El próximo 5 de agosto se cumple el centenario del nacimiento de John Huston, uno de los cineastas, porque no fue sólo director, más atípicos de la historia del cine. Fue actor, guionista, productor, ayudante de dirección, director de fotografía, montador, y desde luego, director, trabajando sin descanso durante 60 de sus 80 años de vida, en lo que más le gustaba, en lo que realmente le apasionaba: hacer cine. Suya es una de las frases más célebres de la industria, cuando tras la claqueta final de una de sus películas, miró a todo su equipo y dijo con su habitual gesto serio: "Y encima me pagan".
Javier Muñoz

John Marcellus Huston nació en Nevada, Missouri, en 1906. Su vocación por el cine le vino en los genes, ya que su padre fue el actor Walter Huston, quien en los años veinte se había forjado una excelente reputación en Broadway. En 1929, y con la llegada del cine sonoro, la expansión de la industria cinematográfica le aconsejó trasladarse a Hollywood, donde tendría muchas más oportunidades de trabajo, no ya sólo para él, sino también para el joven John, quien había mostrado sus aficiones artísticas con la pintura y la escultura. Así, los primeros trabajos de Huston en el cine son como actor, apareciendo como figurante en varias películas de su amigo William Wyler. En 1931, el propio Wyler estaba a punto de embarcarse en la producción de La casa de la discordia, que iba a ser interpretada por Walter Huston. Ambos le dieron a John el guión para que lo revisara y éste se dio cuenta de que era un sucinto plagio de Deseo bajo los olmos, la obra teatral de Eugene O’Neill y que muchos años más tarde llevaría a la pantalla con gran éxito Delbert Mann. Huston hizo los oportunos retoques, y en la MGM quedaron tan satisfechos que le ofrecieron un puesto fijo como guionista. Poco a poco se va afianzando en la profesión y ficha por la Warner, estudio con el que estaría vinculado gran parte de su carrera. Allí tiene sus primeros roces por su peculiar estilo de vida, ya que acostumbraba a no respetar ni horarios ni condiciones. Mucho se ha escrito, e incluso filmado, sobre sus aficiones. Solía ocupar su tiempo libre, y a menudo su tiempo profesional, boxeando, bebiendo, jugando o cazando. Sin embargo, todo ello no fue obstáculo para que consiguiera hacerse un nombre como guionista en títulos como Jezabel (1938), de William Wyler, o Juárez (1939), de William Dieterle.

Precisamente coescribiendo el guión del siguiente título de Dieterle, Dr. Ehrlich´s Magic Bullet (1940), Huston recibiría su primera nominación al Oscar, aunque sin conseguirlo. Sin embargo, fue justo el espaldarazo que necesitaba para ascender en su carrera. En el sistema de estudios, aquel guionista, montador o director de fotografía que destacara, solía recibir como recompensa la oportunidad de dirigir. Así, tras participar en el guión de Sargento York (1941), de Howard Hawks, y adaptar la novela de W. R. Burnett, El último refugio (1941) para Raoul Walsh, Huston vio como su contrato era renovado, su sueldo aumentado y su responsabilidad multiplicada. Para debutar tras las cámaras, Huston eligió El Halcón Maltés (1941) la clásica novela negra de Dashiell Hammet que ya había sido llevada a la pantalla en dos ocasiones sin mucho éxito. El propio Huston se encargaría de la adaptación y Humphrey Bogart, de la interpretación del cínico y duro investigador Sam Spade. Allí nacería una amistad inquebrantable que duraría hasta la muerte del mítico actor, 16 años después. El Halcón Maltés es una obra maestra del cine negro y una de las películas más importantes de la historia del cine. Impecablemente filmada, el aprendiz se apoyó en su maestro y amigo Wyler. La interpretación mágica de todo el reparto, especialmente de Bogart, hace que algunos pasajes del guión ligeramente farragosos fluyan sin ningún problema perfectamente hermanados con las secuencias de acción. La película, no tan reconocida en su momento como posteriormente, obtuvo tres nominaciones al Oscar, entre ellas la de guión adaptado para John Huston, quien en aquella ceremonia resultaría doblemente perdedor, pues también había sido nominado, sin recompensa, por su participación en Sargento York.

Poco pudo el novel director disfrutar de las mieles del triunfo. El ataque japonés a Pearl Harbor, escasamente dos meses después de la premiére de El Halcón Maltés, metió a Estados Unidos de lleno en la guerra que azotaba al resto del mundo. Así, tras dos títulos rodados en 1942, Como ella sola, con Bette Davis, y A través del Pacífico, con Humphrey Bogart, John Huston ingresa en el ejército, donde rueda tres documentales sobre el conflicto. Una vez licenciado se embarca en otra de las películas capitales de su filmografía, y a la postre, la que mayor éxito y reconocimiento le reportaría: El tesoro de Sierra Madre. Adaptando la novela de Ben Traven, Huston escribe y dirige esta obra maestra sobre la codicia. Y lo hace apoyándose en dos actores con los que trabaja a gusto y con plena confianza: su amigo del alma, Humphrey Bogart, y su padre, Walter Huston. Incluso él mismo se reserva un pequeño cameo, y aparece de nuevo en la pantalla después de casi 20 años sin hacerlo. La película obtuvo tres oscars, todos para la familia Huston, dos para John, como guionista y director, y el tercero para Walter, como actor secundario. Sin embargo, la película caería derrotada, contra pronóstico, ante el Hamlet de Laurence Olivier.
"Siempre huyó del encorsetamiento, de la disciplina y de los convencionalismos. Quizá por ello pagó un precio excesivamente alto. Pero también gracias a ello nos dejó un buen número de películas inolvidables"
A finales de los cuarenta y principios de los cincuenta encontramos al mejor Huston. No hay más que echar un vistazo a los títulos. En Cayo Largo (1948) nos introduce en un ambiente asfixiante, claustrofóbico, en el que Bogart y Lauren Bacall se enfrenta a una banda de gángsteres capitaneada por Edward G. Robinson. En La jungla del asfalto (1950) nos muestra una vez más la sordidez y el patetismo de los personajes que pueblan el cine negro, a través de la planificación del robo a una joyería por parte de una banda de ladrones. Con ella obtuvo nuevas nominaciones como guionista y director, pero ya nunca más obtendría la preciada estatuilla. Como anécdota, la inclusión en el reparto de la por entonces casi desconocida Marilyn Monroe, en uno de sus primeros papeles. En La medalla roja del valor (1951) nos refleja la cruda realidad de la guerra, en esta ocasión la civil norteamericana, a través de los ojos de un joven recluta que busca transformar su cobardía en heroísmo. En La Reina de África (1951) nos traslada al continente africano, para narrarnos una atípica historia de aventuras y de amor maduro entre Bogart y Katharine Hepburn. El rodaje de aquella película se ha convertido ya en una de las leyendas de Hollywood. Y es que hubo de todo. Cacerías, borracheras, una relación más que difícil de Huston y Bogart con Hepburn, ataques de hormigas, de avispas, de serpientes, diarreas crónicas, el hundimiento del barco protagonista... Sin embargo, el resultado no pudo ser más fascinante y emotivo. De nuevo Huston obtuvo sus sendas nominaciones sin premio como guionista y director, aunque se quedó plenamente satisfecho de que su gran amigo Bogart sí obtuviera el Oscar por su actuación. En Moulin Rouge (1952), nos pinta la vida de Toulouse-Lautrec, el genial artista postimpresionista que retrató la vida nocturna del París de finales del siglo XIX. José Ferrer hizo una interpretación sencillamente magistral del pintor tullido, acomplejado, enamoradizo, y en ocasiones mezquino en su trato con las mujeres. Pero ni él ni el propio Huston obtuvieron recompensa de la Academia.

Tras esta etapa de lucidez creativa y perfección narrativa, Huston parece tomarse un pequeño descanso, un alto en el camino. Así, tras la peculiar, e incluso fallida, La burla del diablo (1953), en cuyo guión participaría el polémico Truman Capote, el director pasa tres años de inactividad. Durante ese tiempo prepara la que sería su película más complicada de realizar, Moby Dick (1956), y no sólo a nivel técnico, sino sobre todo por la intrincada psicología que encierra la novela de Herman Melville. Huston solía argumentar que todo aquél que dijera haber leído Moby Dick durante la infancia mentía descaradamente. Sólo un adulto en plena madurez era capaz de enfrentarse a aquellas páginas. A pesar de ello, y junto al escritor Ray Bradbury, consiguió una adaptación más que digna y dirigió una película convincente y de incuestionable calidad, en parte gracias a la extraordinaria interpretación de Gregory Peck como el capitán Ahab. Seis meses después del estreno de Moby Dick moría Humphrey Bogart, quien no pudo superar el cáncer que le aquejaba. Se rompía así una de las parejas artísticas más fructíferas y elogiadas de la historia del cine. Y analizando la filmografía de Huston, uno llega a la conclusión de que esa ausencia marca en cierta medida la trayectoria del director, pues no vuelve a rodar cine negro o policiaco durante muchos años, como si creyera que nadie podría ocupar el puesto de su amigo Bogart. Con el final de la década, Huston dirige un puñado de películas de las que él guardó mejor recuerdo del que tuvieron crítica y público. Sólo Dios lo sabe (1957), con Deborah Kerr y Robert Mitchum, y Las raíces del cielo (1958), con Errol Flynn pertenecen a esa época. También El bárbaro y la geisha (1957), con John Wayne, pero Huston nunca la asumió como enteramente suya, ya que entre el productor y el propio Wayne le cambiaron más de la mitad de la película para potenciar el lucimiento del actor.
"Huston solía argumentar que todo aquél que dijera haber leído Moby Dick durante la infancia mentía descaradamente. Sólo un adulto en plena madurez era capaz de enfrentarse a aquellas páginas"
Cada vez con más aparente desidia, el director va acumulando títulos en su currículo. Desde hacía años se había convertido en un paria de Hollywood, en parte por su lucha contra la caza de brujas, autoexiliándose a Irlanda, donde había comprado una enorme mansión, y de la que terminaría obteniendo su nacionalidad. No acataba ninguna de las reglas que imponían los grandes estudios, se peleaba con actores y productores y gustaba de llevar una vida transgresora según los cánones de la época. Esa rebeldía seguramente le impidió acceder a proyectos de mayor enjundia, aunque él siempre alegó que sólo rodaba las historias que realmente le interesaban. Sea como fuere, a principios de los sesenta filma títulos que sólo son destacables por su pulso narrativo y el excelente elenco de actores con el que siempre solía rodearse. Por encima de todos ellos destaca La noche de la iguana (1964), la excelente adaptación de la obra de Tennesse Williams, que como denominador común, escribía historias cargadas de sexualidad, atmósferas irrespirables y problemas psicológicos. La decadencia de Huston director, contrasta con la irrupción del Huston actor. En 1963 participa en El cardenal, de Otto Preminger, y resulta nominado como mejor actor secundario después de ganar el Globo de Oro. A partir de entonces, aparecería habitualmente en pantalla, no ya sólo en sus propios títulos, sino también en películas de otros directores. La culminación de esta extraña e intensa carrera llegaría en 1974, con su memorable actuación en Chinatown, de Roman Polanski. Mientras tanto, había rodado un puñado de películas, entre las que destacan El juez de la horca (1972), con Paul Newman, y la excelente pero muy olvidada Fat City, ciudad dorada (1972), un drama sobre el mundo del boxeo interpretado por Stacy Keach y Jeff Bridges.

La última obra cumbre de John Huston sería El hombre que pudo reinar (1975), la adaptación del clásico relato de Rudyard Kipling. Con ella, el director nos transporta de nuevo al cine de aventuras del Hollywood dorado, con una película brillante, sabiamente construida y perfectamente apoyada en la excelente pareja que formaron Sean Connery y Michael Caine. Con casi 70 años, éste podría haber sido un excelente colofón a su carrera, pero la inquietud artística de Huston no parecía tener fin, y en los años ochenta, tras cambiar su residencia a México, se embarca en proyectos a cual más disparatado: Phobia (1980), una de las peores películas de terror de todos los tiempos, la incalificable Evasión o victoria (1981), Annie (1982), la innecesaria adaptación del musical de Broadway, y la fallida Bajo el volcán (1984). Quizá las hiciera para que apreciemos mejor las que fueron sus dos últimas películas. El honor de los Prizzi (1985) es una portentosa demostración de cómo mezclar con sutileza y buen gusto la comedia, el drama, el romance y..., la mafia. Por ella recibiría su última nominación como mejor director y su hija Anjelica obtendría la estatuilla como mejor actriz secundaria, gracias a lo que se convirtió en el único director del mundo en facilitar el Oscar a un ascendiente y a un descendiente. Finalmente, Dublineses (1987) es una maravillosa recreación del Dublín de principios de siglo, según la obra de James Joyce. Huston terminaría la película en silla de ruedas y con una botella de oxígeno en el set, y moriría cuatro meses antes de su estreno.
Capaz de pelearse a puñetazo limpio con Errol Flynn, de retrasar el rodaje para ir a cazar elefantes, aunque nunca lograría abatir uno, o de ganar 11.000 dólares en una sola noche en el casino, John Huston podría haber reinado en Hollywood como lo hicieron Wyler, Ford o Capra. Condiciones, talento y sabiduría tuvo para ello. Sin embargo, prefirió huir de la feria de las vanidades y llevar su particular forma de vida lejos del glamour y las estrellas. "Yo no me veo a mí mismo como un realizador con un estilo propio", escribió en su libro de memorias. Y precisamente ese era su estilo: el no tenerlo. Siempre huyó del encorsetamiento, de la disciplina y de los convencionalismos. Quizá por ello pagó un precio excesivamente alto. Pero también gracias a ello nos dejó un buen número de películas inolvidables.
Fotografías cedidas por TCM, el canal televisivo de cine del grupo Time Warner. La programación televisiva de TCM está disponible en los principales operadores de cable y satélite, centrada en el cine de calidad, con una selección de las mejores películas de todos los tiempos.© TBS. Inc., 2006. TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.A TIME WARNER COMPANY
Artículo publicado en el número 10 de Kane3 (julio- agosto 2006)
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