alguna cosa en apariencia imposible.
[...]

Durante la travesía, que no durará más de una hora, se elevará en su alma un presentimiento favorable a sus esperanzas.
[...]
—Lo que diré, mi querida Antoinette, diré que te amo; que la afección, el amor, el amor verdadero, la felicidad de vivir en un corazón completamente nuestro, enteramente nuestro, sin reserva, es bien raro y bien difícil de encontrar, que he dudado de ti, que te he sometido a duras pruebas, pero que hoy te amo con todas las potencias de mi alma: si me sigues hasta la retirada, no escucharé otra voz que la tuya, no veré otro rostro que el tuyo...
—¡Silencio, Armand! Abrevia el único instante en el que nos está permitido vernos aquí abajo.
—Antoinette, ¿quieres seguirme?
—Pero yo no os dejo. Yo vivo en vuestro corazón, pero de otro modo que por un placer mundano, de vanidad, de gozo egoísta; vivo aquí para vos, pálida y marchita, ¡en el seno de Dios! Si él es justo, usted será feliz...

—¡Nada más que frases! ¿Y si yo te veo pálida y marchita? ¿Y si no puedo ser feliz más que poseyéndote? ¿Tú realizarás entonces los deberes siempre en presencia de tu amante? ¿No está acaso entonces debajo de todo, en tu corazón? Al mismo tiempo, preferirás la sociedad, tú, yo no sé el qué; ahora es Dios, es mi saludo. En la hermana Teresa, conozco siempre a la duquesa ignorante de los placeres del amor, y siempre insensible bajo las apariencias de la sensibilidad. Tú no me amas, tú nunca me has amado...
—Ah, mi hermano...
—Tú no quieres abandonar esta tumba, amas mi alma, ¿dices? Y bien, tú la perderás para siempre, esta alma, me matarás...
—Hermana -grita la hermana Teresa en español- os he mentido, ¡este hombre es mi amante!
De repente, el telón se corre. El general, esperando estúpidamente, escucha apenas las puertas interiores cerrándose con violencia.
—¡Ah, ella me quiere todavía!- se gritará a sí mismo acompañándose de todo lo que hay de sublime en el grito de la religiosa- es necesario sacarla de aquí...
[...]

—Querida -pregunta ella [Antoinette] a Madame de Maufrigneuse- ¿quién es el recién llegado?
—Un hombre del que sin duda habrá oído hablar, el marqués de Montriveau.
—¡Ah, es él!
Ella toma sus anteojos y le examina con gran impertinencia, como si lo hiciera con un cuadro de que recibe las miradas y no las devuelve.
—Preséntemelo, entonces, debe ser divertido.
—Nadie es más aburrido ni más oscuro, querida, pero está de moda.
Monsieur Armand de Montriveau, se encontraba en este momento, sin saberlo, siendo objeto de una curiosidad general.
[...]
Él era habitualmente silencioso, como lo son todos los hombres tímidos, pero su timidez no venía de una falta de coraje, era una especie de pudor que intercedía en él toda demostración vanidosa. Su intrepidez en los campos de batalla no era asunto de fanfarroneo, lo había visto todo, podía dar tranquilamente un buen consejo a los camaradas, e iba por delante de las balas tratando por todos los medios evitarlas. Era bueno, pero su contención le hacía pasar por altivo y severo. De un rigor matemático en todo caso, no admitía ninguna composición hipócrita ni con los deberes de una posición, ni con las consecuencias de un hecho. No se prestaba a nada vergonzoso, no pedía jamás nada para él, en fin, era uno de esos grandes hombres desconocidos, bastante filósofos para despreciar la gloria, y que viven sin atarse a la vida, porque no encuentran la forma de desarrollar su fuerza o sus sentimientos en toda su amplitud.
[...]

A las nueve de la mañana, no existía ningún trazo ni de la escalera ni de los puntos de la cuerda; el cuerpo de la hermana Teresa, estaba a bordo, el brick llegó a puerto para embarcar a sus marineros, y desapareció en el día. Montriveau se queda solo en su camarote con Antoinette de Navarreins, a la cual, durante algunas horas, le resplandece el rostro complaciéndole para él sublimes bellezas debidas a la calma particular que presta la muerte a nuestros despojos mortales.
—¡Ah!- dice Ronquerolles a Montriveau cuando reaparece en cubierta- era una mujer, ahora no es nada. Atemos una bala a cada uno de sus pies y lancémosla al mar, y no pienses más que como pensamos en un libro leído en nuestra infancia.
—Sí- dice Montriveau- ya que esto no es más que un poema.
—Eres sabio. En adelante, tenga pasiones; pero del amor, hace falta llevarlo bien, y esto, no es otra cosa que el último amor de una mujer que satisface el primer amor de un hombre.
La duchesse de Langeais, Honoré de Balzac
Quedémonos con una sola imagen por el momento: la de un paisaje nevado ubicado en cualquier parte. Sobre la nieve, tres soldados sin patria cantan una canción con instrumentos caseros. El título, La Pologne, nos da ciertas pistas del lugar. "Est-ce qu´il viendrá avec moi?", se preguntan los soldados, haciendo probablemente alusión al fantasma. Ha sido necesario recorrer todas las estaciones, todos los paisajes, para llegar a este lugar invernal. Al fondo de la cresta de árboles, tras una ladera, avivado por los sones de Fugu, emerge ese cuerpo entre la bruma, hombre de paso dificultoso y renqueante. El hombre cojea, se nota su cansancio. Oscila al caminar. Ha perdido su sentido del equilibrio. Cuando su ausencia se vuelve presencia, Serge Bozon deja paso al silencio, para hacer escuchar las botas que resquebrajan el hielo bajo sus pies. Contraplano de la mujer, viudez asumida, incredulidad, cartas sin respuesta. Bozon posterga el contacto físico, el abrazo. ¿Fantasma? Mon pays, La France. El hombre cae al suelo, fatigado. Cuando su presencia se constata, da lugar al beso. Es la aparición (literal) de Guillaume Depardieu, justamente al final de La France (2007).

Como muestra el texto de Balzac y la película de Jacques Rivette, Antoinette y Armand, en La duchesse de Langeais, llegan siempre demasiado tarde el uno al otro, su amor jamás quedará consumado, formando parte únicamente de las palabras. En cambo, en La France, la epopeya imaginada por Serge Bozon, Camille recorre un largo camino para encontrar a François y, finalmente, la consumación se hace visible en los dos cuerpos desnudos. Mantengamos fijada otra imagen: Guillaume Depardieu, tras haberse encontrado con el cuerpo de Camille, se sienta en el alféizar de la ventana de la habitación mientras ella duerme y mira la noche oscura.
En el cielo, tres estrellas brillan más de la cuenta, haciendo de la evidencia un misterio. François reconoce en ellas a tres soldados, a tres amigos. Pronunciar sus nombres es enfrentarse a la muerte guardarse para sí mismo solamente su secreto. Última imagen por el momento de Guillaume Depardieu, última mirada.
"Guillaume no era otra cosa que un pirata de nuestro tiempo, genial guiño de Rivette, poner en escena a un pirata enamorado frente a una bella dama"

Guillaume Depardieu murió en París el 13 de octubre, conociéndose la noticia un minuto antes del mediodía. Demasiado pronto. Y es demasiado pronto porque precisamente ahora es cuando llegaban los más bellos gestos y las más bellas miradas. Porque había entendido cómo se trabaja la contención y la violencia al mismo tiempo. Porque estábamos esperando su siguiente paso, la nueva película de Bertrand Bonello, De la guerre, donde guía a Mathieu Amalric hasta Le royaume, otro lugar situado en ninguna parte para encontrar una felicidad similar a la que se experimenta al introducirse en un ataúd, como si él, Charles (Depardieu), supiera de lo que Bertrand (Amalric) le habla. Imágenes que están por venir de la que apenas podemos imaginarnos unos cuantos trazos, unos cuantos gestos.
Decimos que era pronto porque se supo de su muerte un minuto antes del mediodía, hora en la que comenzaba La duquesa de Langeais (Ne touchez pas la lache, 2007), cuando Montriveau llegaba a ese otro no-lugar, una isla en alguna parte del Mediterráneo, para rescatar a Antoinette. Este fue otro año grande para Guillaume, con De la guerre, estrenada hace dos semanas en Francia, y la reciente Versailles (2008), ambas en Cannes. Tantas otras por estrenar: Stella, Circuit fermé. La enfermedad llegó en mitad del rodaje en Rumania de otra película de bello título, L´enfance d´Icare.

Voló demasiado cerca del sol. Se arriesgó a vivir como si su vida fuera una serie de poemas. Protagonizó novelas en lugar de escribirlas. A hachazos trató de partir una puerta para hacer salir a un bellísimo fantasma en Pola X, de Léos Carax. Supo hacer de la locura una parte más de su cuerpo. Se transformó en el más bello de los animales románticos, atacó la vida con vehemencia. Carax supo trabajar en el espacio ese cuerpo visceral que se movía de una estancia a otra, física y sensible. Rivette vio la película y dijo de ella que era el más bello filme de los noventa. Así, ocho años después, (re)escribió con Pascal Bonitzer y Christine Laurent el papel de Armand de Montriveau, el general de Balzac, para él y Jeanne Balibar.
Rivette los colocó frente a frente, les sometió a su juego sin normas, les regaló la bella libertad de la improvisación, del cuerpo a cuerpo, de las puertas que se abren y se cierran, del espacio que se le puede ganar al otro y del acorralamiento. Y Guillaume respondió como solo él podría haberlo hecho, con más locura, con más violencia contenida en un gesto. Luego, con más dolor y el rostro de la insatisfacción, de lo inacabado. De lo imposible. Del animal herido. La conquista de un lugar, este pirata cojo que remite a las damoiselles de Noroit (1976), cuyos pasos haciendo crujir la madera como en otro lugar hacía crujir la nieve estaban llenos de huecos y pausas que se rellenaban entre pisada y pisada.

La grandeza de un actor que, ahora lo sabemos, culminó su camino demasiado pronto. Y solo podemos lamentar que el camino fuera demasiado breve, tan tortuoso para él, pero que tanto bien causa al regalo que nos hace, porque solo él podía afrontar algo así, un personaje que se construía desde su propia vida.
Porque Guillaume no era otra cosa que un pirata de nuestro tiempo, genial guiño de Rivette, poner en escena a un pirata enamorado frente a una bella dama.
La melodía de sus voces, el control de la dicción, afrontando la interpretación, le jeu, como un experimento, como una batalla diaria. Finalmente, el resultado es, como siempre, la documentación de un cuerpo y sus huellas, no solo el del personaje, sino también el del actor. Guillaume elige el camino más complicado, sabiendo que la derrota se encuentra en cualquier esquina. Adieu, Montriveau.
.Rueda de prensa y alfombra roja en la presentación de La duquesa de Langeais, Berlín 2007.
17/10/2008
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