7 días de rodaje, 70 planos, un cuchillo de mentira, un montón de sirope de chocolate y una cortina de baño que se abría para dejar paso a uno de los asesinos más atrayentes y desequilibrados que ha dado la historia del cine. Gracias a, o por culpa de esta memorable secuencia, todos hemos sentido alguna vez cierta intranquilidad mientras nos duchábamos. Pero hubo una actriz que lo vivió en primera persona, que supo transmitirnos ese horror inhumano del que muere acuchillado, desnudo e indefenso, mientras hace algo tan natural y cotidiano como darse una ducha. Janet Leigh moría en aquella secuencia pero al mismo tiempo nacía como leyenda y se convertía en un icono modernista del terror.
Por Javier Muñoz

Jeannette Helen Morrison, porque ese era su verdadero nombre, nació el 6 de julio de 1927, en Merced, California. Fue una niña prodigio, y en todos los sentidos, ya que contrajo matrimonio a la tierna edad de 14 años, aunque posteriormente dicha unión fue anulada. A los 15 ya había terminado el instituto, después de saltarse varios cursos por su privilegiada inteligencia, y estudió música y psicología en la Universidad del Pacífico. Sus padres trabajaban en un hotel de una estación de esquí en el norte de California, y allí sería descubierta por una actriz retirada, Norma Shearer, la Julieta de la versión que hizo George Cukor en 1936, y que había realizado casi toda su carrera durante la época muda. La actriz la convenció para que hiciera una prueba para la MGM y la joven la pasó con éxito, por lo que consiguió un papel en El romance de Rosy Ridge (1947), de Roy Rowland.
Dos años después y tras un nuevo divorcio, cosecharía su primer éxito, Mujercitas (1949), la inolvidable adaptación de la obra de Louisa May Alcott que hizo Mervyn LeRoy. Mujercitas es una de esas películas denostadas de puertas para afuera por la mayoría de los críticos. Pero todos ellos terminan sucumbiendo al pase televisivo con que nos obsequia cada Navidad cualquiera de las muchas televisiones que ahora pueblan nuestra parrilla. Y es que el filme, quizá por esa reiterada emisión, pertenece ya a la memoria colectiva, al recuerdo de los entrañables momentos vividos durante la niñez y al costumbrismo audiovisual de varias generaciones. De hecho, ha conseguido con el paso del tiempo que olvidemos anteriores versiones, especialmente la de George Cukor y Katharine Hepburn, e ignoremos revisiones más actuales, como la interpretada por Winona Ryder.
Comprometida con la Metro, durante los siguientes años trabaja al lado de las grandes estrellas de la época, como Glenn Ford, Errol Flynn o Robert Mitchum, hasta que en 1952 consigue otro éxito sonado, Scaramouche, de George Sydney, una película muy representativa del cine de aventuras que tanto gustaba al estudio por aquellos días. Stewart Granger, Mel Ferrer y Eleanor Parker acompañaron a la actriz en esta orgía de acción, color y glamour con la que trasladaron al espectador el clásico de Rafael Sabatini. A partir de entonces, y durante toda la década de los cincuenta, el éxito y las buenas críticas acompañan a Janet Leigh en casi todas sus películas. En Colorado Jim (1953), de Anthony Mann, interpreta a la novia de un fugitivo perseguido por un cazarecompensas, James Stewart, en una historia sórdida y violenta, repleta de esa ambigüedad que comenzaba a aparecer en el western y que se alejaba mucho de los primitivos planteamientos de héroes y villanos.

Ese mismo año interpreta a la mujer del mago y escapista más famoso de todos los tiempos, con permiso de David Copperfield, en El gran Houdini, de George Marshall. Y aquí debemos hacer un inciso social: Mucha gente cree que a raíz de esta película, Tony Curtis y Janet Leigh se conocieron, se enamoraron y posteriormente se casaron, en el típico cuento de hadas de Hollywood. Nada más lejos de la verdad. Cuando trabajaron juntos en esta película ya estaban casados pues contrajeron matrimonio en 1951. Y ni siquiera era la primera vez que actuaban juntos. En 1949 protagonizaron un cortometraje dirigido por su amigo común Jerry Lewis, titulado How to Smuggle a Hernia Across the Border. Y no seré yo quien se atreva a traducirlo. Sea como fuere, no sería la última vez que aparecerían juntos en la gran pantalla. En 1954 rodarían Coraza negra, de Rudolph Maté, una cinta de aventuras sin muchas pretensiones. En 1958 acompañarían a Kirk Douglas y Ernest Borgnine en la extraordinaria epopeya de Los vikingos, de Richard Fleischer. Ese mismo año, Blake Edwards los reuniría de nuevo para rodar Vacaciones sin novia, una comedia romántica que les iba como anillo al dedo. Y finalmente, en 1960 protagonizan la comedia ¿Quién era esa chica?, de George Sydney, junto a Dean Martin. Dos años después, en 1962, se divorciarían, pues aparte de las continuas infidelidades de Tony Curtis, éste había formalizado una relación con la actriz germana Christine Kaufmann, de quien había quedado prendado durante el rodaje de Taras Bulba (1962), de J. Lee Thompson. Fruto de aquel matrimonio, Janet Leigh daría a luz dos hijas, ambas actrices, y cuyo futuro profesional sería muy dispar. La mayor, Kelly, es una actriz de televisión que sobrevive interviniendo en series. La menor, Jamie Lee, se convirtió en una estrella de cine que vivió su momento de esplendor en los años ochenta y noventa con títulos tan famosos como Un pez llamado Wanda o Mentiras arriesgadas.

Pero volvamos a los años cincuenta y a la carrera de Janet Leigh. El príncipe valiente (1954) de Henry Hathaway y con James Mason, Viviendo su vida (1954), de Norman Taurog y con la pareja Jerry Lewis y Dean Martin, Prisionero de su traición (1954), de Roy Rowland y con Robert Taylor, Mi hermana Elena (1955), de Richard Quine y con Jack Lemmon, Safari (1956), de Terence Young y con Victor Mature, y Amor a reacción (1957), de Josef von Sternberg y con John Wayne, no son títulos imprescindibles en la historia de Hollywood, y ni siquiera en la filmografía de la propia actriz. Pero sí la ayudarían a hacerse con un nombre y un prestigio en la industria como muy pocas otras actrices tenían. En apenas 10 años, Janet Leigh había pasado de estudiante de psicología con futuro incierto a convertirse en una de las estrellas más rutilantes del panorama cinematográfico. Su indiscutible belleza, salpicada con esa mirada de cierta perversidad, le había abierto las puertas. Su intachable profesionalidad, sustentada por su privilegiada inteligencia, le permitió seguir una trayectoria brillante y evitar convertirse en una estrella fugaz. Había trabajo a las órdenes de los mejores directores del momento y había compartido cartel con casi todos los actores más reconocidos de la época. Pero lo mejor estaba por llegar. En sus siguientes películas, trabajaría a las órdenes de dos monstruos sagrados de la historia del cine.
El primero de ellos fue Orson Welles, quien la llamaría para participar en el rodaje de Sed de mal (1958), donde interpretaría a Susan, la mujer del policía Mike Vargas, a quien daba vida un Charlton Heston caracterizado de hispano. Ahora que está tan de moda criticar al actor por su pertenencia a la Asociación del Rifle, es justo reconocerle el mérito de sacar adelante esta obra maestra del cine negro. Fue el actor con su empecinamiento, y arriesgando el reciente éxito que había obtenido con Los diez mandamientos (1956), quien consiguió sacar adelante el proyecto ideado por Welles, adaptar la novela de Whit Masterson y convencer a la Universal para que produjera la película. El director ya había caído en desgracia en Hollywood en aquella época y sólo conseguía el respaldo de productoras independientes italianas, francesas o españolas. Heston se implicó en un papel difícil que resolvió brillantemente, y Welles le proporcionó la esposa ideal, Janet Leigh, quien también consigue una de sus mejores actuaciones. Utilizada como juguete morboso en la lucha encarnizada que sostienen el honesto agente y el corrupto capitán de policía, Leigh se desenvuelve magníficamente en su papel, con ese aire ambiguo que ya descubriera en Colorado Jim. Y su profesionalidad quedó una vez más de manifiesto cuando tras romperse el brazo en una de las escenas, continúo el rodaje sin que se notaran los problemas e inconvenientes que eso acarreaba para ella y el conjunto de la producción.

Tras tres títulos junto a su marido Tony Curtis, anteriormente comentados, Janet Leigh sería reclamada por Alfred Hitchcock para Psicosis (1960). Y es que la actriz cumplía perfectamente los cánones de belleza que tanto le gustaban al maestro. Era rubia, de mirada insinuante, facciones angulosas y generosas curvas sin caer en la voluptuosidad. Así que pasó a engrosar la larga lista de actrices fetiches del director, encabezada, obviamente, por Grace Kelly, y a la que se habían unido Doris Day, Kim Novak o Eva Marie Saint, entre otras. En Psicosis, Janet Leigh interpreta a Marion Crane, la secretaria que se fuga con 40.000 dólares de un cliente y se ve atrapada en la esquizoide relación de Norman Bates, el encargado de un motel, con su difunta madre. Como la película ha sido desmenuzada visual y argumentalmente hasta la saciedad, únicamente propongo una reflexión: Hoy en día, Psicosis sería una película imposible de hacer. Si un guionista presentara a una productora un proyecto en el que la que parece ser la protagonista de la película muere a los 45 minutos, sería completamente ignorado o incluso objeto de burla. El guión acabaría en la papelera. Así de claro. Ciertos gurús del guión han marcado unas estructuras narrativas que desgraciadamente siguen la mayoría de los productores. Sin embargo, el cine no es una fórmula matemática. Alfred Hitchcock y otros grandes maestros tuvieron la suerte de no vivir en el siglo XXI. Críticas aparte, a Janet Leigh, Psicosis le valió para ganar un Globo de Oro a la mejor actriz de reparto y para obtener su única nominación al Oscar aunque fue derrotada, incomprensiblemente, por Shirley Jones, por su papel, brillante pero escaso, en El fuego y la palabra.
Curiosamente, la llegada a la cúspide no supuso para la actriz un punto de inflexión, sino prácticamente un punto y final. En la década de los sesenta, la pequeña pantalla comenzó a reclutar a estrellas de Hollywood venidas a menos. Este no era el caso de Janet Leigh pero tampoco era una actriz de las denominadas fáciles. Prefería no trabajar a hacerlo en proyectos que no le interesaban en absoluto. Y como Hollywood no ha destacado nunca por la abundancia de buenos papeles femeninos, no es de extrañar que la actriz, ya en la cuarentena, sucumbiera a los cantos de sirena catódicos. Sin embargo, antes de abandonar la gran pantalla, todavía nos regalaría varias interpretaciones que debemos tener en cuenta. La más destacada, sin duda, es la enmarcada en el genial thriller El mensajero del miedo (1962), de John Frankenheimer. Para el recuerdo queda su secuencia en el tren con un atribulado Frank Sinatra. Toda una lección para aquellas actrices que quieran llegar a ser algo. Mención también merece su participación en Harper, investigador privado (1966), de Jack Smight, en donde interpreta a la mujer del mítico detective creado por Ross Macdonald y a quien dio vida Paul Newman.

A partir de entonces, Janet Leigh sólo aparecería esporádicamente en la gran pantalla, casi siempre en productos de escasa calidad y repercusión o como reclamo para alguna serie B. Precisamente así coincidiría con su hija Jamie Lee Curtis, participando ambas en La niebla (1980), de John Carpenter. A pesar del éxito de la cinta de terror, la actriz continúo casi retirada, distanciando aún más sus apariciones en la pequeña pantalla, para terminar convirtiéndose en lo que los americanos llaman una guest starring, es decir, una estrella que participa puntualmente en un episodio o dos de una serie de televisión. Su última actuación reseñable sería Halloween H20 (1998), de Steve Miner, la imposible requetesecuela, no sabría decir el número, de otro éxito de John Carpenter.
El 3 de octubre de 2004, Janet Leigh moría en su casa de Beverly Hills a los 77 años, aquejada de una inflamación de los vasos sanguíneos. Bella, inteligente y de fuerte carácter, consiguió hacerse un nombre en la meca del cine gracias a su excelente elección de los papeles que interpretó. Apodada con el sobrenombre de Busto de acero, capaz de rechazar a Howard Hughes sin pestañear y adorada por los críticos franceses, Janet Leigh siempre permanecerá en nuestra memoria, y quizá en nuestras pesadillas, bajo una ducha, gritando, mientras es acuchillada por el psicópata más famoso de la historia del cine.
Fotografías cedidas por TCM, el canal televisivo de cine del grupo Time Warner. La programación televisiva de TCM está disponible en los principales operadores de cable y satélite, centrada en el cine de calidad, con una selección de las mejores películas de todos los tiempos.
Artículo publicado en el número 11 de KANE 3 (semtiembre-octubre 2006)
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