
A estas alturas, Steven Spielberg sigue levantando matiz arriba, matiz abajo, el mismo entusiasmo en unos como rechazo en otros. Están no obstante los revisionistas que a día de hoy han logrado admitir que por lo menos, lo toleran como me dijo en su día mi buen amigo Enrique Pérez. Spielberg, que no es un director perfecto pero si un cineasta de primera, tiene una filmografía repleta de aciertos y de fracasos, de tendencias y de tics que lo han configurado como un director personal, al fin y al cabo, un auteur de Hollywood, por más que este término de ribetes elitistas se suela asociar únicamente a los directores europeos. En este sentido, la saga de Indiana Jones supone un interesante termómetro para medir y reflexionar, sobre los aciertos y los errores de un director al que todavía, le queda mucho por decir.
Por Ramón Monedero.

Como es bien sabido, el nacimiento del término Blockbuster (películas que arrasan en taquilla convirtiéndose en un fenómeno, además de cinematográfico, social y cultural) se le atribuye al tándem formado por George Lucas y Steven Spielberg. El primero, dio el pistoletazo de salida con Star Wars y el segundo lo hizo madurar con Tiburón. En busca del arca perdida (Raiders of the Lost Ark, 1981) forma parte de esta lógica encadenada del cine espectáculo del Hollywood de finales de los setenta y principios de los ochenta.
Spielberg y Lucas hicieron En busca del arca perdida para triunfar. Sin matices. Una necesidad que en el caso de Spielberg era más acuciante si cabe, dado que el director de El diablo sobre ruedas acababa de experimentar qué era eso de un fracaso estrepitoso con su circense e hilarante hasta lo descabellado, 1941. Spielberg, por aquel entonces, todavía un joven y prometedor director, tenía que demostrar a Hollywood que podía volver a triunfar.
En este sentido En busca del arca perdida es la perfecta materialización del Spielberg de los primeros años. Un narrador nato, profundamente preocupado por dejar su nombre en buen lugar, con un ojo en las taquillas y con otro en la planificación. Un director que narra con mesura y con la cabeza puesta en el montaje, que no diseña un plano al azar y que plantea, desarrolla y culmina las escenas con ejemplar precisión. En suma, un magnífico técnico inspirado en los seriales que cuando era pequeño, devoraba en la televisión americana.

Con personajes como Flash Gordon, La sombra o El Zorro, Spielberg confeccionó a un héroe de ribetes clásicos que también se apoyaba en los estereotipos de los clásicos del cine como Charlton Heston, Steve McQueen y muy especialmente Humphrey Bogart. Un héroe si, pero un héroe humano (véase cuando Indiana Jones huye en hidroavión en el prólogo del film y confiesa su pánico a las serpientes), un personaje imperfecto (nada más empezar En busca del arca perdida Indiana pierde el ídolo que ha ido a buscar) con apenas pasado (fíjese en la turbulenta relación con Ravenwood que tan sólo se menciona en el film muy de pasada) que se articula en función de un doble rol también, de esencia clásica; el profesor de universidad y el aventurero con látigo y sombrero, una dualidad ejemplificada de forma significativa en su cambio de vestuario y sobretodo, en sus gafas, siguiendo el ejemplo otros héroes clásicos como Superman o El Zorro.

Aunque Indiana Jones y el templo maldito, (Indiana Jones and the Temple of Doom, 1984), sea por lo general la película menos apreciada, incluso por el propio Spielberg, lo cierto es que esta secuela de la saga sentó algunas de las bases propias del personaje y del género que ya serían inamovibles hasta nuestros días. Empezando simple y llanamente por su tipografía del título, un "Indiana Jones" que ya poco tiene que ver con esa tipografía un tanto arcaica que abanderaba En busca del arca perdida. En esta ocasión, el nombre de Indiana Jones encabeza el título (ya hablamos de un icono), que además se materializa en las propias letras del film, con tonos claros y tipografía muy concreta emulando a los grande héroes que forjaron la infancia de Spielberg y Lucas.
También en Indiana Jones y el templo maldito se certificarán otros tics propios del personaje tales como su tendencia a husmear en siniestras grutas, su habilidad para sortear trampas increíbles -algo ya apuntado en el prólogo de En busca del arca perdida- así como la dinámica del ritual de ribetes satánicos en un templo subterráneo -que imitó el propio Spielberg a través de su producción El secreto de la pirámide.

Y es que, aunque Indiana Jones y el templo maldito no tenga el guión de En busca del arca perdida, lo cierto es que el film es un verdadero festín de diversión y emoción. Siguiendo al dictado las pautas dadas en su día por Cecil B. De Mille ("el cine debe empezar con un terremoto y a partir de ahí, ir subiendo la intensidad"), Indiana Jones y el templo maldito desechó la estructura narrativa de la primera película y optó por el más grande todavía, con más acción y diversión en un film que flirtea con la parodia pero con la suficiente inteligencia, como para no caer en la sátira y únicamente, ofrecer un espectáculo divertido.
En este sentido, Indiana Jones y el templo maldito cierra una etapa en la carrera de Steven Spielberg. Con el permiso de 1941, la segunda entrega de Indiana Jones es la película de Spielberg más hilarante y la prueba irrefutable de cómo sacar adelante un film a través de ingenio pese a las frágiles bases que lo sostenían. A partir de entonces, Steven Spielberg se quiso hacer mayor, el único problema es que aún no era su momento.

Estaba acordado desde el principio que serían tres las películas sobre Indiana Jones. Era solo cuestión de encontrar un guión. Indiana Jones y la última cruzada (Indiana Jones and the Last Crusadees, 1989) una película a mi modo de ver, un poco extraña. Aunque persigue al dictado las bases de En busca del arca perdida (narrativamente el film es un calco de la primera película de la saga), a mí me da la sensación de que Indiana Jones y la última cruzada es un film correcto aunque hecho con cierta desgana por parte de Spielberg. Una hipótesis que no es del todo descabellada, si pensamos en las películas que llevaba haciendo Spielberg por aquellos años; El color púrpura, El imperio del sol y la que haría inmediatamente después Always. Parece que a Spielberg, por aquellos años, no le interesaba demasiado el cine de aventuras. Es por esto, que no sería de extrañar que Indiana Jones y la última cruzada cayera en el regazo de un Spielberg en horas bajas.
Esto no quiere decir desde luego que Indiana Jones y la última cruzada sea un film mediocre, sino más bien una película correcta, que destaca del resto de la saga por una feliz ocurrencia del mismo Spielberg, poner sobre la mesa al padre de Indy en las carnes de Sean Connery y hacer del conjunto un torrente de réplicas y contrarréplicas. Gracias al buen hacer de dos buenos actores, cuando Henry Jones e Indiana Jones coinciden en el mismo plano las chispas saltan en la pantalla. El resto, es lo esperado en un film de Indiana Jones, no hay nada que sobresalga del conjunto ni tampoco algo que lo sitúe por debajo de la media, pero la relación de Indy con su padre es, desde luego, otra cosa. George Lucas quería que el padre de Indiana lo interpretara Gregory Peck y que éste fuera algo así como un maestro Yoda del doctor Jones. Afortunadamente ese día Spielberg estuvo rápido y sugirió poner como padre de Indy nada menos que a James Bond. Lucas de entrada no lo terminó de ver, pero al final, cogió el chiste.

En todo caso Indiana Jones y la última cruzada es, como suele suceder en casi todo lo que hace Spielberg, una película muy bien rodada. Pero tal vez, la cuestión fundamental que diferencia a Indiana Jones y la última cruzada sea la preocupación por parte de sus responsables de dotar a Indiana de un pasado, de hacerlo algo más humano. En plena etapa paternalista (pocos años después vendrían títulos como Hook, Parque Jurásico, El mundo perdido, Inteligencia Artificial o Atrápame si puedes), parecía lógico articular el humanismo de Indiana Jones en torno a la figura de su padre, verdadero eje central del film y sin duda, su mayor acierto.
Lo hemos dicho antes, Steven Spielberg quiso hacerse mayor cuando no le tocaba. Su proceso de madurez, como ocurre en estos casos, fue tortuoso y difícil aunque no por ello, exento de gloria. Comenzó el camino con La lista de Schindler, un buen principio. Continuó con una película de aventuras, en la que, a mi parecer, Spielberg puso más entusiasmo que en Indiana Jones y la última cruzada, Parque Jurásico. Tragó tierra con dos películas imperdonables fruto de un estado de desorientación adulta; El mundo perdido y Amistad. Y alcanzó la plena madurez, ya sólida y estable con Salvar al soldado Ryan pero muy especialmente, con Inteligencia Artificial.

Desde entonces, el cine de Spielberg ha distado mucho de las desenfadas sinfonías técnicas tan propias de su obra. Sin renegar de su cuidadísimo formalismo y sin menospreciar el espectáculo, Spielberg ha sabido desde entonces cómo afrontar determinados proyectos con conciencia y determinación admirable. Hizo cine de acción adulto con Minority Report, tuvo la valentía de ofrecer el lado oscuro de La lista de Schindler con Munich. Pudo hablarnos de la paternidad sin tener la sensación de que nos estaban sermoneando en Atrápame si puedes e incluso se permitió una ligereza tan insustancial como impecable como La terminal.
Es por todo esto que el interés de Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (Indiana Jones and the Kingdom of the Crystal Skull, 2008) no resida únicamente en ver a Indy con más de 60 años encima, sino en comprobar cómo un Spielberg ya maduro, afronta un proyecto desenfadado y divertido por naturaleza, con la mente de una persona que ya conoce el mundo en el que vive.
21/05/2008
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