
Como todos los mitos que se forjaron en el oeste americano durante el convulso siglo XIX, las historias que han ido configurando la leyenda de Jesse James y su banda de forajidos han establecido un diálogo tan resonante con las hazañas de otros personajes célebres que ha terminado por provocar el colapso y la imposibilidad de historiar la verdad de aquellos acontecimientos. El papel del cine, siempre presto a trastornar la Historia para convertirla en Drama, tampoco ha ayudado en exceso a iluminar la personalidad de este joven sureño que se vio obligado a crecer demasiado deprisa en un mundo que ya no soportaba a los outsiders.
Por Marcos Méndez.

Jesse Woodson James nació en el Condado de Clay, Missouri, el 5 de septiembre de 1847. Hijo de Robert James y Zerelda Cole Mimms, fue el segundo de seis hermanos (tres chicas y tres chicos) y creció en un ambiente de cierta abundancia, sobre todo desde que su madre se volvió a casar, por tercera vez, con el pudiente Dr. Reuben Samuels en 1855.
Con apenas 15 años, el comienzo de la Guerra de Secesión (1861 - 1865) le unió a la guerrilla sudista del ominoso William Quantrill, cuya leyenda negra como asesino sanguinario se extiende más allá de las fronteras de la Unión. He aquí la duda razonable: para las comunidades confederadas la banda de Quantrill no hizo más que defender con fiereza lo suyo y a los suyos; para la historia oficial yankee, siempre tan hipócrita y pretendidamente límpida, estamos ante uno de los criminales más bárbaros de la contienda.
El guionista Nunnally Johnson tamiza la imagen idílica de Jesse en su guión para Henry King e Irving Cummings titulado Tierra de audaces (1939), con Tyrone Power como el bandido protagonista y Henry Fonda en el papel de su hermano mayor Frank, que posteriormente repetiría en la insólita continuación La venganza de Frank James (1940) a las órdenes de Fritz Lang. Johnson/King enlazan con la tradición liberal del chico que se ve abocado a la violencia por las injusticias del sistema y el asesinato de un ser querido, en este caso su madre.

Director y guionista culpan a la aparición del ferrocarril, con la expropiación de tierras y el capitalismo feroz de los especuladores y los nuevos ricos, aunque tampoco justifican el comportamiento de Jesse y su banda durante todo el relato. Jesse es un héroe trágico, como lo define Miguel Juan Payán, aunque Henry King está muy lejos de dejarse llevar por sentimentalismos de tradición oral y la cinta termina retratando a un hombre marcado por la tragedia, sí, pero también incapaz de sobreponerse a los acontecimientos.
Podemos decir que lo más lamentable de Tierra de audaces es la elección de Tyrone Power para interpretar a un Jesse James cuyas acciones no se corresponden con el rostro agradable del actor de Cincinnati, mientras en el aspecto positivo hay que reseñar la importancia de la estética de un filme que marcaría a fuego las aproximaciones ulteriores al personaje.
"El guionista Nunnally Johnson y el director Henry King enlazan con la tradición liberal del chico que se ve abocado a la violencia por las injusticias del sistema y el asesinato de un ser querido"

El cuarto largometraje de Fritz Lang en Estados Unidos, La venganza de Frank James, es tanto continuación del anterior (motivaciones comerciales incluidas) como una aproximación mucho más superficial a la conciencia del mito. El filme se distingue de otras adaptaciones por el tono panfletario de Lang, siempre del lado de unos sudistas maltratados por la corrupción de los magnates yankees. John Carradine y Charles Tannen repiten como los hermanos Robert y Charlie Ford respectivamente, aunque las motivaciones que les llevan a asesinar a Jesse se dirimen con un acuerdo monetario ajeno a tramas vengativas o envidias de grupo.
El comandante Rufus Cobb, interpretado de nuevo por Henry Hull, es el hombre que conduce el discurso de la segunda mitad de un filme que deviene de juicios, algo maniqueo con los chupatintas-embaucadores del norte y los bandidos-héroes del sur. El Lang más personal cierra la película con dos muertes que no por anunciadas resultan más tranquilizadoras.

Mucho más intensa que la anterior, La verdadera historia de Jesse James, dirigida en 1957 por Nicholas Ray, cumple todas las expectativas del rebelde sin causa en el salvaje oeste, aunque la concreción de su título invite a pensar en una aproximación más concluyente. Con una narración fragmentada en flashbacks a partir del golpe fallido que la banda dio en el First National Bank de Northfield, Minnesota, en 1976, la leyenda edulcorada de Jesse James como un joven hogareño agraviado por las afrentas injustificadas de los secuaces del nuevo gobierno hacen sospechar que Ray quería explotar el filón de su famosa película con James Dean antes que acercarse a los vericuetos que coexisten entre la figura y el mito.
"En La verdadera historia de Jesse James, Nicholas Ray quiso explotar el filón de su famosa película con James Dean antes que acercarse a los vericuetos que coexisten entre la figura del bandido y la construcción del mito"
Robert Wagner, que interpreta a Jesse, tiene esa carga existencialista tan necesaria para los héroes juveniles de la posguerra y su identificación con el público menos acomodado. El de Ray es un Jesse aguerrido y valiente, familiar, amigo de sus compañeros y terrible con los traidores. Un ser maniatado por un pasado adverso en un espiral de violencia que terminará conduciéndole a la muerte, pero jamás al olvido.

Robert Duvall y Cliff Robertson fueron, respectivamente, Jesse James y Cole Younger en el filme dirigido por Philip Kaufman en 1972 titulado en España Sin ley ni esperanza y que recoge, grosso modo, la preparación y el golpe de Northfield por la Banda de los James. Retomando de nuevo el punto de vista johnsoniano perpetuado en Tierra de audaces, la película opone la América rural de la tranquilidad y el cuidado de la tierra a la amenaza del capitalismo a ultranza capitaneado por los unionistas.
En este caso el protagonista no es tanto Jesse como su compañero de armas Cole Younger, que cierra el filme con su ingreso en prisión entre los gritos de un gentío sediento de sangre. El atraco al banco, punto nuclear del interés que puede despertar un filme tan anodino (y televisivo) como este, está jalonado con pinceladas de humor grueso y una banda de sonido distorsionada completamente a la deriva.

Más lúcida y personal que la anterior, Forajidos de leyenda, dirigida en 1980 por Walter Hill, presume de cierto lirismo realista en la línea de Peckinpah en la famosa escena del tiroteo de Northfield sobrada de cámara lenta y música incidental. Por lo demás, se perfilan con más énfasis que en ocasiones anteriores las relaciones entre los miembros de la banda, interpretados por varias familias de actores: David, Keith y Robert Carradine dan vida a los hermanos Younger, James y Stacy Keach son Jesse y Frank James, Dennis y Randy Quaid los Miller y Christopher y Nicholas Guest pusieron los rostros a Charlie y Bob Ford.
"El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford crea su propia versión del mito mediante el aparato visual, apartando cualquier concepción ideológica que pueda descentrar al héroe de su actitud recogida"

El duelo entre David Carradine y James Keach por el liderazgo de la banda es uno de los atractivos de una película llena de primeros planos expresivos entre situaciones tensas y paisajes de belleza crepuscular. Jesse James es un muchacho arrogante y desconfiado, cerrado en sus preocupaciones familiares y muy seguro cuando se guarnece tras sus dos revólveres. Alguien con quien no conviene cruzarse demasiadas veces.
Pero si lo que queremos es reflexionar sobre el flujo de los mitos y la capacidad del cine para evocar sensaciones perdidas y representar leyendas desde el siglo XXI, el segundo largometraje del neozelandés Andrew Dominik, El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford (2007) es el escaparate perfecto para hacerlo.

La película se deshace del mito tradicional desde la impagable secuencia del asalto al ferrocarril, el último golpe de la banda. Filmada como si se tratase de una incursión fantasmal en el terreno inerme de los humanos, Jesse (Brad Pitt), Frank (Sam Shepard), Charley (Sam Rockwell) y los demás actúan con la sequedad de los que ya no tienen conciencia y con la seguridad de las divinidades omnipotentes.
La luz cegadora del sol, la Naturaleza como refugio, ese estilo fotográfico y narrativo de Dominik y sus colaboradores remite al cine de Clara Law y Terrence Malick, mientras el discurso que hilvana el filme recuerda a los juegos históricos de Sofia Coppola tanto como a la poética del eco cultivada por Anne Feinsilber. El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford crea su propia versión del mito mediante el aparato visual, apartando cualquier concepción ideológica que pueda descentrar al héroe de su actitud recogida.
Y todo esto al margen de la última media hora, con Jesse en la tumba y Robert Ford intentando sobrevivir a la construcción de sus propias hazañas. Se trata entonces de la destrucción de un mito y la construcción de otro, tal y como se alzan y se resquebrajan los grandes edificios ideológicos y las gestas monumentales, a menudo inventadas entre los recovecos de una historia arcana que el cine ha ayudado a fabricar desde sus orígenes.

20/11/2007
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