James Cagney: Al rojo vivo - cine | Kane 3

James Cagney: Al rojo vivo

El próximo día 30 de marzo se cumple el vigésimo aniversario del fallecimiento de James Cagney, uno de los grandes actores que dio el Hollywood clásico. Si bien siempre ha salido bien parado en encuestas, listas y modernos tops, este neoyorquino de raíces irlandesas y noruegas ha sufrido también cierto encasillamiento por parte de algún sector de la crítica. Es cierto que es imposible desligar su imagen a la del cine negro de los años treinta, pero no hay que olvidar que en sus más de 50 películas, Cagney no sólo representó el estereotipo del gángster malvado, sino que también demostró ser un excelente bailarín, un solvente comediante y un brillante constructor de personajes complejos.

Por Javier Muñoz

James Cagney nació el 17 de Julio de 1899, cuando el arte al que dedicaría la mitad de su vida aún daba sus primeros pasos. Mientras cursaba estudios de arte en la Universidad de Columbia, su padre falleció, lo que supuso su abandono de las aulas para tomar todo tipo de trabajos que le permitieran ayudar en casa. Sin embargo, a mediados de los años veinte conseguiría finalmente redirigir su carrera a lo que realmente le apasionaba, con lo que consiguió entrar en una compañía de Broadway, aunque fuera de una forma un tanto rocambolesca, ya que su primer papel fue interpretar a una mujer.

Cagney es un ejemplo más del dicho "estar en el lugar adecuado y en el momento oportuno". En 1929, el sonido supuso un drástico y convulsivo cambio para la industria del cine. Estrellas intocables cayeron en el olvido de la noche a la mañana, e irónicamente, el sonido silenció a la mayoría de ellas. Pero la maquinaria de Hollywood ya estaba a su máxima potencia en aquella época y era imposible de detener. Una simple mirada al Este, y Broadway estaba lleno de nuevos actores, nuevas caras con las que sustituir a los ídolos caídos. James Cagney fue uno de ellos. Sus magníficas dotes de bailarín, su facilidad para leer diálogos a toda velocidad y un rostro peculiarmente expresivo, hicieron que consiguiera firmar un contrato con la Warner, un estudio con el que estaría identificado, para bien o para mal, el resto de su vida.

Su primer papel cinematográfico fue en Las vacaciones del pecador (1930), dirigida por John G. Adolfi, y aunque ya hizo un primer papel de cierta importancia en La senda del crimen (1930), de Archie Mayo, su consolidación no llegó hasta un año después con El enemigo público (1931), de William A. Wellman, primera de sus memorables caracterizaciones de gángster, dando vida a Tom Powers, un sádico y vengativo delincuente inmerso en una cruenta guerra de bandas. En un principio, el director contrató a Edward Woods para el papel y le dejó a Cagney uno más secundario. Pero Wellman terminó cambiando de idea, pues Cagney era Powers, o Powers era Cagney, ya que a partir de entonces el actor se haría inseparable y mundialmente famoso, por su capacidad para transformarse sin problema alguno en cualquier personaje del hampa que le ofrecieran. Así, ese mismo año participó en Smart Money, de Alfred E. Green, en la que compartía cartel con otro especialista en cine negro: Edgard G. Robinson y más tarde, vinieron Taxi (1932) de Roy Del Ruth, y Picture Snatcher (1933), de Lloyd Bacon.

Pero en Hollywood, los años treinta fueron una época de una productividad irrepetible. Se rodaban películas en tres semanas, a veces incluso en dos, y no sólo se positivaban las primeras tomas, sino que en ocasiones, se llegaban a rodar nada más que los ensayos. Sólo así se entiende que Cagney participara en 19 títulos en sus primeros 5 años de carrera. Particularmente fructífera fue su relación con el antes mencionado Lloyd Bacon, con el que llegó a rodar 9 películas entre 1933 y 1939. En 4 de ellas lo haría al lado de Pat O’Brian, con quien formó una pareja que en su día fue tan famosa y carismática como luego lo serían las de Jerry Lewis y Dean Martin o Paul Newman y Robert Redford, por poner un par de ejemplos. Contra el imperio del crimen (1935), de William Keighley, significó un punto de inflexión en la carrera de Cagney, al dar vida a un personaje del otro lado y encarnar al agente del FBI James "Brick" Davis. Sus descarnadas y violentas interpretaciones de gángster habían levantado ampollas en los sectores más conservadores de la sociedad norteamericana, y para colmo, en 1934 había sido acusado de comunista. Tal vez Cagney aceptara este trabajo para lavar un poco su imagen o tal vez porque después de todo, su personaje, a pesar de estar amparado por la ley, se movía por un impulso vengativo. Tras esta cinta, vinieron tres años de comedias banales y musicales insulsos, entre los que despuntan dos títulos: una singular adaptación del clásico de Shakespeare, El sueño de una noche de verano (1935), de William Dieterle y Max Reinhardt, y Águilas heroicas (1936), una cinta de aventuras aéreas en la que volvió a compartir cartel con su amigo Pat O’Brian.

Justo después, Cagney lanzó un órdago a la Warner. Por aquel entonces, el actor cobraba entre 3.000 y 4.500 dólares a la semana, pero no tenía ningún control sobre la cantidad y la calidad de las películas que le obligaba a hacer el estudio. La jugada le salió bien. Ganó el pleito y actúo en dos películas para la independiente Gran National Pictures, de bajo presupuesto pero notable éxito, por lo que la Warner le volvió a fichar con una sustanciosa mejora en su contrato: 150.000 dólares por película, más un 10% de los ingresos brutos de taquilla. Coincidencia o no, bajo estas condiciones vivió una de sus mejores etapas. En Ángeles con caras sucias (1938), de Michael Curtiz, interpretó a otro clásico personaje del mundo del hampa: Rocky Sullivan. El ladronzuelo de las calles, el delincuente juvenil, se convierte en un respetado y temido gángster que despierta la admiración de una pandilla de chicos del mismo barrio en el que creció. Cagney vuelve a obsequiarnos con la recreación de un alma atormentada y acomplejada, capaz de matar sin pestañear, jugar al baloncesto con los chicos, cortejar a una dama o discutir de teología callejera con su amigo de la infancia, el Padre Connelly, interpretado, como no podía ser de otra manera, por Pat O’Brian. Cagney obtuvo su primera nominación al Oscar, aunque cayó derrotado por Spencer Tracy y su Forja de hombres.

Tras aquel reconocimiento vino una sucesión de éxitos, a veces más de taquilla que de crítica, que le mantuvieron en la cresta de la ola. El chico de Oklahoma (1939), de Lloyd Bacon, Each dawn I die (1939) de William Keighley y Los violentos años 20 (1939), de Raoul Walsh, son un claro ejemplo de ello. La culminación de esta época dorada vendría con Yanqui Dandy (1942), de Michael Curtiz. Su interpretación del compositor, actor, cantante y bailarín George M. Cohan, le supondría su único Oscar, en la que sería, para él mismo, su caracterización favorita. Vista hoy en día, la cinta puede llegar a ser calificada de panfleto americano, recordemos que fue rodada en plena II Guerra Mundial, pero es indudable que atesora esa rancia y entrañable ternura que tanto gusta a los cinéfilos. Y la actuación de Cagney no deja de ser un homenaje a sus comienzos, y por qué no decirlo, una consecuencia lógica de su viaje hacia posiciones políticas más conservadoras.

"Parafraseando un diálogo suyo en El precio de la gloria, James Cagney olvidó más cosas del oficio de actor de las que muchos otros llegaron a aprender"

La vida profesional de Cagney estuvo siempre marcada por su relación de amor-odio con la Warner. Con la miel del Oscar en los labios, el actor decidió crear su propia productora junto a su hermano, Cagney Productions, al no llegar a un acuerdo salarial con la Warner. Sin embargo, su aventura como productor independiente fue un absoluto fracaso, que sólo dejó para el recuerdo una surrealista cinta de espionaje titulada Sangre sobre el sol (1945), de Frank Lloyd. Y así, tras rodar para la Fox la más que interesante 13 Rue de la Madelaine (1947), de Henry Hathaway, Cagney volvería al hogar que le vio nacer como actor, justo para meterse en la piel de uno de los personajes más complejos y extraordinarios que ha dado el séptimo arte. Interpretando a Cody Jarrett, en Al rojo vivo (1949), de Raoul Walsh, Cagney hizo una perfecta recreación de un gángster sin escrúpulos, sádico, malvado, celoso, psicópata y con un desproporcionado complejo de Edipo. Incomprensiblemente, ni siquiera fue nominado. Quizá fuera un personaje excesivamente complicado para los respetables miembros de la Academia.

"¡Estoy en la cima del mundo, mamá!", gritaba como un histérico poseso el personaje de Cagney al final de Al rojo vivo. Aquella frase puede tomarse como una premonición de su propia carrera. Con Al rojo vivo, el actor llegó al cenit, justo cuando contaba medio siglo de vida. Y una vez que se llega a lo más alto, no se puede ir más que cuesta abajo. Sin embargo, muchos actores querrían para toda su carrera, el declive de James Cagney: Corazón de hielo (1950), de Gordon Douglas, El precio de la gloria (1952), de John Ford, Un león en las calles (1953), de Raoul Walsh, o Escala en Hawai (1955), de nuevo con John Ford. Con Quiéreme o déjame (1955), de Charles Vidor, obtendría su tercera y última nominación al Oscar, curiosamente dando vida a otro gángster, pero éste mucho más suave y comedido, como promotor y amante de una corista, interpretada por Doris Day. Cagney sería derrotado por Ernest Borgnine y su inolvidable caracterización de Marty.

Cagney tuvo la oportunidad de probar sus dotes como director en Short cut to Hell (1957), un remake del clásico de los años cuarenta El cuervo, extraña traducción para This Gun for Hire, y que a su vez estaba basado en la novela Una pistola en venta de Graham Greene. La experiencia fue un fiasco y el actor volvió a situarse delante de las cámaras en El hombre de las mil caras (1957), de Joseph Pevney, una estupenda biografía del actor Lon Chaney. Aquí encontramos al actor enfrentado al último de sus papeles complejos, pues cuatro años después y para sorpresa de casi todo el mundo, Cagney decidió retirarse tras rodar la inolvidable comedia Un, dos, tres (1961) a las órdenes de Billy Wilder. Con poco más de 60 años, el actor prefirió la tranquilidad de su mansión en Stanfordville, al norte de New York, a un Hollywood que estaba a punto de renovarse y convulsionarse en los años sesenta y setenta con la llegada de nuevos actores enganchados al Método y de nuevos realizadores más preocupados por la técnica que por la actuación. No hay que olvidar que James Cageny, caso insólito en Hollywood, estuvo siempre casado con la misma mujer, Frances, durante más de 60 años, y que ciertos problemas de salud seguramente le hicieron decantarse por una vida más familiar y hogareña. Sin embargo, 20 años después, Milos Forman le convencería para participar en Ragtime (1981), donde Cagney volvió a dar clases de interpretación a pesar de su avanzada edad. Curiosamente, coincidiría, una vez más, con su amigo del alma Pat O’Brian. Tras salir de su retiro, Cagney haría un papel más en televisión antes de morir el 30 de marzo de 1986, a consecuencia de las graves secuelas que le produjo un ataque al corazón.

Ningún otro actor de apenas 1,70 ha infundido tanto respeto en una pantalla de cine como James Cagney. Su rostro, muchas veces dotado de un sadismo infantiloide, amenazaba más que sus puños o las armas que portaba. Fue ese físico, irrepetible, lo que le encumbró. Su vitalidad, su profesionalidad y su versatilidad, le convirtieron en una leyenda. Parafraseando un diálogo suyo en El precio de la gloria, James Cagney olvidó más cosas del oficio de actor de las que muchos otros llegaron a aprender. Era capaz de atrapar al espectador con una sola mirada, con un simple gesto. Porque cuando él aparecía en escena, la pantalla, inevitablemente, se ponía al rojo vivo.

    James Cagney en 10 películas:

  • El enemigo público (1931)
  • Contra el imperio del crimen (1935)
  • Ángeles con caras sucias (1938)
  • Los violentos años veinte (1939)
  • Yanqui Dandy (1942)
  • Al rojo vivo (1949)
  • El precio de la gloria (1952)
  • Quiéreme o déjame (1955)
  • Un, dos, tres (1961)
  • Ragtime (1981)

Fotografías cedidas por TCM, el canal televisivo de cine del grupo Time Warner. La programación televisiva de TCM está disponible en los principales operadores de cable y satélite, centrada en el cine de calidad, con una selección de las mejores películas de todos los tiempos.

Artículo publicado en el número 6 de KANE 3 (marzo 2006)

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