Cuando se cumple una década de la muerte de Stanley Kubrick, conviene recordar que, un día como hoy hace diez años, la historia del cine se detuvo en el tiempo para muchos cinéfilos. Con el deceso de Stanley se iba sólo la persona y se forjaba un mito, el neoyorquino nos legaba una filmografía única e irrepetible, plagada de obras maestras.

Guillermo Grial Vega Rodríguez
Era 1999, una fecha que le conviene pues permitió considerar plenamente a Kubrick como un director del siglo XX y otorgarle la etiqueta de clásico instantáneo. La muerte de Stanley, pues, era también reflejo del ocaso de una época, la del cine analógico, cuando las películas todavía no se habían almacenado en soportes digitales. No es casualidad que la edición en formato DVD de la Colección Kubrick y la primera oportunidad de disfrutar de una versión higiénica de su obra viese la luz en el año 2001, el mismo de su odisea espacial. Se puede decir, entonces, que la historia de Stanley Kubrick es también la de una cronología que le favorece.

Un crítico francés definió una vez a Kubrick diciendo que fue "un fotógrafo con un moralizador añadido". Ya en su primer largometraje, Fear and Desire (1953), se hacía evidente esa grandiosa capacidad para la óptica. Los primeros planos obsesionantes y la preocupación por la óptima iluminación de las escenas estaban allí y ya no le abandonarían nunca.
El cine de Stanley es, claro, una aventura de la luz.
Si en el aspecto técnico de sus películas el director neoyorquino siempre prestó una gran atención y obtuvo unos magníficos resultados como el juego temporal y el laborioso montaje en Atraco perfecto (The Killing, 1955), las lentes Zeiss fabricadas por la NASA y sus epatantes imágenes sin profundidad de campo conseguidas para iluminar las escenas de los candelabros en Barry Lyndon (1975) o el uso sistemático de la Steady-Cam desde El Resplandor (The Shining, 1980), su reverso natural, es decir, la dirección de actores también fue muy cuidada por Kubrick.
"Para él, todo aquello susceptible de ser pensado también podía ser filmado"

Durante el rodaje, tiraba innumerables tomas y sólo positivaba cuando obtenía una mirada, un gesto o la cadencia retórica óptima del actor. Eran los instantes mágicos, especiales, lo que los antiguos griegos denominaban kairós, el momento oportuno lo que Stanley buscaba sin cesar y lo que confería a su cine ese carácter distintivo.
A lo largo de su filmografía es fácil encontrar películas difíciles de adaptar desde la fuente literaria hasta la imagen cinematográfica (Lolita, La naranja mecánica) o, como a la inversa, experiencias visuales no verbalizables de gran presupuesto (2001: una odisea del espacio) y rodajes muy dilatados en el tiempo (Eyes Wide Shut).
También proyectos inacabados más grandes que la vida (Napoleon, Aryan Papers). Kubrick, sin embargo, creyó posible llevarlos a cabo. Para él, todo aquello susceptible de ser pensado también podía ser filmado.

Durante su última aparición pública, mediante una videoconferencia en diferido para el discurso de agradecimiento por el premio D.W.Griffith en 1998, Kubrick evocó el mito de Ícaro. Cuenta la leyenda que, mientras ambos huían del Minotauro en el Laberinto de Creta, Dédalo construyó a su hijo unas alas hechas de cera y plumas. Pero cuando Ícaro se elevó demasiado en el cielo, desoyendo los consejos de su padre, el sol derritió sus alas de la fortuna e Ícaro cayó al mar y pereció ahogado. La moraleja decía: "no intentes volar demasiado alto". Stanley, entonces, la reformuló en estos términos: "olvídate de la cera y las plumas, y construye unas alas más sólidas".
Con su última lección, el maestro nos enseñó que es posible superar el mito y alcanzar la perfección. Aunque aquel día Kubrick sólo comparaba a Ícaro con la carrera de Griffith, en realidad nos estaba hablando de sí mismo.
Hoc scriptum manet dedicatum memoriae Stanley Kubrick (1928-1999).
06/03/2009
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